Afilando la fe: Eid al-Adha en Melilla y el cuchillo que honra el sacrificio

En el Sacrificio debe hacerse con conciencia, agradeciendo por el alimento que va a recibir, y evitando todo tipo de desperdicio

En estos días previos a la celebración del Eid al-Adha, Melilla se transforma. Los barrios de la Cañada, el Rastro, Cabrerizas o el Monte María Cristina laten con un ritmo distinto, marcado por la espiritualidad, la tradición y por la necesidad de tener todo listo para el momento indicado: por entonces, el silbato del afilador de cuchillos . Y es que aquí, donde conviven culturas desde hace siglos, la Pascua del Borrego tiene un profundo significado para los melillenses musulmanes.

Hoy, esa obediencia se revive en cada hogar que participa en el rito. El sacrificio del animal no es un simple acto de tradición, sino un gesto de fe y recuerdo de una historia sagrada. Para ello, los musulmanes compran el borrego, lo cuidan, y eligen el mejor cuchillo, el idóneo para llevar a cabo esta práctica religiosa.

Francisco Javier Santiago Carmona, afilador de cuchillos desde hace más de 40 años, es parte esencial de esta festividad. Su taller: una carpa de lona blanca que le protege del sol, situada en la acera de la carretera Hidum, colindante con la barriada de Las Palmeras, en Melilla, se convierte estos días en punto de encuentro. "Esto es una tradición muy demandada, sobre todo en estas fechas.

Los musulmanes necesitan el cuchillo bien afilado para que el animal no sufra. Así lo dice su religión y así lo enseñó el profeta", cuenta Carmona mientras recibe a vecinos y viejos conocidos. Uno de ellos, un melillense musulmán, explica la importancia del utensilio: “El cuchillo sí es parte del rito. El profeta enseñó que si matas a un animal, debes hacerlo con un cuchillo muy afilado, para que no sufra. No es solo matar, es hacerlo con compasión y respeto”.

Este año, sin embargo, él no sacrificará un borrego. “Mi madre está delicada, no vamos a hacerlo, pero seguimos siendo religiosos. Esto no es una obligación individual, sino un acto comunitario”.Y aunque cada año es distinto, la esencia permanece. Otro vecino, Karim, recuerda el valor del borrego en la historia: “Si no hubiera sido por ese carnero que salvó a Ismail, la humanidad no estaría aquí. No es solo un cuento. Es una realidad espiritual que seguimos celebrando”.

En la calle, Carmona va organizando números, entregando turnos y afilando hojas sin descanso. Entreconversaciones de cuchillos, paraguas y cafeteras, recuerda que su familia lleva tres generaciones en este oficio. "Mi abuelo ya lo hacía, con una bici y un pito iba casa por casa. Ahora yo sigo con la eléctrica, pero el alma del trabajo es la misma".

El Eid al-Adha en Melilla es, así, un puente entre fe y cultura. Un día donde el cuchillo no solo corta carne, sino que abre el camino hacia una espiritualidad que se vive con humildad, comunidad y memoria.

Corán, sura 22:37

"Ni su carne ni su sangre llegan a Dios, pero sí vuestra piedad." Durante el Eid al-Adha, los musulmanes recuerdan esta prueba de fe realizando el sacrificio de un animal (normalmente un cordero, pero también puede ser una vaca o un camello. El momento en que se sacrifica el animal no es un acto de violencia, sino un acto de sumisión consciente a Dios, tal como Ibrahim e Ismael aceptaron la voluntad divina. No se trata de derramar sangre por costumbre, sino de recordar que la verdadera entrega es la del corazón, el desprendimiento del ego, de los deseos personales, y la voluntad de actuar según la guía divin. El islam prescribe que el animal debe ser sacrificado de manera compasiva y con dignidad: debe estar bien alimentado, sin sufrimiento, y el proceso debe ser rápido y respetuoso. Estas normas reflejan una ética que reconoce el valor de toda criatura como creación de Dios. El musulmán que realiza el sacrificio debe hacerlo con conciencia, agradeciendo por el alimento que va a recibir, y evitando todo tipo de desperdicio. Es una forma de recordar que el ser humano es responsable ante Dios de cómo utiliza los dones que se le han concedido. En un mundo donde tantas personas sufren hambre y exclusión, este acto tiene un poderoso mensaje social: la fe no es auténtica si no va acompañada de justicia, compasión y generosidad.

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