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Ceuta, el regreso a una ciudad que ha cambiado después de la crisis migratoria

Un mes después de la entrada masiva de miles de personas procedentes de Marruecos, recorro una ciudad marcada por la tensión, los asentamientos improvisados y la preocupación de muchos vecinos por una situación que ha alterado su vida cotidiana

por Tania Chocrón
09/09/2026 12:58 CEST
Ceuta, el regreso a una ciudad que ha cambiado después de la crisis migratoria
Ceuta en la actualidad.
Ceuta en la actualidad.

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Durante siete años viví en Ceuta y, durante todo ese tiempo, la imagen que guardé de la ciudad fue la de un lugar alegre, vivo y con una intensa actividad en sus calles. Una ciudad en la que las cuatro culturas convivían diariamente y donde esa diversidad formaba parte de la normalidad. Los parques estaban llenos, las familias ocupaban los espacios públicos y las playas eran uno de los principales lugares de ocio, especialmente durante los meses de verano.

Recuerdo una ciudad en la que no era extraño que muchas personas decidieran no salir de vacaciones porque encontraban en la propia Ceuta todo lo necesario para disfrutar del verano. El mar, las playas, los paseos y la vida en la calle formaban parte de una rutina que transmitía tranquilidad. Eso era, al menos, lo que yo respiraba durante los años que viví allí: alegría, convivencia, diversión y una sensación de normalidad.

Por eso, volver ahora y comprobar cómo ha cambiado el ambiente resulta difícil de asimilar. Los lugares siguen siendo los mismos, pero la percepción es diferente. Desde los acontecimientos del pasado 30 y 31 de julio, cuando se produjo una entrada masiva de inmigrantes desde Marruecos, Ceuta atraviesa una situación que ha alterado la vida cotidiana de la ciudad y que todavía se hace visible en determinados espacios.

Julio marcó un antes y un después

Los días 30 y 31 de julio supusieron un punto de inflexión. La llegada masiva de personas convirtió durante esos días a Ceuta en el escenario de una situación extraordinaria y, aunque una parte importante regresó posteriormente a Marruecos, muchos inmigrantes permanecieron en la ciudad y algunos comenzaron a instalarse en diferentes espacios.

Lo que entonces podía parecer una situación puntual se ha prolongado en el tiempo y ha dejado imágenes que para quienes conocimos la Ceuta anterior resultan difíciles de reconocer.

Uno de los lugares donde más claramente se observa ese cambio es la playa del Trampolín. La que durante años fue una zona vinculada al ocio se ha convertido en uno de los puntos más visibles de la crisis migratoria. Allí se han instalado inmigrantes que, ante la falta de alternativas, han terminado utilizando el espacio para vivir.

La playa ha llegado a convertirse en una especie de asentamiento improvisado. Se han levantado pequeñas cabañas y refugios, se han hecho barbacoas y fogatas y también se han producido actividades de compraventa. Zapatos, comida y otros productos son ofrecidos por algunas de las personas que permanecen allí, en una escena que poco tiene que ver con la imagen que yo tenía de esta zona.

Para mí, ese contraste es especialmente llamativo. Donde antes encontraba familias disfrutando del verano, ahora encuentro una realidad marcada por la necesidad y por una crisis que ha terminado ocupando un espacio que los ceutíes identificaban con el ocio.

La seguridad se ha convertido en una preocupación

Pero quizá el cambio que más se percibe en el día a día no esté únicamente en las playas. También está en la manera en la que algunas personas viven ahora su relación con la calle y con determinados establecimientos.

He hablado con vecinos y, entre ellos, con padres que aseguran sentirse preocupados por la situación y que incluso se plantean llevar o no a sus hijos al colegio debido al temor que les genera la situación en determinados puntos de la ciudad. Son percepciones personales y no representan necesariamente a todos los ceutíes, pero sí muestran que existe una parte de la población que siente que la ciudad ha dejado de ser tan tranquila como antes.

A esa sensación se suman determinadas medidas que personalmente no recuerdo haber visto durante los siete años que viví en Ceuta.

Uno de los ejemplos más claros está en algunos supermercados. En las puertas se ha reforzado la vigilancia y, según he podido comprobar y según relatan personas que conocen la situación, a algunos inmigrantes que pretenden acceder se les pide que muestren sus pertenencias e incluso que acrediten que disponen de dinero para realizar una compra.

Es una imagen que llama especialmente la atención cuando se compara con la Ceuta que yo conocí. Entrar en un supermercado formaba parte de la vida cotidiana y no era habitual encontrarse con este tipo de controles en la puerta.

Ahora, en determinados establecimientos, la seguridad se ha convertido en una presencia habitual.

No significa que todas las personas migrantes estén relacionadas con comportamientos delictivos ni que todos los comercios actúen de la misma manera. Sería injusto generalizar. Pero estas medidas reflejan una situación de desconfianza que antes, al menos desde mi experiencia, no formaba parte de la normalidad de la ciudad.

La vida cotidiana también ha cambiado

Los cambios se perciben precisamente en esos pequeños detalles que, cuando uno vive durante años en una ciudad, termina dando por sentados.

La sensación de seguridad al caminar por determinados lugares, la tranquilidad de llevar a los niños al parque o de acudir a la playa, la normalidad de entrar en un comercio o simplemente la manera de moverse por la ciudad son aspectos que ahora aparecen condicionados por una situación que antes no existía.

Lo que me transmiten algunos vecinos es precisamente esa sensación de haber perdido parte de la normalidad.

Hay personas decepcionadas y preocupadas. Hay quienes aseguran tener miedo y quienes consideran que la situación ha sobrepasado la capacidad de la ciudad para gestionarla. También hay, por supuesto, quienes mantienen una mirada diferente y recuerdan que las personas que han llegado se encuentran igualmente en una situación de enorme vulnerabilidad.

Porque esa es otra parte de la realidad que tampoco puede desaparecer del relato. Las personas que permanecen en Ceuta no han llegado hasta allí en unas condiciones normales. Muchas han terminado viviendo en espacios improvisados, esperando una solución y tratando de sobrevivir con los recursos que tienen.

Pero una cosa no elimina la otra. La existencia de una situación humanitaria difícil no impide reconocer que la llegada masiva y la permanencia de miles de personas han tenido un impacto evidente sobre la ciudad.

Una convivencia que ahora se percibe más frágil

Ceuta siempre ha tenido que gestionar su condición de ciudad fronteriza. También ha convivido históricamente con diferentes culturas, religiones y comunidades. Esa diversidad es una de sus características más conocidas y una parte fundamental de la imagen que yo guardo de aquellos siete años.

Lo que preocupa ahora es que una situación de estas dimensiones pueda terminar deteriorando esa convivencia.

La tensión se percibe en las conversaciones, en las protestas y en las opiniones enfrentadas que genera la crisis. Algunos vecinos reclaman más seguridad y soluciones, mientras que otros ponen el foco en las condiciones en las que se encuentran las personas migrantes.

Entre ambas realidades queda una ciudad que intenta continuar con su vida cotidiana.

Los colegios han comenzado el curso, los comercios siguen abiertos y los ceutíes continúan haciendo su vida. Pero la situación vivida desde finales de julio ha dejado una huella que no desaparece simplemente porque pase el tiempo.

Volver a hablar de Ceuta

Para mí, la diferencia resulta especialmente evidente porque tengo una referencia muy concreta de cómo era Ceuta.

Sé cómo eran sus parques antes de que esta situación comenzara. Sé cómo eran sus playas durante el verano. Sé cómo se vivía la ciudad y cómo se respiraba esa convivencia entre las cuatro culturas.

Por eso, regresar ahora produce una sensación extraña. No es que la ciudad haya desaparecido ni que todo sea diferente. Ceuta continúa teniendo los mismos paisajes, el mismo mar y muchas de las mismas personas. Pero determinados espacios han cambiado y, sobre todo, ha cambiado la manera en la que algunos vecinos los perciben.

La playa del Trampolín es quizá el ejemplo más evidente. Los asentamientos, las cabañas improvisadas, las fogatas y las actividades de quienes permanecen allí han transformado completamente la imagen de un lugar que yo asociaba al ocio.

También lo hacen los controles de seguridad en algunos supermercados y la preocupación que expresan determinados padres. Son elementos que, vistos por separado, pueden parecer pequeños. Juntos, sin embargo, construyen una imagen muy diferente de la ciudad que yo conocí.

Una ciudad que busca recuperar la normalidad

Ceuta tendrá que afrontar ahora el reto de recuperar esa normalidad y, al mismo tiempo, dar respuesta a una situación migratoria que ha desbordado durante semanas la capacidad de una ciudad pequeña y fronteriza.

No es una cuestión sencilla. Hay vecinos que quieren volver a sentirse seguros y recuperar sus espacios y, al mismo tiempo, hay personas migrantes que necesitan una respuesta y unas condiciones dignas mientras permanecen en la ciudad.

Entre esas dos realidades se encuentra la Ceuta actual.

Yo vuelvo a mirar sus playas y sigo viendo el mismo mar. Vuelvo a pasar por sus calles y reconozco los mismos lugares en los que viví durante siete años. Pero la sensación ya no es la misma.

La Ceuta que recuerdo era una ciudad alegre, llena de vida, de familias y de personas disfrutando de sus calles y de sus playas. Era una ciudad en la que la convivencia formaba parte de la rutina y en la que muchos ceutíes podían disfrutar de su propia ciudad como destino de vacaciones.

Ahora encuentro preocupación, tensión y una sensación de inseguridad que antes no percibía. Encuentro una playa convertida temporalmente en asentamiento, supermercados con vigilancia en sus accesos y vecinos que reconocen tener miedo ante una situación que ha cambiado su día a día.

No sé cuánto tardará Ceuta en recuperar la sensación que yo recuerdo. Pero después de volver a la ciudad que durante siete años consideré mi casa, sí puedo decir una cosa: los lugares siguen siendo los mismos, pero la Ceuta que se respira hoy ya no es la que yo conocí.

 

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Tags: InmigraciónNoticias de Ceuta

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