Se ha hablado bastante estos días sobre las amenazas del Presidente Trump por la aparente falta de compromiso de España con el acuerdo alcanzado por los Jefes de Estado y de Gobierno de la Alianza Atlántica en la pasada cumbre de dicha Alianza celebrada el pasado mes de junio en La Haya para un incremento significativo en las inversiones en Defensa.
El acuerdo en concreto, alcanzado por unanimidad, recordémoslo, consistió (y consiste) en incrementar sensiblemente las inversiones en Defensa en todos los países miembros hasta alcanzar el nivel de un 5% del Producto Interior Bruto de cada país, dividido, a su vez en un 3,5% para la obtención de capacidades puramente militares, tales como la defensa antiaérea y antimisiles o la artillería de largo alcance y el 1,5% restante para la obtención de capacidades complementarias relacionadas, por ejemplo, con la protección de las infraestructuras críticas o la de las comunicaciones y el ciberespacio.
El plazo de tiempo para alcanzar este porcentaje de inversión en Defensa se fijó en el año 2035, con un hito intermedio de revisión en 2029.
La controversia se suscitó dos días antes de la cumbre, cuando, de manera sorpresiva y el consiguiente revuelo en las delegaciones diplomáticas en el Cuartel General de la OTAN, el Presidente del Gobierno de España dirigió una carta al Secretario General de la OTAN expresando que España consideraba que con el 2,1% del PIB, que esperaba alcanzar en el año en curso, era suficiente para alcanzar las capacidades que se estimaban necesarias. A partir de este momento, el Secretario General respondió con otra carta considerando que, por el momento, no había ninguna objeción, pero que estaba seguro de que, a la postre, España, como el resto de los países aliados, necesitaría incrementar esa cantidad a fin de alcanzar las capacidades necesarias, pero eso lo fiaba al hito intermedio fijado para 2029.
De hecho, en la reunión de Ministros de Defensa de la Alianza Atlántica previa a la cumbre de junio, ya se había analizado que el porcentaje del 3,5% para capacidades puramente militares y el 1,5% de capacidades complementarias emanaban del análisis realizado por los Cuarteles Generales de los países de la Alianza Atlántica mediante el proceso de Planeamiento de la Defensa de la OTAN de los cuatro años precedentes.
Es decir, que el porcentaje planteado, además de ser verbalizado por el Presidente Trump, como insistentemente se repite, también respondía a un análisis técnico de los analistas y planeadores de la OTAN. No es lisa y llanamente una imposición del Presidente Trump, establecida arbitrariamente, si bien es cierto que el Presidente Trump ha sido el más beligerante en su adopción por parte de los aliados europeos. El más beligerante, no el único. Todos los Presidentes de Estados Unidos, sin excepción, desde la fundación de la Alianza Atlántica, han planteado que Europa debería invertir más en su propia defensa. La invasión de Ucrania por Rusia y la beligerancia del Presidente Trump, son los que finalmente han disuadido al resto de países de la Alianza de que hay que ponerse a ello.
El mismo día de la Cumbre, el Presidente Sánchez no contravino el texto del Acuerdo que la Alianza hizo público, ya que, si lo hubiera hecho, el Acuerdo no habría sido alcanzado. Como ya se ha dicho y como es sabido, en la OTAN, los acuerdos se alcanzan por unanimidad o no se alcanzan, simplemente. No obstante, al salir de la reunión, el Presidente Sánchez dio una rueda de prensa en la que, jugando con las palabras, afirmó que España pensaba que con el 2% era suficiente sin contradecir por ello a los que pensaban que en sus países era necesario un mayor esfuerzo. De lo que no habló en esa rueda de prensa fue de que ese 2% lo consideraba suficiente, por el momento. De hecho, la mayor parte de los 32 países aliados se encuentran, actualmente, en ese porcentaje, pero no han sembrado dudas sobre su voluntad y su disposición de continuar incrementándolo hasta alcanzar en 2035 el porcentaje acordado.
A partir de ese momento, comenzaron a ambos lados del Atlántico una suerte de desmesuras verbales que sólo se pueden entender cuando se tiene un concepto frívolo de la defensa nacional. No olvidemos que el candidato Sánchez a las elecciones de 2015 consideraba que si pudiera prescindir de algún Ministerio sería del de Defensa y que Donald Trump bromea imprudentemente sobre el eventual abandono de la OTAN por parte de Estados Unidos.
El punto culminante del desencuentro se ha producido esta semana cuando aprovechando una visita del Presidente de Finlandia a la Casa Blanca, el Presidente de los Estados Unidos ha señalado a España como “rezagado” en el cumplimiento de los compromisos de inversión en Defensa y ha indicado que a lo mejor habría que expulsar a España de la OTAN.
Posteriormente, durante la cumbre de Egipto, convocada para presentar el plan de paz para Gaza, volvió a preguntar públicamente que dónde estaba España ante las sonrisas de compromiso de todos los asistentes, incluido el Presidente español Pedro Sánchez. Con posterioridad a la cumbre y bajo el efecto de la euforia del positivo resultado, en principio, del plan de paz, llegó a afirmar que quizás habría que castigar a España con algún tipo de aranceles.
La imagen de cohesión que pretendía proyectar la Alianza asumiendo unánimemente un significativo incremento en las inversiones en Defensa, se vio dañada por la actuación del Presidente Sánchez. Un intento de pretender, por una parte, aparentar en la OTAN asumir el compromiso adquirido por todos los países enviando, a la vez, a sus aliados de investidura y de gobierno, el mensaje de que había dicho que sí, pero exigiendo que la carta que había enviado, planteando matices, se uniera al Acuerdo. Esa actuación unida a las ocurrencias permanentes del Presidente Trump, para adoptar una apariencia de liderazgo, han degenerado en esta escalada verbal que sólo puede ser interpretada, en mi opinión, como el irresponsable mantenimiento de controversias desde la frivolidad.
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