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Cultura de paz

La llamada cultura de paz encuentra alimento cuando lo que se promociona es la libertad individual de pensar, de reflexionar, el respeto a la opinión ajena o la consideración por el diferente. Cuando la pretensión es “aborregar” a gente, uniformar el pensamiento y alinear la acción en honor y gloria al pastor, la cultura decae y la paz se aleja.

Pocas cosas son más letales que ver la opinión ajena, la confrontación por la vía del dialogo moderado o el disentimiento razonable como un ataque intolerable a la posición propia inamovible y, por ello, incapaz de racionalizar o progresar. Poco se entiende y menos se entrena (o no interesa) aquello de construir decisiones que afecten para bien al mayor número de personas mediante la conjunción de ideas distintas, poco, especialmente en determinadas demarcaciones.

El “pensamiento único”, autentico destructor de la cultura de paz, es el antídoto frente a la libre expresión de sentimientos en el seno de una comunidad de personas, además del señalamiento y sus consecuencias por la autoridad dominante, fecunda la impotencia y la inutilidad de quienes lo padecen. Y es que la convivencia, tantas veces término casi vacío, no puede subsistir sin la renombrada cultura de paz.

Mucho se representa y teatraliza esa “convivencia” en su corrección y deseo, pero poco se analiza si lo anteriormente expuesto, la empatía, la generosidad o el dialogo, elementos de esa cultura de paz, se llevan suficientemente a cabo como paso imprescindible. O por el contrario la conformidad es con “soportarse”. Mucho hace también en su deterioro la corrupción de quienes abusan de la posición y sus privilegios corrompiéndolos porque ello atenta contra la justicia social, imprescindible para convivir. Fanatismo e intolerancia van, por lo general, unidos a la corrupción como escudo de esta última.

La cultura de paz se define como “un conjunto de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y promueven la resolución no violenta de conflictos, la solidaridad, la justicia y el respeto a los derechos humanos y al medio ambiente. No es simplemente la ausencia de conflicto armado”. De la negación o menosprecio por lo primero suele llegar, en ocasiones, lo segundo. Ejemplos de nuestro presente, como el de Gaza, hablan de ello. La aniquilación de inocentes, de su mínimo bienestar y su vida, con especial horror en la infancia, denota una terrible falta de humanidad, además de legitimidad.

Parece imposible que el ser humano no sienta compasión por ello, pero sí parece “plausible” que, por motivos ideológicos y en virtud del enfrentamiento partidista no se llamen a las cosas por su nombre desde la simbiosis con tantos mecanismos de desinformación, falsedad y sectarismo. Ruin. La cultura de paz, como la convivencia que le viene íntimamente unida y acendrada, si es real, no se decreta ni es un simple producto de “performance”, se ejerce, individual y colectivamente.

La supremacía moral, social o económica o todo junto (mundial, nacional o local), intenta imperar en todo ámbito, la realidad lo refleja. Quienes siempre pretendieron dividir (y lo consiguieron) para vencer, con la intención de crear un colectivo uniforme y “seguidista”, radicalizándose con indisimulado ahínco, polarizaron en su beneficio. Poco se puede construir si no es desde abajo, desde los cimientos de la tolerancia. La regla de “quien no piense como tú no es malo, sino que es otro”, parece bien de difícil de cumplir.

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