El aburrimiento es un estado que acompaña al ser humano desde el principio de los tiempos. De hecho, hay muchos animales, aquellos que tienen un desarrollo cognitivo suficiente, que experimentan esta sensación con la misma intensidad que las personas. Es muy visible en las mascotas: perros y gatos necesitan juego y estimulación cada cierto tiempo, cuando cumplen con sus momentos de descanso. Es una sensación desagradable pero que tiene una función: sacarnos de una actividad, lugar o relación que ya no nos está contentando como antes.
La filósofa Josefa Ros Velasco, que ha trabajado en proyectos con la Universidad Complutense sobre este asunto y es fundadora de la International Society of Boredom Studies, ofrecía en 2022 una entrevista al medio El Confidencial en la que abordaba las claves del aburrimiento. Publicó en esa fecha el ensayo “La enfermedad del aburrimiento” (Alianza). En términos generales, se percibe como una realidad monótona, estancada, en la que los minutos pasan lentos y en la que la experiencia de vivir se transforma en hastío.
Cuando se tienen ciertas necesidades cubiertas, aparece en muchos casos esta insatisfacción con el entorno. Ros Velasco habla de “aburrimiento situacional cronificado” cuando afecta a una comunidad o grupo de personas al completo. Llevado al extremo, el mejor ejemplo es el de una dictadura. En cárceles, residencias de mayores y hasta durante el confinamiento en la pandemia, se ven los efectos que tiene aburrirse más de la cuenta, llegando a adoptar conductas violentas fruto de la frustración y de la irritabilidad permanentes.
La falta de herramientas para sobrellevar esta circunstancia es lo que realmente complica las cosas. Cuando se vive un periodo de tiempo prolongado en estas condiciones, muchas veces surge una especie de “impulso explosivo” que abre paso a reacciones sin precedentes, positivas o negativas, que traen cambios y nuevos tiempos. No es que sea un concepto nuevo: las labores repetitivas de finales del siglo XIX y principios del XX en las fábricas hicieron que los trabajadores se aburrieran como ostras.
Está asociado a patologías y trastornos en la salud de las personas. Al final, tiene mucho que ver con la ausencia de momentos significativos para uno mismo, como esos pequeños placeres que regala la vida y que cada vez tienen menos espacio en el mundo frenético actual. Es como si ese boom del entretenimiento que hubo a principios del siglo pasado se hubiese extendido y multiplicado: ahora, Internet y las redes sociales mantienen a la sociedad alerta y sobreestimulada. Si no pasarías todos los días de tu vida en el cine o el teatro, ¿por qué sí lo haces en Twitter, Instagram o TikTok?
Para que el aburrimiento sea adaptativo, estos son los pasos que habría que seguir: probar nuevas actividades y ambientes y, a base de fallar, comprobar qué es lo que funciona a cada persona. No pasa nada por dejar lo que sea a medias; lo importante es alcanzar tal grado de autoconocimiento y consciencia que quitemos el piloto automático para conectar con aquello que de verdad nos gusta. Los adolescentes son expertos en esa materia. Pero es esencial, como sociedad, hablar de que nos aburrimos. ¿Cómo vamos a dar con la tecla si es una especie de tabú?
Si esa reacción llega tarde, se convierte en crónico, y en algunas personas pasa a ser patológico. Por otro lado, la psicóloga Roser Gort explica que el aburrimiento es fundamental para explorar la creatividad, y que la sobreestimulación tiene un impacto negativo en la salud y el bienestar. El “umbral de recompensa” sube, por lo que cada vez se necesitará más para sentir placer. Los logros dejan de causar satisfacción, se reduce la capacidad de concentración y aumentan las conductas impulsivas. Está muy relacionada con las adicciones comportamentales y con los trastornos de ansiedad y depresión, en esa búsqueda insaciable de sentir la dopamina.
Para evitar llegar al aburrimiento profundo, es aconsejable pedir ayuda profesional a tiempo para adquirir herramientas, conocerse a uno mismo y aprender a gestionar mejor las emociones. Comprender su función, que nos impulsa hacia nuevos escenarios y a recurrir a la originalidad, pero no dejarnos absorber por él, es la clave para que las reacciones lleguen en el momento preciso.








