Francisco Luque podría considerarse una estrella del deporte local. Maestro entrenador nacional de judo y defensa personal, es director deportivo de la Escuela KogyJudo, en el 17 de la calle Cabo Noval (El Tesorillo). No lo considera un logro, pero tras años de experiencia, formación y docencia, este periódico se va a permitir la licencia de reconocerlo así: es Sexto Dan, un título del que pocas personas pueden presumir en la ciudad.
Para quienes no sepan bien en qué consiste el judo, en términos generales, “no es solamente un deporte, es un sistema educativo y formativo que recomienda la Unesco sobre todo para niños menores de 4 a 21 años”. De los 36 que hay, explica Luque, solo tres encabezan la lista por las características que reúnen: gimnasia rítmica, natación y judo. De origen japonés, procede del antiguo jiu-jitsu japonés, que se traduce literalmente como “el arte de la suavidad”.
El maestro fundador Jigoro Kano “lo creó adaptándolo”. De un arte milenario que los guerreros samuráis dominaban cuando se quedaban sin armas y no tenían más que su propio cuerpo para defenderse, pasó a ser un estilo de vida. Los golpes, derribos y controles evolucionaron hacia una práctica más tranquila que priorizaba la salud física y, por ende, la mental.
El judo es uno de los deportes más completos y practicados en el mundo por la carga formativa tan importante que tiene para niños y adolescentes. Después de la etapa deportiva y competitiva, muchos judocas lo convierten en un modo de vivir y no lo dejan de lado —al menos, los que de verdad quieren al judo—. Lo que más resalta el Sexto Dan melillense es la enseñanza en valores: educación, compañerismo, amistad, participación y disciplina. Lamenta que, algunos, se están perdiendo.
Volviendo a este nuevo título, el director de la Escuela KogyJudo no lo define como un mérito “porque el grado, lo único que dice de ti, es el tiempo que llevas practicando la disciplina”. Bajo esa definición, un logro sería proclamarse campeón del mundo u olímpico. En cambio, el Sexto Dan es “una recompensa” por el tiempo que lleva una persona practicando judo. Él mismo se inició a los tres años en el Club Kimura de Melilla, y hasta el momento presente.
Por orden, está el cinturón blanco, el amarillo, naranja, y así hasta llegar al marrón. Luego, te examinas del Primer Dan. Es como una rivalidad, no es un objetivo como tal, pero sí supone un paso significativo, comenta Luque. “Todos los chavales ven a los maestros con el cinturón negro, todos quieren ese cinturón negro, pero en realidad cuando lo eres, te das cuenta de lo poco que sabes y de lo mucho que te queda por aprender”.
Para ser Segundo Dan hay que practicar judo de forma continuada durante tres años y pasar un examen. Después, igual pero con cinco años. Es necesario demostrarlo con las licencias pertinentes. Para el cuarto y quinto son seis años. Según pasa el tiempo, si se van superando los cursos de formación, se pueden obtener los diferentes grados. Primero está el curso de monitor, le sigue el de entrenador y finalmente el de maestro nacional, el nivel más alto de enseñanza.
“La mayoría de los grandes deportistas y competidores, cuando terminan esa etapa, llenan ese hueco dando clases y formando. Como han sido grandes deportistas, suelen crear a grandes competidores también”. Así, cualquier persona puede practicar judo. En la Escuela KogyJudo hay clases para todos los niveles y edades, desde niños hasta mayores. Es cierto que los más pequeños son como esponjas, y aprenden más rápido y con una mayor facilidad. Especialmente, si es jugando.
El judo requiere paciencia. Para una persona adulta, los primeros meses son complicados. “Tiene que dominar las caídas. Es repetir mucho lo mismo”. La movilidad, flexibilidad y agilidad son los principales beneficios físicos. Prevalece la habilidad antes que la fuerza. “No es importante la fuerza que tenga uno, sino saber aprovechar la del otro”. Consiste en “ceder para vencer”, un fundamento de muchas artes marciales que se consigue con la práctica. Su origen japonés le otorga una serenidad muy valiosa desde la perspectiva mental.
Por último, el maestro entrenador nacional de judo recuerda cuando su padre lo apuntó a las clases del Club Kimura con tan solo tres años. Trabajaba en un petrolero con un cocinero japonés que le hablaba mucho de este deporte. Tras una pelea contra “un portugués gigantesco”, el pequeño cocinero lo dejó tumbado en el suelo gracias a esta técnica milenaria. Él nunca se inició en el judo, pero inscribió a sus dos hijos a las clases.
El director deportivo podría seguir creciendo en esta disciplina, pero asume que llegar al Décimo o Undécimo Dan es prácticamente imposible. Nadie lo tiene porque nadie vive lo suficiente. Para ello, tendría que cumplir años, mantener la misma fortaleza física y demostrarlo. Por supuesto, sin abandonar la práctica del judo. Pero no es necesario, porque los títulos a veces son eso, títulos. Lo que realmente cuenta es el trabajo diario y la carrera deportiva de toda una vida. Y los tantísimos alumnos que siguen el ejemplo del Sexto Dan Francisco Luque.







