Casa Sadia es el bar más longevo de la ciudad, abierto desde 1938.
En la calle López Moreno, en pleno centro de Melilla, hay un establecimiento que guarda entre sus paredes la memoria viva de generaciones enteras. Hoy responde al nombre de Sadia, pero durante décadas fue conocido como Bar Rincón. Sus orígenes se remontan a la década de 1920 y, aunque ha cambiado de propietarios, su ubicación y su espíritu permanecen intactos. Es, según explica el presidente de la Asociación de Hostelería de Melilla, Chakib Mohamed, el bar más antiguo que continúa abierto en la ciudad.
“Ahora mismo, aunque no sea con el mismo dueño, es Casa Sadia”, confirma Mohamed en conversación con este diario. “Era el Bar Rincón en 1920 y tanto aproximadamente”. Junto a él menciona otros establecimientos históricos como Casa Antequera —también conocido como Bar Antequera del Real, con raíces en los años treinta—, pero subraya que Casa Sadia mantiene la esencia original en el mismo enclave urbano.
Este diario recorre la historia de un local centenario que ha sobrevivido a crisis económicas, transformaciones sociales, cambios generacionales y a la reciente pandemia, erigiéndose como símbolo de la resistencia del bar tradicional español.
En sus primeros años, el Bar Rincón ocupaba únicamente la parte del pasaje que conecta la calle López Moreno. Tenía lo que en la época se denominaba “el ambiguo” y una pequeña zona de mesas en el pasillo. No existía la actual fachada principal ni el espacio ampliado que hoy conocen los clientes habituales.
Con el paso del tiempo, el establecimiento fue ampliándose progresivamente. Primero incorporó el local contiguo que da a la fachada principal, donde hoy se sitúa la barra actual. Más adelante, se anexó otro espacio destinado a restaurante, ampliando así la oferta gastronómica y consolidando su presencia en la zona.
El actual propietario, Amaruch —vinculado al negocio desde hace más de quince años—, ya trabajaba en el local antes de hacerse cargo definitivamente. “Volvió a cogerlo hace unos quince años”, explica Mohamed. Esa continuidad, aunque no estrictamente familiar en términos de propiedad, sí ha sido sentimental y profesional.
En una etapa anterior, el establecimiento cerró sus puertas temporalmente hasta que fue recuperado por un antiguo trabajador vinculado también al restaurante El Caracol. “Con mucho sentimiento, con mucho amor y con mucho esfuerzo se mantiene el establecimiento”, resume el presidente de los hosteleros melillenses.
Si algo ha caracterizado históricamente a Sadia ha sido su producto. En sus décadas doradas, era conocido por servir “de los mejores langostinos de Melilla”, recuerda Mohamed. Aquella barra y el anafe siempre encendido para los pinchitos se convirtieron en seña de identidad.
El anafe —pequeño hornillo tradicional— continúa hoy formando parte del paisaje del local. “Eso sigue estando, y es la esencia del local: los pinchos”, recalca Mohamed. Esa fidelidad a la propuesta original ha sido clave para mantener una clientela fiel que ha ido pasando de padres a hijos.
Durante años, el bar fue punto de encuentro de personalidades locales y clientes habituales que encontraban en sus mesas un espacio de conversación y comunidad. En una ciudad como Melilla, donde el tejido social se entrelaza en plazas y cafeterías, estos establecimientos han funcionado como auténticos foros ciudadanos.
Sin embargo, el contexto en el que nació el Bar Rincón poco tiene que ver con el actual. Desde la década de 1930 hasta hoy, la hostelería ha atravesado profundas transformaciones, especialmente en los últimos años.
“Después de la pandemia, la hostelería se ha transformado completamente y se irá transformando muchísimo más”, advierte Chakib Mohamed. A nivel nacional, asegura, han desaparecido alrededor de 60.000 establecimientos en el último año. Solo en la Comunidad de Madrid, la cifra ronda los 25.000 cierres.
El modelo clásico del “bar de 12 o 14 horas abierto”, regentado por su propietario y sostenido por el esfuerzo familiar, está en retroceso. Los costes de alquiler —especialmente tras la actualización de rentas entre 2018 y 2019—, el incremento del precio de las materias primas, la carga impositiva y las cuotas de la Seguridad Social han reducido drásticamente la rentabilidad.
A ello se suma la falta de relevo generacional. “Antes se montaba un bar y se cuidaba porque era la herencia familiar. Ahora no hay continuidad. Nadie quiere dedicarse a una profesión con tanta dedicación y tan poco margen de conciliación”, señala Mohamed.
En Melilla, la situación se ha visto agravada por factores propios. El cierre de la frontera afectó directamente al suministro de pescado fresco y económico, base tradicional de muchos bares locales. “Eso es insoportable para lo que era el bar de tapa, desayuno, café y tostada”, lamenta el presidente de la asociación.
El pequeño establecimiento familiar, que combinaba varias actividades a lo largo del día y estaba sostenido por miembros de la familia, ha sido el más vulnerable. Frente a él, han ganado terreno franquicias y modelos empresariales más estructurados, aunque —según Mohamed— no conservan el “modo de negocio” tradicional.
“La esencia del bar español está desapareciendo”, sentencia.
En este contexto adverso, la supervivencia de Sadia adquiere un valor simbólico. No es solo un negocio que permanece abierto: es un fragmento de la memoria urbana de Melilla.
Cada ampliación del local ha sido una apuesta por seguir adelante. Cada generación de clientes que cruza su puerta representa un puente entre pasado y presente. Mantener el anafe encendido, conservar el sabor de los pinchitos y sostener la barra como punto de encuentro es, en cierto modo, un acto de resistencia cultural.
En una ciudad con una identidad arquitectónica y multicultural tan marcada como Melilla, los bares históricos forman parte del paisaje emocional colectivo tanto como sus edificios modernistas o sus plazas emblemáticas.
Cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes sueñan con abrir un bar o restaurante en Melilla, Chakib Mohamed se muestra sincero y prudente. “Si pudiera dar ese consejo, se lo daría a mis hijos. Y no se lo estoy dando”, admite.
Define la hostelería como una profesión “vocacional”, que solo puede sostenerse si existe pasión real por el oficio. “Tiene muchísimo sacrificio. No concilia. Es muy difícil”, insiste.
Las estadísticas tampoco son alentadoras: según sus datos, el 60% de los bares y restaurantes que se abren no supera el primer año de vida. La inversión inicial, la competencia creciente y los costes estructurales hacen que muchos proyectos queden en el camino.
Aun así, reconoce que siguen surgiendo emprendedores en la ciudad. “Me gustaría que terminaran y que el resultado fuera positivo”, afirma.
Mientras el sector afronta desafíos estructurales, Casa Sadia continúa abriendo cada día. En su interior conviven historias de los años treinta con conversaciones actuales sobre inflación, turismo o cambios sociales.
Es probable que muchos clientes no sean plenamente conscientes de que están consumiendo en uno de los locales más antiguos de la ciudad. Pero cada tapa servida y cada pincho preparado forman parte de una cadena que comenzó hace más de un siglo.
En tiempos en los que la hostelería tradicional lucha por mantenerse a flote, Casa Sadia representa algo más que longevidad empresarial: simboliza la capacidad de adaptación sin perder identidad. Y en una Melilla en constante evolución, ese equilibrio entre memoria y presente es, quizá, su mayor valor.
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