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Cuando el mundo sagrado de la Vieja Europa comenzó a cambiar

Un recorrido por la Edad del Bronce, sus nuevas jerarquías y transformaciones religiosas y por el cambio en la relación entre el ser humano, la naturaleza y lo sagrado

Por Inma Gaitán
20/09/2026 09:09 CEST
Cuando el mundo sagrado de la Vieja Europa comenzó a cambiar
Diosa del vaso que mana (periodo paleo-babilónico)

Cedida

Diosa del vaso que mana (periodo paleo-babilónico)
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Después de recorrer el mundo simbólico de la Vieja Europa, llegamos ahora a uno de los grandes puntos de inflexión de nuestra historia: la Edad del Bronce.

Durante miles de años, las comunidades neolíticas habían vivido en un universo en el que las fronteras que hoy nos parecen evidentes apenas existían. Cielo y tierra, animales, plantas, aguas, seres humanos y fuerzas invisibles formaban parte de una misma realidad.

La naturaleza no era algo exterior al ser humano. El ser humano formaba parte de ella. La gran arqueóloga Marija Gimbutas, vio en las sociedades de la llamada Vieja Europa una cosmovisión profundamente vinculada a los ciclos de la vida, la muerte y la regeneración. Una concepción en la que lo sagrado podía manifestarse en una figura femenina, una serpiente, un pájaro, el agua, el árbol, la luna o el toro. No existía una separación radical entre lo espiritual y lo cotidiano: la propia vida era sagrada. Pero aquel mundo comenzó a transformarse.

Entre finales del Neolítico y el III milenio antes de Cristo, Europa experimentó profundas transformaciones demográficas, económicas y sociales. Gimbutas interpretó una parte de ellas a través de su conocida hipótesis de los pueblos kurgánicos: poblaciones procedentes de las estepas situadas al norte del mar Negro y el Caspio que fueron penetrando progresivamente en los territorios de la Vieja Europa.

Para Gimbutas, no se trató únicamente de un movimiento de población. Supuso el encuentro entre dos formas diferentes de organizar la existencia: una sociedad principalmente agrícola y sedentaria y otra más móvil, pastoril, jerarquizada y orientada hacia la guerra.

Con aquellas poblaciones adquirieron mayor presencia nuevas formas de poder y nuevos símbolos: los grandes túmulos funerarios o kurganes, las armas, el caballo y una iconografía relacionada con el cielo, el rayo y el hacha. El cambio fue profundo.

Pero no todo puede explicarse como una simple sustitución. Hubo desplazamientos, mezclas, resistencias y transformaciones. Algunas tradiciones desaparecieron; otras sobrevivieron durante siglos, adaptándose a las nuevas sociedades.

Y mientras cambiaban las poblaciones, también cambiaba la forma de organizar la vida. Joseph Campbell describe uno de los grandes procesos de este periodo como el paso de la aldea al poblado, del poblado a la ciudad y, finalmente, de la ciudad a la ciudad-estado y al imperio.

La agricultura y la acumulación de excedentes permitieron nuevas especializaciones: sacerdotes, artesanos, administradores y, cada vez con mayor importancia, guerreros. La comunidad comenzó a organizarse alrededor del templo, del poder político y de estructuras sociales más complejas y jerarquizadas.

Campbell llamó a este proceso "la separación de la naturaleza". Y aquí aparece el hilo que atraviesa nuestra historia y que nos conduce hasta el yoga. Yoga significa unión. No podemos afirmar que el yoga, tal como lo conocemos, existiera ya en la Europa neolítica, ni establecer una línea histórica directa entre aquellas sociedades y la tradición india. Pero sí podemos reconocer una intuición que nos resulta familiar: la de un ser humano que no se concibe separado de la naturaleza, del cosmos y de lo sagrado.

Quizá por eso el yoga puede servirnos como una imagen para seguir este hilo dorado: cuando la historia comienza a separar, el yoga conserva la memoria de la unión.

Porque la Edad del Bronce no supuso únicamente nuevas ciudades, nuevas jerarquías y nuevas formas de poder. También comenzó a cambiar nuestra manera de mirar el mundo.

La naturaleza seguía siendo sagrada, pero empezaba a convertirse, cada vez más, en algo que podía medirse, administrarse, organizarse y dominarse. También los dioses comenzaron a cambiar.

Campbell observa que, hacia mediados de la Edad del Bronce, la diosa madre pierde protagonismo mientras las figuras de los dioses padre adquieren una presencia creciente. El cielo, el poder y la autoridad masculina ocupan progresivamente un lugar central en los nuevos sistemas religiosos.

En los grandes relatos de creación de Mesopotamia y Egipto aparece incluso la separación entre el cielo y la tierra. Es una transformación simbólica de enorme alcance. Aquello que antes formaba una totalidad comienza a dividirse. Cielo y tierra. Naturaleza y cultura. Humano y divino.

Quizá la gran transformación de la Edad del Bronce no fue solamente aprender a trabajar el metal. Fue empezar a colocarnos frente al mundo en lugar de sentirnos parte de él. Pero si algo nos recuerda el yoga es que aquello que se separa también puede volver a unirse.

El hilo dorado no desaparece. Queda ahí, atravesando los siglos. Y quizá nuestra historia consista, en parte, en recordar que nunca estuvimos realmente separados.

Etiquetas: EuropaHistoria

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