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Cómo se celebra la Cuaresma a través de la gastronomía en la ciudad autónoma

Torrijas, pestiños y otros dulces de Semana Santa reflejan siglos de historia y creatividad en la repostería española l El bacalao se convierte en el rey cuaresmal

por Carmen González
24/02/2026 15:24 CET
Cómo se celebra la Cuaresma a través de la gastronomía en la ciudad autónoma

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Cada año, cuando el calendario marca el inicio de la Cuaresma, muchos platos empiezan a parecerse menos a lo que comemos normalmente y más a algo que podría haber salido de una película histórica ambientada en un convento antiguo.

Este periodo de 40 días entre el Miércoles de Ceniza y la Semana Santa no solo invita a la reflexión espiritual sino que también ha dejado una huella innegable en la gastronomía de casa y de barrio. Si bien hoy no todos siguen estas prácticas con el mismo rigor, la influencia que tienen sobre lo que se come —y lo que no se come— sigue siendo enorme.

La tradición católica propone dos acciones alimentarias claramente definidas: el ayuno y la abstinencia. El ayuno, entendido como comer menos de lo habitual, y la abstinencia, que históricamente ha significado evitar el consumo de carne roja y carnes de ave, sobre todo durante los viernes de Cuaresma —incluido el Viernes Santo—, han influido profundamente en la gastronomía popular como gesto conmemorativo a los días que pasó Jesucristo en el desierto.

Esta regla, que para muchos antiguamente era algo que se vivía con naturalidad y sin demasiadas complicaciones, incidía directamente en la planificación de la semana. Se dejaba de lado la carne y se buscaban alternativas que, sin traicionar la normativa de la fe, pudieran aportar sustancia, energía y sabor. Con el paso de los siglos, esas alternativas dieron lugar a una cocina rica, creativa y llena de matices que hoy celebramos no solo por motivos religiosos sino también por su valor cultural y gastronómico.

En el imaginario culinario de la Cuaresma, el pescado emerge como protagonista principal. Esto no es casualidad. El pescado, y especialmente el bacalao en salazón, se adaptaba perfectamente a las restricciones tradicionales porque no era carne y, gracias al proceso de salado, podía conservarse durante largos periodos en tiempos previos a la refrigeración moderna.

Por eso, en generaciones pasadas, familias enteras hacían del bacalao el centro de las comidas cuaresmales. En muchas casas españolas, incluidos hogares de Melilla, preparar un potaje de vigilia —hecho con garbanzos, espinacas y bacalao— se convirtió en una costumbre tan venerada como las procesiones mismas.

La presencia del pescado en la mesa melillense durante la Cuaresma tiene un contexto particular. Melilla, ciudad portuaria bañada por el Mediterráneo, siempre ha tenido un vínculo estrecho con el mar. Los mercados y locales abundan en doradas, lubinas, sardinas o pulpo, pescados que encajan perfectamente con la tradición cuaresmal.

Junto al pescado, la Cuaresma tradicional también favorece la presencia de legumbres y verduras. Antes de la omnipresencia de dietas vegetarianas y veganas con nombre propio, las madres y abuelas usaban ingredientes sencillos como espinacas, garbanzos, alcachofas, acelgas o habas para completar comidas que, aunque humildes, eran nutritivas y sabrosas.

Dulces

A medida que la Cuaresma avanza hacia la Semana Santa, aparece otro elemento esencial: los dulces tradicionales. Precisamente porque la normativa religiosa histórica no prohibía el consumo de dulces, la repostería popular desarrolló una verdadera explosión de creatividad.

Así nacieron las icónicas torrijas, rebanadas de pan empapadas en leche o vino, luego fritas y espolvoreadas con azúcar y canela. Originariamente eran una forma ingeniosa de aprovechar el pan viejo, pero con el tiempo se convirtieron en un símbolo innegable de estas fechas.

En Melilla, como en muchas ciudades españolas, las panaderías y pastelerías ofrecen torrijas en escaparates que parecen obras de arte; cada año, cientos de personas esperan con ilusión el primer bocado de este dulce que sabe a infancia, a sobremesa familiar y a tradición.

Además de las torrijas, otros dulces como los pestiños —masa perfumada con anís, frita y bañada en miel o azúcar— o los buñuelos suaves y esponjosos llenan las bandejas de las casas y las vitrinas de las pastelerías. Los borrachuelos, fritos rellenos con un ligero toque de licor; y la leche frita, crema cocida rebozada y frita que se espolvorea con azúcar y canela.

También destacan las rosquillas de Semana Santa, pequeños anillos de masa aromatizados con limón, anís o vainilla, y la mona de Pascua, un bizcocho decorado con huevos o chocolate. En algunas regiones se elaboran además empanadillas dulces rellenas de cabello de ángel o frutas.

Lo que hace especial a la Cuaresma culinaria en lugares como Melilla no es solo el respeto por normas antiguas, sino la forma en que estas normas han sido reinterpretadas por la comunidad. Muchas familias hoy no siguen estrictamente la regla de abstenerse de carne todos los días, pero sí aprovechan este tiempo para redescubrir recetas que les conectan con sus raíces.

Tags: Noticias de Melilla

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