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A. Aouattah: “Saber componer 'izran' y hacerlo bien era motivo de admiración. La mujer izranista era respetada y valorada por su comunidad”

La escritora e investigadora nos acerca a estas composiciones poéticas breves que formaron parte de la tradición oral amazige

por Alejandra Gutiérrez
18/01/2026 10:57 CET
A. Aouattah: “Saber componer 'izran' y hacerlo bien era motivo de admiración. La mujer izranista era respetada y valorada por su comunidad”

Asmaa Aouttah durante la presentación de su libro, 'El eterno retorno' en la UNED.


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Asmaa Aouattah pertenece a una generación que creció escuchando izran, breves poemas amazighes transmitidos oralmente, que formaban parte de la vida diaria de las mujeres del Rif. Ha sido testigo directo del silencio que dejó su desaparición progresiva y, hoy, desde su trabajo de investigación, busca rescatar esta tradición poética que fue durante siglos una forma de expresión libre, emocional y poderosa de las mujeres rifeñas.

En una entrevista profunda y reflexiva con El Faro de Melilla, Aouattah explica que su investigación parte de una hipótesis clara: los izran han sobrevivido a pesar de los profundos cambios que ha sufrido la sociedad rifeña en las últimas décadas, y están empezando a reaparecer, aunque en nuevos formatos y contextos. “Hay muchísima gente, como yo, que cuando tuvo la oportunidad, expresó el dolor —no el duelo— por el ‘retiro’ forzado de la literatura oral, sobre todo los izran, y el deseo de invocarlos de nuevo en nuestras vidas”, afirma.

Los izran, plural de izri, son composiciones poéticas breves que, durante generaciones, fueron parte esencial de la tradición oral amazige del Rif. Estas creaciones se transmitían de mujer a mujer, sin necesidad de papel, tinta ni escenario, pero con una carga simbólica y emocional enorme. Formaban parte de celebraciones, trabajos colectivos, encuentros cotidianos y, sobre todo, de los momentos claves de la vida de las mujeres: bodas, despedidas, duelos, confesiones, resistencias íntimas o comunitarias. El izran era, a la vez, arte, herramienta de crítica y memoria viva.

En un mundo rural donde la escritura estaba lejos del alcance de la mayoría de las mujeres, y donde el espacio público estaba reservado casi exclusivamente a los hombres, los izran fueron durante siglos el canal principal para que las mujeres del Rif expresaran sus pensamientos, emociones, sufrimientos, alegrías, deseos y críticas. “Eran el altavoz de las mujeres, su refugio, su forma de poetizar y resignificar lo que vivían y sentían en una sociedad que muchas veces no les daba voz”, explica Aouattah.

Una de las escenas más poderosas en las que se desplegaban los izran era durante las bodas, en el espectáculo de arrayes, cuando la novia, acompañada por otras mujeres, salía a cantar versos dirigidos a su familia, a su pareja o incluso a quienes habían hablado mal de ella. Era una performance donde la palabra poética se convertía en un acto de valentía. Las mujeres podían lanzar críticas, hacer confesiones, reclamar justicia o simplemente agradecer y despedirse. Era su última noche en la casa familiar, y el izran era su arma y su escudo.

Pero no solo en las bodas se cantaban izran. También eran frecuentes en los trabajos comunitarios entre mujeres —como la recogida de agua o leña— y en los rituales cotidianos. En esos espacios de confianza y complicidad, se compartían versos que hablaban de amor, dolor, migración, machismo, o resistencia. Una de las características principales de izran era la improvisación, un arte que se trasmitía de generación en generación.

En ocasiones, los izran daban lugar a verdaderos duelos poéticos entre dos grupos de mujeres, una práctica llamada tamzawart o reɛrur. Cada grupo respondía con nuevos versos, en una especie de diálogo lírico cargado de ingenio, ironía y ritmo. Este tipo de encuentros eran una muestra del dominio que las mujeres tenían sobre (de) la palabra, y del prestigio social que alcanzaban quienes destacaban en ello. “Saber componer izran y hacerlo bien era motivo de admiración. La mujer izranista era respetada y valorada por su comunidad”, señala Aouattah.

Además de su valor artístico, los izran cumplían una función social clave: permitían a las mujeres nombrar lo que no se podía decir abiertamente, denunciar injusticias, mantener la memoria de los acontecimientos históricos, consolarse en los momentos de duelo, o simplemente embellecer la vida cotidiana con poesía. Muchos izran hablaban del colonialismo, de la emigración forzada, de las tensiones familiares o del sufrimiento femenino en una sociedad patriarcal. Eran un espejo crítico de la realidad.

Sin embargo, el declive de esta tradición comenzó cuando el modo de vida tradicional rifeño empezó a desmantelarse. La emigración masiva, la modernización de las costumbres, la urbanización y el cambio en los roles sociales provocaron que las mujeres dejaran de reunirse en los espacios donde se componían e interpretaban izran. Las bodas cambiaron, las redes familiares se transformaron y la oralidad perdió terreno frente a otros formatos culturales. “Ya no se realizan sesiones espontáneas de izran en las fiestas, y la novia ya no sale a cantar con su arrayes. Dentro de las casas, escuchar cantar a una mujer ya es casi un milagro”, lamenta la investigadora.

A pesar de ello, los izran no desaparecieron por completo. Las cantantes profesionales —muchas veces estigmatizadas por su visibilidad pública— jugaron un papel esencial en mantener viva esta poesía. Incorporaron los izran a sus canciones, los grabaron en estudios y los llevaron a nuevos públicos, combinando tradición y modernidad. Nombres como Yamna el Khemaria, Fadma el Abbas, Milouda el Husaimia o Farida el Husaimia, entre otras, son clave en esta resistencia cultural.

También ha habido esfuerzos por recopilar y transcribir los izran, para conservarlos como patrimonio literario. Sin embargo, Aouattah advierte que la transcripción, aunque necesaria, no es suficiente: “Un izran fuera de su contexto oral pierde parte de su fuerza. Necesita ser acompañado de su carga simbólica, cultural e histórica para poder ser comprendido en toda su profundidad”.

Los primeros izran documentados por escrito datan de finales del siglo XIX, cuando lingüistas y etnógrafos europeos empezaron a interesarse por la cultura del Rif. Uno de los más antiguos hace referencia al genocidio perpetrado en la tribu Bocoia en 1898. Otros fueron grabados por el escritor Paul Bowles en el siglo XX. Hasta los años 80, muchas mujeres seguían componiendo nuevos versos, aunque con menor frecuencia.

Hoy, aunque el contexto ha cambiado, hay un renovado interés —tanto dentro como fuera de las comunidades amazighes— por recuperar esta forma de poesía. Algunas agrupaciones musicales y jóvenes artistas han incorporado izran en sus repertorios. Incluso han aparecido espacios digitales donde se comparten, recitan o reinterpretan estos versos. Pero, como destaca Aouattah, lo esencial es que no se pierda el vínculo con el alma original de los izran: su raíz comunitaria, su función de altavoz colectivo, su capacidad de emocionar, interpelar y resistir.

Para ella, la supervivencia de los izran no depende solo de grabarlos o escribirlos, sino de devolverles su lugar en la vida cultural, de volver a dar espacio a esa poesía que nace de la experiencia, del dolor, del amor y de la inteligencia emocional de generaciones de mujeres. “Muchos izran te dejan perpleja por su fuerza. En pocas palabras dicen muchísimo. Es poesía viva, hecha para ser sentida y compartida”, concluye.

Hoy, más que nunca, los izran siguen siendo una herencia que respira. Una forma de entender el mundo, de resistir al olvido y de conectar con una voz que, aunque silenciada durante años, aún tiene mucho por decir.

Tags: Asmaa Aouattahizran

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