Hay quienes hacen arte y hay quienes viven en él. Carmen Almécija pertenece a este último grupo. Desde muy joven supo que la creación sería su manera de estar en el mundo, su forma de comunicarse, su refugio y su propósito. “Para mí el arte ha supuesto desde siempre una ventana a la imaginación, un puente a las emociones, y creo que me ha enseñado a fijarme en los detalles, a ordenar mis pensamientos, mis ideas. Y pienso que los artistas, a través de las expresiones artísticas, nos convertimos en narradores de historias, portadores de la emoción y los pensamientos”, sostiene con la expresividad de alguien que contempla más allá de lo visible desde la serenidad y la profundidad.
Sus palabras encuentran eco en cada una de sus obras, dos de las cuales se exponen estos días en la muestra colectiva Miradas de Mujer, organizada por la Fundación Baleària en el Real Club Marítimo de Melilla. La exposición, abierta hasta el 7 de diciembre, reúne a varias artistas que exploran la identidad, la emoción y la mirada femenina desde lenguajes muy diferentes.
Carmen Almécija lleva toda su vida profesional dedicada al arte. Estudió Bellas Artes y, desde entonces, ha recorrido un camino lleno de matices. Ha trabajado en publicidad, ilustración, teatro, moda, escultura, pintura, grabado. Cada disciplina le ha permitido aprender, experimentar, abrir nuevos canales de expresión. “He tocado muchas ramas, pero siempre dentro del arte. Y sigo sin perder la pasión”, afirma. “Lo importante es continuar aprendiendo, seguir creciendo y compartiendo, porque el arte también es eso: compartir, conectar con los demás”.
Esa conexión es, para ella, el verdadero sentido de su trabajo. “El arte no tiene barreras lingüísticas ni culturales. Cuando tu obra consigue viajar sola, conectar con el público, se ha cerrado el círculo”, explica. “Ahí está la magia: en el instante en que alguien se detiene frente a una pieza y siente algo. No hace falta entenderla, basta con sentirla. El arte hay que sentirlo, porque muchas veces se transforma en demasiado razonamiento alrededor de la obra”.
En esa frase se condensa su filosofía: el arte como experiencia sensorial, como vibración compartida, como escucha y expresión de lo que nos rodea, de lo que sentimos, de lo que observamos. “Lo esencial es conectar, escuchar los latidos del otro”, añade. Esa conexión, cuando se produce, le devuelve una profunda satisfacción. “Cuando conectas con el contemplador o la contempladora, cuando sabes que lo que has hecho le ha llegado, que lo ha sentido, entonces el trabajo tiene sentido”.


Su proceso creativo parte casi siempre de un impulso emocional. Un tema que la conmueve, una escena, una canción, una noticia o una imagen pueden convertirse en el punto de partida de un nuevo proyecto. “Cada uno nace de una emoción o una idea que necesito desarrollar. Me documento, investigo, boceto. Es un proceso lento, pero muy enriquecedor”.
Uno de sus proyectos más recordados fue Border: infancia al límite, una serie de retratos de gran formato sobre la repercusión de la situación de la infancia en las fronteras. “Eran obras grandes, de dos por dos metros, porque quería que impresionaran. Pretendía denunciar una situación y provocar una reflexión”, recuerda. También realizó Tiempo de Juego, una serie de grabados en torno a la infancia y el paso del tiempo, inspirada en la experiencia de ver crecer a su hija. “Me daba pena que se fuera la infancia, ese tiempo tan fugaz y tan puro. Quise conservarlo de alguna forma”.
Una de las piezas de esa serie forma parte de la exposición actual. La otra, una obra pictórica más reciente, dialoga con ella desde la distancia del tiempo. Ambas exploran la identidad femenina, las emociones y esa belleza sutil, de lo cotidiano. “Hay una reflexión sobre la identidad, sobre las emociones femeninas que están en experiencias simples y auténticas, que es lo que conecta con la esencia más pura del ser humano. Las dos capturan momentos efímeros donde se entrelazan la fantasía y la realidad. La niña nos lleva a la inocencia, a la vulnerabilidad, a ese tiempo corto donde una niña mira descarada y se siente libre y cómoda. La otra caza un momento de introspección atrapada en sus propios pensamientos. Son como fotografías de un instante mágico”, describe la artista.
Además de crear, Carmen enseña. La docencia ocupa un lugar importante en su vida. Imparte clases a personas adultas, lo que le permite vivir el arte desde otro ángulo. Una dedicación "muy gratificante" a partir de la cual, Almécija presta sus conocimientos, permitiendo profundizar en las temáticas, respetando la singularidad de cada estudiante. "Trato a cada alumno en particular. Cada uno tiene su ritmo, cada uno tiene su manera de ver y de entender, y eso lo respeto muchísimo”, destaca la artista.
Hay algo profundamente generoso en su forma de hablar. Comparte lo que sabe, lo que siente, lo que ha aprendido. Cree firmemente en la formación continua, en la lectura, en la búsqueda constante. “Esto es como cualquier otro trabajo. Hay que formarse siempre. Yo sigo leyendo, estudiando, aprendiendo”. "El ojo también se va educando. La mirada se va educando. Entonces, como cualquier otro oficio, cada vez te vuelves más sensible y tu ojo más delicado, más fino", describe.
Su participación en Miradas de Mujer le ha permitido, además, dialogar con otras creadoras. Al observar el conjunto de la exposición, se sorprendió al descubrir que muchas de ellas, sin ponerse de acuerdo, habían elegido la figura femenina como eje central. “Nos creemos diferentes, pero en realidad tenemos mucho en común”, reflexiona. “Quizá todavía necesitemos incluirnos, afirmar nuestra voz, reivindicar nuestro espacio. O tal vez sea una búsqueda de nosotras mismas”. Por eso valora especialmente la labor de la Fundación Baleària. “Apoyar y dar visibilidad al arte hecho por mujeres es muy importante. Nos ayuda a ocupar el lugar que nos corresponde dentro de la identidad cultural. Las mujeres siempre hemos sido transmisoras de cultura”.
Hablar con Carmen Almécija es adentrarse en un universo de sensibilidad, de calma y de claridad. No hay en sus palabras grandes artificios, sino una convicción profunda: el arte como una forma de vida, una manera de entender el mundo y de vincularse con él. Sus obras invitan a detenerse, a mirar despacio, a sentir. “Cuando una obra viaja sola y conecta con el público, se ha cerrado el círculo”, repite. Ese círculo invisible que conecta con la mirada, la emoción, la identidad, el entorno y la memoria. Crear, enseñar, aprender, compartir: cuatro verbos que resumen una vida entera dedicada a la belleza de lo sutil, a la emoción, a la creación y a la búsqueda de sentido a partir de la introspección, de las preguntas, de las reflexiones. Porque, en el fondo, como ella misma dice, “el arte hay que sentirlo”.








