El reloj marcaba las doce del mediodía cuando el silencio se adueñó del Teatro Kursaal Fernando Arrabal. Afuera, el cielo despejado de noviembre bañaba de luz el puerto y las fachadas modernistas de Melilla. Dentro, otra luz, más íntima, comenzaba a desplegarse. La de la música.
No se ha llenado la sala —alguna butaca vacía recordaba que los domingos al mediodía no siempre son fáciles para la música clásica—, pero los que han venido sabían que les esperaba algo especial. Sobre el escenario, tres intérpretes afinaban en silencio. En unos segundos, todo fue música.
El Trío Ravel, formado por Dobrochna Banaszkiewicz al violín, Suzana Stefanović al violonchelo y Héctor J. Sánchez al piano, ha ofrecido este domingo un recital de altura en la ciudad autónoma. El programa reunía dos obras maestras del repertorio camerístico. El Trío con piano en Si bemol mayor, opus 97, “Archiduque”, de Ludwig van Beethoven, y el Trío con piano en la menor de Maurice Ravel.
Dos obras separadas por un siglo, dos lenguajes distintos y, sin embargo, complementarios. La plenitud clásica frente al color y la transparencia del siglo XX. Un viaje desde Viena hasta París sin salir del escenario melillense.
La primera parte del concierto ha estado dedicada a Beethoven. El Trío “Archiduque” fue compuesto en 1811, cuando el músico alemán ya había entrado en los años de su sordera casi total. Lo dedicó a su amigo y protector, el archiduque Rodolfo de Austria, gran aficionado al piano y alumno suyo. La obra es una síntesis perfecta entre la elegancia clásica y la expansión romántica.
Desde los primeros compases, el Trío Ravel ha mostrado una comprensión profunda del equilibrio entre majestuosidad y lirismo que exige esta partitura. El Allegro moderato inicial, amplio y sereno, ha sonado con esa respiración beethoveniana que se apoya más en el canto que en la exhibición. Dobrochna Banaszkiewicz, de sonido firme y cálido, ha dibujado el tema principal con naturalidad; Suzana Stefanović, con su violonchelo de timbre noble y redondo, le ha respondido con elegancia; y Héctor J. Sánchez, desde el piano, ha sostenido el diálogo con una claridad que permitía distinguir cada línea sin perder la unidad del conjunto.
El Scherzo, con sus ritmos enérgicos y sus juegos de imitaciones, ha sonado ágil y preciso, pero nunca rígido. Los tres músicos se movían con naturalidad, como si se conocieran desde siempre. El Andante cantabile, uno de los momentos más sublimes del repertorio de Beethoven, ha sido interpretado con una serenidad conmovedora. El público contuvo el aliento; nadie tosió, nadie se movió. En esos minutos suspendidos, el tiempo ha parecido detenerse. El Allegro moderato final ha traido de vuelta la luz. Una alegría serena que se expandió en el último acorde.
Tras el descanso, ha llegado el cambio de siglo y de atmósfera. El Trío en la menor de Maurice Ravel, escrito en 1914, ha abierto la segunda parte del concierto. La obra se estrenó poco antes de que el compositor se alistara como conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial. En ella conviven la precisión geométrica y la sensibilidad impresionista. Todo está pensado, pero nada suena calculado.
El primer movimiento, Modéré, ha sido un ejemplo de transparencia. El piano de Sánchez, siempre atento al color y al equilibrio, ha creado un fondo sonoro sobre el que el violín y el violonchelo han trazado líneas delicadas, casi vocales. En el segundo movimiento, Pantoum, inspirado en una forma poética malaya (dos sonidos contrastantes de ritmos diferentes que se van siguiendo), los tres intérpretes se entregaron a un juego rítmico vertiginoso. Los acentos se desplazaban, las frases se entrelazaban. El Trío Ravel demostró aquí su extraordinaria coordinación y su sentido del ritmo.
El corazón emocional de la obra llegó con la Passacaille, un movimiento construido sobre un bajo repetido que crece poco a poco hasta alcanzar una intensidad orquestal. Las tres voces se entrelazaron con un sentido casi arquitectónico del sonido. Cada nota encontraba su lugar exacto. El público escuchaba en silencio, absorto. En el Finale, Ravel despliega toda su imaginación. El ritmo se acelera, el color se multiplica, la energía se desborda. Los tres músicos cerraron con una fuerza y una precisión que arrancaron una ovación inmediata.
El Trío Ravel, fundado en 2015 en el seno de la Orquesta de RTVE, ha mostrado en Melilla una madurez artística consolidada. Su interpretación ha sido un ejemplo de cómo la música de cámara permite ver —y oír— la esencia misma de los intérpretes, sin la protección del gran conjunto orquestal.
Beethoven y Ravel. Viena y París. Dos lenguajes separados por un siglo, unidos por la sensibilidad de tres intérpretes que entienden que la música no es solo ejecución, sino diálogo.








