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Convivencia y patriotismo

Por Antonio Ramírez
28/09/2025 10:09 CEST
Convivencia y patriotismo
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Siempre amenazada cuando, incluso, ni siquiera se ha alcanzado. Todo lo más, en tantos casos, es una tolerancia y un equilibrio no pocas veces trasteado por lo que transcurre. La convivencia, la normal rutina de diferentes que cruzan sus vidas y forman una sola comunidad sin más turbulencias que los de la propia competencia humana en su existir, no se establece por el simple pronunciamiento, el odio y la intolerancia, sí.

Si bueno es reconocer hay un camino recorrido y aunque parte se desanda, lo es tanto el asumir el que queda por recorrer y los acechos que ni cesan ni cesarán. Hay quienes siguen sin renunciar a utilizar la pertenencia a la determinada diferencia para manipular esta en beneficio propio en la llamada a la raza, la confesión o ideología. Nada hace más libre que mantener las creencias en el ámbito del ejercicio espiritual y la liturgia de los postulados; en la circunscripción de lo personal, no ante el reclamo de grupo por una supuesta amenaza presente o venidera, además de los recurrentes agravios del pasado.

La convivencia necesita del patriotismo. Y este segundo, esencial para la primera, no es sencilla y simplonamente, el alarde y representación de los símbolos con trompetas, tambores o banderas, además de la exaltación de hechos históricos, incluso cuando algunos de estos están sujetos a la subjetividad. No, el brillo y el ruido, la pompa y el boato aun siendo espectáculo con su carga de vanidad y que no es perjudicial, si institucional, pero también solo suplementario, no suplantan o no deben suplantar a la imperiosa necesidad, por imprescindible, de mantener saludables y eficientes unos servicios públicos esenciales.

Agua, limpieza, sanidad, educación, urbanismo razonable y sostenible, civilidad, igualdad de oportunidades o ayudas para restañar desequilibrios como la dependencia o conciliación laboral y familiar entre otros, con dinero público, priman el verdadero sentido del patriotismo.

La esencia de los símbolos mengua cuando se utilizan de forma cansina y persistente por otro interés sustitutorio dando, a veces, da la impresión de un afán por los golpes de pecho, la cara circunspecta o la exaltación patriótica (o patriotera con frecuencia) en la pretensión de disimular la impotencia o la incompetencia. Solo a veces.

Patriotismo versus convivencia es primar la humanidad a los intereses o estrategias del partido político al que se pertenezca o sea. En ausencia de ello, aunque la obediencia y seguidismo protejan la posición y las aspiraciones de la prosperidad política, y por ende, social, propia, los principios, los más básicos debieran estar al margen y esa obediencia más saludable siendo crítica o discordante con la “línea a seguir” cuando la oportunidad se ofrezca y merezca.

Bien difícil parece que es lo anterior, pero no imposible. Viviendo se está esto con la terrible barbaridad de la masacre y éxodo indiscriminados de todo una población, la palestina de Gaza y de quienes intentan socorrerle o simplemente informar, con especial y trágica incidencia en la infancia que muere o pierde toda esperanza de un mínimo desarrollo que por derecho le corresponde. Terrible. Donde hubo razón de defensa ante un hecho execrable, ahora hay una deriva de respuesta infernal.

Vino a decir Hegel que “los grandes hombres, como las mujeres, son quienes en su tiempo tuvieron conciencia de lo que era necesario”, lógicamente, para el bien común, no para solo para sí mismos. Los tiempos del presente, su polarización, radicalidad, egoísmo y vuelta a profundos accesos de inhumanidad, hacen pensar que, ese enunciado, se aleja, o ya está lejos.

Tags: convivenciapatriotismo

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