Selsebila Amar Mohamed , maestra de Audición y Lenguaje, junto a Paula Zarco Toledo, psicóloga General Sanitaria. -Cedida por Clínica Libera-
"Es un despistado", "es muy movido", "es un vago", "no quiere estudiar", "es raro". Son expresiones que todavía forman parte del lenguaje cotidiano cuando se intenta explicar un comportamiento que se sale de lo esperado. Detrás de muchas de esas etiquetas, sin embargo, puede existir una forma diferente de procesar el mundo. Esa realidad no solo atraviesa la infancia. En la Clínica Libera, donde trabajan Paula Zarco, psicóloga General Sanitaria, y Selsebila Amar, maestra en Audición y Lenguaje, también llegan personas adultas que, tras el diagnóstico de un hijo o una hija, comienzan a reconocerse en muchas de esas características y encuentran, por primera vez, una explicación a comportamientos por los que durante años cargaron con culpa, incomprensión o estigmas. Frente a la percepción de que hoy existen demasiados diagnósticos, ambas profesionales sostienen que durante mucho tiempo lo que existió fue un importante infradiagnóstico. Muchas personas crecieron sin saber por qué experimentaban el mundo de una forma distinta y recibieron etiquetas que nunca alcanzaron a explicar realmente quiénes eran.
Desde su trabajo diario con niños, niñas, adolescentes, personas adultas y familias, ambas acompañan procesos de evaluación, diagnóstico e intervención, además de mantener una estrecha coordinación con los centros educativos. La experiencia acumulada les ha permitido comprobar que buena parte de las dudas que reciben no tienen que ver únicamente con los diagnósticos, sino con la falta de información que todavía existe alrededor de conceptos como neurodivergencia o trastornos del neurodesarrollo. Por eso consideran necesario empezar por una idea sencilla: la neurodivergencia no es un diagnóstico, sino una forma distinta de funcionamiento cerebral.
"Hay infinitas formas de entender la neurodivergencia", explican. Lo que comparten todas ellas es una manera diferente de procesar la información. Esa diferencia no implica, en ningún caso, una menor inteligencia ni está asociada automáticamente a una discapacidad intelectual. Al contrario. Las profesionales recuerdan que trabajan con niños que muestran una enorme facilidad para comprender determinados conceptos, aprender con rapidez o desarrollar habilidades muy concretas, al tiempo que encuentran dificultades en otras áreas de su vida cotidiana.
Ese procesamiento diferente también hace que la relación con el entorno no sea igual a la de una persona neurotípica. Hay estímulos que pueden pasar prácticamente desapercibidos para la mayoría de las personas neurotípicas y que, sin embargo, adquieren una intensidad completamente distinta para una persona neurodivergente. Un ruido, una luz, una textura, una rutina que cambia de forma inesperada o una situación social concreta pueden percibirse de otra manera. Las especialistas insisten en que no se trata de una cuestión de voluntad, de educación o de actitud. "No es una cuestión de intención, sino de procesamiento", resumen.
Dentro de esa diversidad se encuentran los denominados trastornos del neurodesarrollo. El propio nombre, reconocen, suele generar dudas entre muchas familias, por lo que consideran importante explicar qué significa realmente. Se habla de trastornos del neurodesarrollo porque no son condiciones que aparezcan a lo largo de la vida como puede hacerlo una enfermedad, sino que forman parte del desarrollo de la persona desde su nacimiento. Otra cuestión distinta es cuándo pueden identificarse, pues el desarrollo infantil sigue unos ritmos determinados y no todos los trastornos pueden detectarse en los primeros años de vida. Algunas diferencias comienzan a observarse muy pronto, mientras que otras requieren esperar a que determinadas áreas cerebrales hayan alcanzado un grado suficiente de madurez. Esa es una de las razones por las que existen diagnósticos que llegan antes que otros.
Las profesionales ponen como ejemplo el Trastorno del Espectro Autista (TEA), cuyo diagnóstico se está consiguiendo realizar cada vez a edades más tempranas. Consideran que esto supone un avance importante porque permite iniciar antes la intervención, acceder a recursos específicos y comenzar cuanto antes la estimulación que cada niño pueda necesitar. En cambio, explican que el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) no suele diagnosticarse antes de los seis años. El motivo no responde a una cuestión administrativa, sino al propio desarrollo del cerebro infantil. La zona encargada del control de los impulsos todavía no ha completado su maduración durante los primeros años de vida y, antes de esa edad, resulta complicado diferenciar si determinadas conductas forman parte del desarrollo evolutivo típico o si responden realmente a un trastorno del neurodesarrollo.
Otro de los conceptos sobre los que las especialistas hacen especial hincapié es la diferencia entre un trastorno y una enfermedad. Reconocen que muchas familias utilizan ambos términos como si fueran equivalentes cuando, en realidad, describen realidades distintas. Una enfermedad puede aparecer en cualquier momento y, en muchos casos, curarse. Un trastorno del neurodesarrollo, en cambio, acompaña a la persona durante toda su vida porque forma parte de su manera de desarrollarse. Eso no significa, aclaran, que la evolución quede limitada. Las personas aprenden, desarrollan estrategias, adquieren herramientas y reciben apoyos que les permiten desenvolverse cada vez con mayor autonomía. El objetivo de la intervención nunca consiste en cambiar quiénes son, sino en ofrecerles recursos para comprender mejor su propio funcionamiento y desenvolverse en aquellos contextos que les generan mayores dificultades.
Cuando se habla de trastornos del neurodesarrollo, uno de los diagnósticos más conocidos es el Trastorno del Espectro Autista. Sin embargo, las profesionales insisten en que precisamente la palabra "espectro" ayuda a entender que no existe un único perfil de autismo. Cada persona presenta unas características diferentes y dos niños con el mismo diagnóstico pueden tener necesidades completamente distintas. Explican que, para establecer un diagnóstico de TEA, deben cumplirse una serie de criterios generales, aunque la forma en la que estos se manifiestan varía enormemente de una persona a otra. Uno de esos bloques hace referencia a la presencia de patrones repetitivos de comportamiento o de intereses muy específicos. Algunos niños desarrollan un conocimiento muy profundo sobre un tema concreto y concentran gran parte de su atención en él; otros presentan determinadas estereotipias o necesitan mantener ciertas rutinas para sentirse seguros.
El segundo gran bloque diagnóstico está relacionado con la comunicación social. Y aquí, advierten, suele producirse uno de los malentendidos más frecuentes. Tener dificultades en la comunicación social no significa necesariamente no hablar. De hecho, explican que algunas personas dentro del espectro poseen un vocabulario extraordinariamente amplio y una gran capacidad para expresarse. Las dificultades pueden aparecer en otros aspectos de la comunicación, especialmente en aquellos códigos sociales que las personas neurotípicas suelen adquirir en su interacción con el entorno y las conductas sociales.
Ponen un ejemplo muy sencillo: saludar dando dos besos. No existe ninguna norma escrita que obligue a hacerlo; simplemente es una convención social aprendida. Comprender ese tipo de códigos, interpretar determinadas normas implícitas o desenvolverse en situaciones sociales puede resultar especialmente complejo para algunas personas dentro del espectro autista, aunque su lenguaje oral sea completamente fluido.
Las especialistas insisten en que precisamente esa enorme diversidad hace que las comparaciones resulten especialmente injustas. Muchas familias llegan a consulta convencidas de que su hijo "no puede ser autista" porque conocen a otra persona con el mismo diagnóstico que presenta unas características completamente diferentes. Sin embargo, recuerdan que el espectro abarca realidades muy distintas y que ningún diagnóstico puede entenderse a partir de un único ejemplo.
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