Domingo XXVII. Ciclo A.
¿Qué mejor manera de expresar el amor que a través de una canción de amor? Poemas hechos canto que nos ayudan a abrirnos a la experiencia de sentirnos y sabernos amados.
Isaías canta el amor de Dios por su viña para expresar el mimo y el cuidado con los que el mismo Dios nos acompaña y protege. Un amor que no escatima esfuerzos, expresado en todas las acciones necesarias para hacer crecer, madurar y dar buen fruto.
Contemplar la imagen de Dios en el poema de Isaías nos remite a tantas experiencias mediadas por personas, acontecimientos y palabras que hacen presente el asombro de un amor que nos desborda.
Tomar conciencia del mimo con el que el Señor ha cuidado la viña que ha plantado ensancha el corazón y el horizonte de lo que Dios desea para nosotros y para toda la humanidad: que el derecho y la justicia rebosen como una cosecha que alimenta y embriaga a toda la tierra.
Los frutos que el amante espera cosechar hacen siempre referencia a la fraternidad, a una fraternidad universal.
En este año en que se conmemora el VIII centenario del tránsito de san Francisco de Asís, recordamos la referencia del papa Francisco a este santo a lo largo de la encíclica Fratelli Tutti (Hermanos todos), de quien dijo, entre otras muchas cosas, que «fue un padre fecundo que despertó el sueño de una sociedad fraterna». Ese es también el sueño de Dios para toda la humanidad: el fruto que espera de su viña amada.
También hoy Dios espera los frutos de su viña de aquellos a quienes ha enviado a trabajar en ella. Pero, con frecuencia, en nuestra sociedad y en nuestras comunidades hay más lamentos que justicia y falta el derecho, sobre todo para los más vulnerables y débiles.
En otras ocasiones surgen quienes se apropian de la viña, sintiéndose dueños de ella y dejándose llevar por la tentación de su propio interés. Entonces surgen la riña, las rivalidades, el abuso, la explotación y todo tipo de violencia.
Pero Dios no escatima esfuerzos en su sueño y espera que la viña de fruto. Envía una y otra vez profetas para que cambiemos de mentalidad, nos transformemos y nos pongamos al servicio del Reino, como siervos de Dios y de los hombres. Envía lo más preciado que tiene, a su Hijo, para que nos comportemos como hijos que saben vivir como hermanos, que reconocen el amor y el proyecto del Padre.
No somos los dueños de la propiedad de Dios, sino siervos a quienes Dios confía lo más precioso. Necesitamos cultivar, en todos los ámbitos de nuestra sociedad, en nuestros trabajos, en nuestras familias y también en nuestras comunidades, una actitud de servicio que busque el bien de todos. También la autoridad es un servicio necesario que debe ejercerse para el bien de todas las personas. Escuchemos a los profetas y escuchemos la Palabra del Hijo, que nos permite dar fruto en derecho y justicia y ser constructores de paz.
Reconozcamos todos los esfuerzos, mimos y trabajos que hace Dios a través de tantas personas que nos cuidan y nos hacen crecer. Pongámonos a la escucha de la Palabra que nos ensancha el corazón y nos libera de todo autoritarismo y de todo tipo de violencia, y sigamos el ejemplo de Pablo, que nos invita a cultivar todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y todo lo que es virtud.
Sigamos trabajando en la viña del Señor sin perder la paz de Dios, que supera todo juicio.








