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Domingo García regresa al escenario con el legado de Concord

El actor regresa al escenario cuatro décadas después de sus primeros pasos, con la memoria de sus maestros y una vida dedicada a entender el teatro como mensaje y aprendizaje

por Alejandra Gutiérrez
16/08/2026 13:28 CEST
Domingo García regresa al escenario con el legado de Concord

Domingo García y Santiago Anglada. -Cedida por el actor-


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El ensayo termina tarde. Afuera ya ha caído la noche cuando Domingo García cierra el libreto de Bajo las Torres de Teruel, abandona el escenario y emprende el camino de regreso a casa. Apenas tendrá unas horas para descansar antes de volver a su puesto de trabajo. Durante las últimas semanas los días se han organizado con precisión: salir de trabajar, correr al ensayo, regresar de madrugada, dormir poco y volver a empezar. No hay espacio para demasiadas concesiones cuando una producción entra en su recta final. Sin embargo, en medio de ese cansancio hay una satisfacción que llevaba años sin experimentar. Vuelve a sentir el vértigo de un estreno. Vuelve a escuchar el silencio que precede a la apertura del telón. Vuelve a preguntarse cómo respirará el público en cada escena. Después de tiempo alejado de las tablas, esta semana regresó como actor de la compañía Phoenix interpretando a Don Pedro.

Hablar con Domingo García sobre este regreso resulta, en realidad, una excusa para recorrer más de cuatro décadas de historia teatral en Melilla. Su memoria avanza y retrocede continuamente, enlazando nombres, compañías, escenarios y personas que han ido construyendo un mapa sentimental de la cultura local. Cada recuerdo conduce inevitablemente a otro anterior, como si el presente solo pudiera comprenderse regresando una y otra vez al origen.

Y ese origen no está sobre un escenario. Está en un aula del colegio Anselmo Pardo, a principios de los años ochenta, cuando unas maestras en prácticas decidieron organizar un pequeño taller para sus alumnos. Nadie imaginaba entonces que aquella actividad terminaría despertando una vocación. Los niños fabricaban máscaras de animales con cartón, pinturas y papel, y después aquellas máscaras dejaban de ser un objeto para convertirse en personajes. Cada uno debía inventar un cuento, imaginar una historia y representarla delante de sus compañeros. No existía ninguna intención de formar actores. Era simplemente una manera diferente de aprender jugando. Sin embargo, aquellos ejercicios escondían una enseñanza decisiva: bastaba cubrirse el rostro para empezar a mirar el mundo desde otro lugar.

Cuando intenta reconstruir aquellos primeros años, otra imagen aparece inmediatamente superpuesta. Los veranos en una pequeña ciudad minera de Murcia, La Unión, la localidad donde nació antes de que su familia se trasladara definitivamente a Melilla cuando él apenas tenía cinco años. Allí esperaba siempre su abuelo, convertido sin saberlo en uno de sus primeros referentes interpretativos. Bastaba una reunión familiar para que comenzara el espectáculo. Un día aparecía vestido de romano; otro, disfrazado de anciana. Improvisaba personajes, cambiaba la voz, exageraba los gestos y construía monólogos espontáneos que hacían reír a toda la familia. Nunca había estudiado interpretación. Ni siquiera pretendía hacer teatro. Simplemente disfrutaba inventando historias y convirtiéndose, durante unos minutos, en alguien diferente.

La adolescencia terminó dando forma a todas aquellas intuiciones dispersas. Con dieciséis años cruzó por primera vez la puerta de la compañía Concord y descubrió un lugar que cambiaría por completo su vida. La agrupación, fundada por José María Antón, llevaba en su propio nombre una declaración de principios: Grupo de Estudio y Representación Concord. El orden de esas palabras marcaba la intención. Antes de representar había que estudiar. Antes de aprender a proyectar la voz o memorizar un texto era necesario comprender qué decía la obra, quién la había escrito, en qué contexto histórico había nacido y por qué seguía teniendo sentido décadas después.

Domingo nunca ha recordado Concord únicamente como una compañía de teatro. La recuerda como una escuela en el sentido más amplio del término. José María Antón, catedrático de Lengua y Literatura, convertía cada montaje en una investigación colectiva. Los ensayos no comenzaban repartiendo personajes, sino alrededor de una mesa. Allí se leía al autor, se analizaba el contexto político y social en el que había escrito la obra, se debatía sobre sus referencias culturales y se intentaba comprender cada una de las capas que escondía el texto. El libreto no era un conjunto de frases destinadas a memorizarse. Era una puerta de entrada a la literatura, a la historia, a la filosofía y al pensamiento crítico.

Aquella metodología terminó marcando a generaciones enteras de actores melillenses. García insiste en que interpretar nunca consistió únicamente en aprender un personaje, sino en comprender el universo que lo rodeaba. Solo desde ese conocimiento podía aparecer una interpretación verdadera. Todo lo demás era repetir palabras vacías.

Si José María Antón enseñaba a leer las obras, María Teresa Antón enseñaba a habitarlas. Actriz y pieza esencial dentro de Concord, completaba aquella formación desde el escenario. Domingo todavía recuerda la paciencia con la que corregía cada detalle. Una mano colocada donde no correspondía. Una mirada perdida que no encontraba a su interlocutor. Una pausa demasiado breve. Un silencio que llegaba antes de tiempo. Una voz incapaz de alcanzar la última fila del teatro. Ningún gesto escapaba a su observación.

Ensayo tras ensayo iba moldeando actores desde la disciplina y la exigencia, siempre con un objetivo muy concreto: encontrar la verdad del personaje. Décadas después, García reconoce que muchas de aquellas indicaciones siguen apareciendo de forma automática cuando observa a otros intérpretes o cuando él mismo ha tenido que dirigir una obra. Comprende entonces que el verdadero aprendizaje nunca desaparece. Se convierte en una forma de mirar.

Habla de José María y María Teresa Antón con la palabra "maestros", y la utiliza en su sentido más profundo. No se refiere únicamente a quienes enseñan una técnica, sino a quienes transmiten una forma de entender un oficio. En Concord no existían atajos. Cada personaje requería preparación, estudio y tiempo. Nadie subía al escenario sin haber recorrido antes un largo camino de comprensión.

Su estreno como actor llegó con un papel sin grandes textos memorizados. Participaba en una adaptación inspirada en el Siglo de Oro y apenas debía pronunciar una frase: "Y que nunca se ponga el sol en sus territorios", recuerda aún hoy. Aquellas palabras bastaron para descubrir una emoción completamente desconocida hasta entonces. Sintió por primera vez esa mezcla de miedo, responsabilidad y entusiasmo que acompaña a cualquier actor antes de salir a escena y que, según reconoce, nunca desaparece del todo.

Muy pronto llegaron personajes más complejos y textos que terminarían definiendo su mirada artística. Entre todos ellos ocupa un lugar muy especial Las fiestas gordas del vino y el tocino, del dramaturgo malagueño Miguel Romero Esteo. La obra formaba parte de un tríptico junto a El barco de papel y La oropéndola. Domingo interpretaba a un dragón enamorado de una princesa endeudada con unos poderosos capitalistas. Sobre el papel podía parecer una historia delirante, propia del teatro del absurdo. Sin embargo, cuanto más avanzaban los ensayos, más evidente resultaba que aquel universo extravagante escondía una crítica feroz contra la voracidad del capitalismo, la destrucción de los recursos naturales, la contaminación de mares y bosques y un modelo económico dispuesto a sacrificar cualquier cosa en nombre del beneficio.

El absurdo servía para hablar y nombrar de manera directa. Han pasado muchos años desde aquellas funciones y, sin embargo, García sigue regresando mentalmente a ese texto. Le impresiona comprobar hasta qué punto muchos de los conflictos planteados por Romero Esteo continúan plenamente vigentes. La explotación del medio ambiente, las desigualdades sociales o el poder económico siguen ocupando el centro del debate contemporáneo y de la realidad social. Aquella constatación reforzó una idea que ya nunca abandonaría: las grandes obras de teatro no envejecen.

En el mismo montaje interpretaba también a un pirata en El barco de papel. Era otro personaje construido desde la fantasía, pero con una profunda lectura humana bajo la superficie. Con el paso del tiempo comprendió que aquellas primeras experiencias habían terminado configurando también sus propios gustos como espectador y artista. Nunca le interesó demasiado el teatro basado exclusivamente en el entretenimiento. Respeta cualquier género, insiste varias veces durante la conversación, pero siente una atracción especial por las dramaturgias capaces de interpelar al espectador, de obligarlo a pensar mientras abandona la sala.

Para él, el teatro comienza siempre por la palabra. No necesita grandes escenografías ni artificios espectaculares si el texto posee la suficiente fuerza para sostener la representación. Esa convicción explica la enorme admiración que siente por autores como Darío Fo. Sus comedias demostraban que el humor podía convertirse en un instrumento de enorme potencia política y social. García no solo leyó al dramaturgo italiano: también lo dirigió. Aquí no paga nadie ocupa un lugar privilegiado en su memoria porque encontró en ella un ejemplo perfecto de ese teatro que utiliza la risa para hablar de asuntos profundamente serios. Las familias incapaces de llegar a fin de mes, los desahucios, la solidaridad vecinal y la protesta colectiva seguían conservando, décadas después de haber sido escritas, una actualidad casi inquietante.

"Han pasado más de veinte años y seguimos hablando de lo mismo", comenta durante la conversación. No hay resignación en esa frase, sino una mezcla de admiración y tristeza al contemplar el mundo. Los grandes dramaturgos, piensa, escriben sobre conflictos que terminan repitiéndose una y otra vez en la historia. Entre los actores que más admira aparece también Rafael Álvarez, El Brujo. Lo menciona como ejemplo de un teatro desnudo, sostenido casi exclusivamente por la palabra, la voz y la presencia del intérprete. Le fascina la capacidad de llenar un escenario sin necesidad de grandes recursos escénicos. Ahí vuelve a aparecer la misma idea que ha acompañado toda su trayectoria: cuando el texto posee un mensaje y el actor sabe habitarlo, todo lo demás complementa la fuerza con la que nace esa historia; esa obra de teatro.

Mientras él crecía como intérprete, Concord seguía incorporando nuevos jóvenes que llegaban atraídos por la misma pasión que había sentido años antes. Algunos de aquellos muchachos acabarían convirtiéndose en nombres fundamentales del teatro melillense. Domingo recuerda con especial cariño la llegada de intérpretes como Aránzazu Mansilla, Manuel Arrarás, o Jesús Castejón, entre otros muchos, cuando todavía daban sus primeros pasos sobre un escenario. Los vio crecer prácticamente desde la adolescencia y hoy habla de ellos con el orgullo de quien contempla cómo el legado continúa pasando de unas manos a otras.

Cuando Concord terminó por desaparecer como compañía, no desapareció la manera de entender el teatro que había sembrado durante años. Las funciones dejaron de representarse bajo aquel nombre, los ensayos dejaron de celebrarse en los mismos lugares y los caminos de quienes habían compartido escenario comenzaron a separarse, pero el aprendizaje permaneció intacto. Los alumnos de José María Antón y María Teresa Antón empezaron a integrarse en otros proyectos, fundaron nuevas agrupaciones o acabaron convirtiéndose en los maestros de quienes llegaban detrás. Domingo García fue uno de ellos. Lo que había aprendido durante la adolescencia dejó de pertenecer únicamente a su memoria para convertirse también en una herramienta que transmitiría a otros actores.

Ese relevo comenzó a materializarse cuando se incorporó a Arrabal. La compañía, impulsada por Antonio Caparrós, representaba una generación diferente. Conservaba el mismo entusiasmo por el teatro, aunque exploraba otros registros y otras formas de abordar los montajes. Caparrós, profesor de Filosofía, reunía a un grupo de actores y actrices jóvenes que buscaban construir su propio espacio dentro de la escena melillense. García encontró allí un ambiente distinto al de Concord, menos marcado por la estructura académica, pero igualmente comprometido con la calidad de las representaciones.

Recuerda aquellos años con un afecto evidente. Habla de Antonio Caparrós como un amigo al que todavía sigue unido, aunque el tiempo y la distancia lo llevaran a Málaga. Mantienen el contacto y, entre conversación y conversación, siempre queda pendiente el mismo café que nunca terminan de compartir. Esa complicidad explica también el vacío que dejó su marcha cuando abandonó Melilla. Arrabal necesitaba reorganizarse y Domingo, casi sin proponérselo, comenzó a asumir nuevas responsabilidades.

La experiencia como director terminó ampliando todavía más su concepción del teatro cuando tuvo que asumir, al mismo tiempo, la dirección y la interpretación de Aquí no paga nadie, de Darío Fo. A la dificultad habitual de levantar un montaje se sumaba ahora la obligación de vigilar cada escena mientras él mismo formaba parte de ella. Nunca ha ocultado que fue uno de los mayores desafíos de su trayectoria. El actor necesita concentrarse en vivir el personaje; el director, en cambio, debe observar el conjunto con distancia. Conciliar ambas funciones exigía un desgaste enorme que hoy reconoce todavía con una mezcla de admiración y agotamiento. Quizá por eso, cuando habla de Aránzazu Mansilla y del trabajo que desarrolla actualmente con Phoenix, lo hace desde el respeto absoluto. Sabe perfectamente qué significa cargar sobre los hombros la responsabilidad de una producción teatral.

Mientras su actividad teatral seguía creciendo, comenzaron a aparecer otros lenguajes que ampliarían todavía más su trayectoria artística. Uno de ellos fue la televisión. Los primeros pasos llegaron de la mano de José Oña y del programa infantil La Brujita Voladora, donde nacieron unos personajes que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de muchos melillenses: Los Vamprimos. Más de dos décadas después, aquellos personajes siguen vivos en el universo de Domingo García. De hecho, prepara un libro ilustrado que recupera aquel universo con nuevas historias, canciones, fotografías y dibujos. El proyecto nació como trabajo final de sus estudios de Gráfica Impresa, convirtiéndose en un homenaje a unos personajes que considera parte de su propia biografía. Habla de ellos con el mismo entusiasmo con el que un actor recuerda uno de sus papeles más queridos, convencido de que todavía pueden seguir transmitiendo valores a nuevas generaciones de niños; permitiéndoles ser niños.

 

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La televisión volvería a cruzarse en su camino desde una perspectiva completamente distinta cuando comenzó a colaborar con Cablemel Televisión, la cadena perteneciente al Grupo Gaselec. Allí abandonó el registro infantil para sumergirse en la sátira política y social. Los formatos recordaban a programas como Caiga quien caiga, donde el humor servía para cuestionar la actualidad y señalar contradicciones. La ironía, entendida como herramienta para observar la realidad, seguía conectando con la idea de teatro que había aprendido siendo adolescente: la interpretación debía servir para decir algo, no únicamente para entretener.

Ese interés por explorar nuevos formatos lo condujo poco después hasta el cine. La oportunidad llegó gracias al director melillense Driss Deiback, con quien mantenía una relación de amistad y colaboración desde hacía años. Ambos habían hablado muchas veces de desarrollar un proyecto juntos, aunque siempre surgían obstáculos que obligaban a aplazar la idea. Finalmente, aquel deseo cristalizó en Solteros, una película que permitió a García asumir su primer gran papel protagonista en un filme.

El rodaje estuvo lejos de ser sencillo. Hubo dificultades organizativas, momentos de incertidumbre e incluso presiones que, según recuerda, llegaron a cuestionar su continuidad en el proyecto. Sin embargo, ninguna de aquellas circunstancias consiguió detener una película que terminó estrenándose y que posteriormente quedó disponible para el público a través de internet. Más allá del resultado, lo que conserva de aquella experiencia es el descubrimiento de un lenguaje diferente al del teatro. Era otra manera de actuar y, al mismo tiempo, otra forma de seguir aprendiendo.

Su curiosidad artística volvió a llevarlo hacia una disciplina diferente. Estudió Fotografía en la Escuela de Arte Miguel Marmolejo y posteriormente se ha especializado en Gráfica Impresa. No lo hizo pensando en acumular títulos, sino porque cada nuevo conocimiento encontraba rápidamente una aplicación práctica en los proyectos que desarrollaba. La fotografía resultó fundamental para la televisión. La edición de vídeo amplió sus posibilidades en el ámbito audiovisual. Todo acababa conectando con todo. Cuando intenta explicar esa trayectoria, suele resumirla entre risas diciendo que siempre ha sido un "culo inquieto". En realidad, detrás de la expresión se esconde una enorme curiosidad por aprender.

Ese deseo constante de explorar nuevos territorios explica también cómo terminó regresando al escenario cuando ya no esperaba volver a hacerlo. Las prácticas del ciclo de Gráfica Impresa lo llevaron hasta Martimaníac, donde colaboró con Javier Martínez y el equipo de la Casa Mutante. Allí coincidió con el proceso de creación de Bajo las Torres de Teruel, el montaje que preparaba Phoenix bajo la dirección de Aránzazu Mansilla. Mientras trabajaba en tareas relacionadas con el diseño y la ilustración, escuchó que la compañía seguía buscando actores masculinos para completar el reparto. La propuesta surgió casi de forma espontánea. Aceptó, movido más por el afecto hacia el proyecto que por la intención de iniciar una nueva etapa como actor.

No obstante, regresar al teatro seguía exigiendo el mismo sacrificio: terminaba su jornada laboral y acudía directamente al ensayo, regresaba de madrugada y pocas horas después volvía a levantarse. No habla de ese esfuerzo con amargura; al contrario, reconoce  que recuperar la alegría, la motivación y los nervios previos a una representación le devolvió sensaciones de otros tiempos. Lo que lamenta es que un trabajo tan intenso termine reducido a dos o tres funciones. Pasaba antes y pasa ahora. Por eso recuerda con especial nostalgia las giras de Concord, cuando las obras continuaban viajando por escenarios como el Teatro Isabel la Católica de Granada; permitiendo encontrarse nuevos públicos. También participaban en certámenes nacionales, aunque los desplazamientos eran difíciles por la falta de ayudas. Lo recuerda especialmente con La estanquera de Vallecas, montaje que dirigía y protagonizaba junto a Javier López Noblejas: pese a no recibir financiación para acudir a un certamen en La Unión, Murcia, la compañía viajó gracias al esfuerzo de sus integrantes, familias y amigos, y regresó con el premio al Mejor Actor. García rechaza convertir aquel reconocimiento en un triunfo político y subraya que fue fruto del esfuerzo personal de quienes hicieron posible el viaje.

Aquel episodio conecta con unas reivindicaciones que, más de cuarenta años después, siguen vigentes: espacios dignos para ensayar, continuidad para los montajes y un respaldo estable que no dependa de convocatorias puntuales. Su crítica no se dirige contra ningún partido; defiende la libertad del actor y lamenta que cambien gobiernos y responsables mientras las necesidades básicas del teatro permanecen intactas. No reclama privilegios, sino condiciones que permitan mantener vivo el tejido teatral durante todo el año. Quizá por eso su regreso al escenario, al interpretar a Don Pedro en Bajo las Torres de Teruel junto a actores más jóvenes, adquiere un significado especial: reconoce en ellos el mismo entusiasmo que sintió en Concord y la continuidad de una tradición construida durante décadas por personas que hicieron teatro por vocación y por comunidad. Cuando termine esta producción no sabe si volverá a actuar. No cierra la puerta, pero el trabajo y el esfuerzo que exige cada montaje le obligan a ser prudente. Después de toda una vida vinculada a la interpretación, entiende que el teatro permanece incluso cuando uno deja de subir al escenario y otros recogen el legado.

Porque el verdadero legado de Domingo García no se mide únicamente por los personajes que ha interpretado, los montajes que ha dirigido o las producciones audiovisuales en las que ha participado. Se encuentra también en esa cadena invisible de conocimientos que ha ido pasando de unos actores a otros desde aquellos primeros ensayos de Concord hasta la actualidad. Una herencia que explica por qué el teatro melillense continúa vivo pese a las dificultades. Mientras haya alguien dispuesto a salir del trabajo, correr hacia un ensayo y regresar a casa de madrugada únicamente por la satisfacción de levantar un telón y acercar al público una historia; un mensaje, siempre habrá una nueva generación preparada para ocupar el escenario.

 

Tags: CineDomingo GarcíaIntérpretes melillensesTeatrotelevisión

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