Coalición por Melilla (CpM) conmemoró este pasado jueves su trigésimo aniversario con un acto celebrado en el Hotel Puerto, que estuvo completamente centrado en una narrativa de persecución institucional hacia sus miembros, a quienes se señaló como víctimas de racismo por parte de las fuerzas de seguridad y la justicia española. El evento fue convocado a través de una inusual fórmula de movilización: un audio de WhatsApp difundido entre círculos de confianza y redes de apoyo del partido.
“Somos perseguidos por tener apellidos musulmanes”, denuncia la voz que protagoniza el mensaje de voz, en el que se pide de forma directa que se asista en masa al acto para mostrar respaldo a la formación política. El audio se distribuyó pocas horas antes del evento, apelando a familiares, amigos y conocidos. “No se puede consentir”, dice el mensaje, que la policía y la justicia “vuelvan a poner la diana” sobre CpM, después de año y medio de silencio judicial. “Ahora, más que nunca, somos de CpM”, concluye el audio, que convierte la supuesta persecución en el principal motivo de convocatoria y celebración.
Pese a lo precipitado del llamamiento, la convocatoria tuvo efecto. Según fuentes conocedoras de la organización del acto, asistieron entre 250 y 300 personas, aunque, según relatan, la mayoría no eran militantes ni caras visibles del partido. “El tema era llenar el salón contratado como fuera. Fletaron autobuses, ofrecieron una merienda y el reclamo de unas placas de reconocimiento a musulmanes ya fallecidos que luego ni siquiera entregaron”, expone una fuente que estuvo en el evento.
El acto fue dirigido por la diputada y dirigente cepemista Dunia Almansouri, mientras que el presidente del partido, Mustafa Aberchán, realizó una intervención de fuerte carga emocional. Según testigos, recurrió al discurso habitual de victimismo, llegando incluso a emocionarse mientras hablaba de una presunta persecución al partido por razones religiosas. A pesar de tratarse de una efeméride política, no hubo apenas contenido de carácter institucional ni propuestas públicas; todo el evento giró en torno al mensaje de agravio.
Otro aspecto llamativo fue la escenografía audiovisual del acto. Se proyectaron imágenes de la historia del partido y de sus representantes, aunque con una notable omisión: Emilio Guerra, uno de los diputados locales de CpM, que apenas apareció. “Lo cortaban de todas las imágenes, como hacía Stalin”, ironiza una fuente. Rachid Bussian, presente también, fue incluido de manera más limitada. La decisión refuerza las sospechas de tensiones internas en el seno del partido, que atraviesa una etapa convulsa.
El aniversario llega en un momento judicial delicado para la formación. Hace unos días, CpM presentó una querella contra la UDEF por un presunto delito de odio, acusando a esta unidad policial de actuar de forma racista por relacionar a miembros del partido con una organización criminal, en base a informes que, según la formación, criminalizan a sus dirigentes “por tener apellidos musulmanes”. Esta acción judicial ha sido interpretada por el partido como un intento por parte del Estado de deslegitimar a CpM y debilitar su base social.
El acto del trigésimo aniversario, lejos de representar un balance institucional, se convirtió en una escenificación del relato de resistencia frente a lo que CpM describe como un entorno institucional hostil y discriminatorio. La apelación directa a la identidad religiosa como eje del discurso, la ausencia de autocrítica o análisis político y el recurso a las emociones como herramienta de movilización marcan un cambio en el estilo comunicativo del partido, que ahora apuesta por canales informales como WhatsApp para conectar con su base más fiel.
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