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La Virgen del Carmen, la estrella de un barrio con sabor a salitre

Cada mes de julio, las viviendas de Corea vuelven la mirada al mar para reencontrarse con su patrona

por Alejandra Gutiérrez
09/07/2026 13:41 CEST
La Virgen del Carmen, la estrella de un barrio con sabor a salitre

Celebración en 2025. -Archivo-


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La Virgen del Carmen en Melilla no se entiende únicamente desde la devoción religiosa. Su historia está escrita también en la literatura, en las plegarias de los marineros y en los versos que, durante siglos, han buscado describir el amparo de la patrona de los hombres de la mar. "Atraca, atraca marinero al muelle, que la Virgen del Carmen embarcar quiere", recoge el Devocionario del marinero, una de las citas rescatadas por Fernando de la Guardia Salvetti en su estudio Versos a la Virgen Marinera, publicado por la Armada Española.

La imagen de la Virgen como guía de los navegantes, como luz en medio de la tormenta y puerto seguro al final de la travesía, ha inspirado a algunos de los grandes nombres de la literatura española. San Bernardo la llamó Stella Maris, la "Estrella del Mar"; el Arcipreste de Hita la invocó como "Estrella de la mar, puerto de folgura"; Lope de Vega la imaginó como "del mundo esclarecido faro", y fray Luis de León le rogó con angustia de náufrago: "Virgen, lucero amado, en mar tempestuoso claro guía".

La tradición marinera de Melilla se pierde en la memoria de los siglos. Probablemente hunde sus raíces en la propia fundación fenicia de la ciudad, cuando las primeras embarcaciones buscaron refugio en estas costas abiertas al Mediterráneo. Siglos después, la "gente de la mar" ha vivido de una manera especial la festividad del Carmen, una celebración que ha trascendido lo estrictamente religioso para convertirse en un elemento esencial de la identidad melillense.

La devoción de los marinos por la Virgen del Carmen es muy anterior a la Edad Moderna. Desde la Edad Media, las poblaciones costeras españolas han rendido culto a la advocación carmelita mediante procesiones y romerías marineras. Su arraigo entre los hombres del mar recibió un impulso decisivo en el siglo XVIII gracias al almirante mallorquín Antonio Barceló Pont, que fomentó esta devoción entre los marinos bajo su mando. Curiosamente, este mismo marino, que acudió en socorro de Melilla durante el asedio de 1774-1775, da nombre a una de las calles del barrio del Carmen. Sin embargo, el patronazgo oficial de la Virgen sobre la Marina española no llegaría hasta abril de 1901, cuando la reina regente María Cristina la proclamó patrona de la Marina y declaró el 16 de julio como su festividad.

En Melilla, la celebración de la Virgen del Carmen siempre ha tenido un profundo sabor a mar. Hubo un tiempo en que los antiguos barcos correo, el Antonio Lázaro y el Vicente Puchol, se engalanaban con hileras de banderitas de colores para rendir homenaje a la patrona. También los pesqueros abandonaban durante unos días las faenas y se sumaban a la fiesta. La ciudad entera parecía detenerse para mirar al mar y esperar el paso de la "Reina de los Mares".

Las primeras referencias documentadas a los festejos en honor de la Virgen del Carmen en Melilla se remontan al 16 de julio de 1917. Aquel año las celebraciones tuvieron lugar en los barrios del Real y del Hipódromo, a los que más tarde se sumaría el barrio del Carmen, la popular Cañada. Las crónicas de la época hablan de una gran afluencia de público y de un ambiente extraordinariamente animado. En el Real, la verbena se instaló en la calle 18 de Julio y llamaba especialmente la atención el arco levantado por la Compañía Española de Ferrocarriles, que incluso fletó trenes para facilitar el desplazamiento de quienes deseaban participar en los festejos. En Hipódromo fue la Compañía Norte Africano la que levantó otro espléndido arco decorativo.

Desde primeras horas de la tarde, los alrededores de la capilla de San Agustín se convertían en el centro de la devoción popular. Hasta allí acudían centenares de personas para contemplar la salida de la procesión. Don José Antón, propietario del balneario Las Delicias, levantó un templete al final de la calle Villamil, donde la imagen hizo estación mientras se cantaba un Ave María. También en la calle Méndez Núñez, el calafate Agustín habilitó un pequeño bote, previamente bendecido, sobre el que reposó la Virgen durante unos instantes. Eran gestos sencillos, nacidos de la fe de un pueblo que siempre ha vivido de cara al mar.

La procesión marítima terminó convirtiéndose en el momento más esperado de la celebración. Acompañar a la Virgen en su travesía por la bahía es una de las tradiciones más hermosas de Melilla. Las embarcaciones escoltan a la patrona mientras bendice las aguas, en una estampa que mezcla el sonido de las sirenas, el rumor del mar y la emoción de miles de personas que la siguen desde tierra. Quienes han participado en esta singladura coinciden en que se trata de una experiencia inolvidable: ver a la Virgen del Carmen navegando frente a las playas de Melilla, rodeada de barcos y de devotos, es contemplar la esencia misma de la ciudad.

La Armada y la Compañía de Mar han tenido y continúan teniendo un papel fundamental en estas celebraciones. Desde la iglesia Castrense parte una procesión centenaria en la que la imagen, portada por las Damas del Carmen de la Compañía de Mar, recorre las calles del barrio del Mantelete hasta la Plaza de los Pescadores. Allí se rinde homenaje a los pescadores y marineros fallecidos mediante una ofrenda floral, la lectura de unos versos y el rezo de la Salve Marinera. Son momentos de gran emoción y de profundo sentimiento, en los que el recuerdo de quienes entregaron su vida al mar se hace especialmente presente.

La prensa melillense permite seguir la evolución de esta festividad. En 1918, los vecinos del Real engalanaron las fachadas de sus viviendas y la Virgen fue escoltada por dos filas de marinos de la Compañía de Mar al mando del teniente Morán. Frente al mar, en la playa del Hipódromo, se había levantado un altar donde se cantó la Salve. Muchas familias acudieron en carruajes y, terminados los actos religiosos, la noche dio paso a una animadísima verbena.

En 1930, el barrio del General Sanjurjo inauguraba sus festejos con una gran diana, la procesión de la Virgen del Carmen y la apertura del Real de la Feria en las calles Méndez Núñez, Topete y la plaza del Callao. Los festejos se prolongaban durante varios días con bailes públicos y actividades populares. En el barrio del Carmen, la popular Cañada, las celebraciones incluían cucañas, carreras de burros, concursos de mantones de Manila y fuegos artificiales. Eran tiempos en los que prácticamente todos los barrios de Melilla celebraban sus propias verbenas, antesala de la Feria Grande.

En este contexto de arraigo marinero y vecinal nacieron las viviendas de Corea. El grupo de 120 viviendas para pescadores, construido por el Instituto Social de la Marina con la colaboración de la Cofradía de Pescadores, fue inaugurado el 16 de diciembre de 1951. La primera piedra se colocó siendo Alto Comisario de España en Marruecos el teniente general Enrique Varela. El proyecto, obra del arquitecto Juan Piqueras Menéndez, constaba de dos bloques de sesenta viviendas cada uno, distribuidos en torno a un amplio patio interior. Los portales, patios y corredores fueron pavimentados con lajas del Gurugú. Aquellas viviendas nacieron para albergar a numerosas familias vinculadas al mar y terminaron convirtiéndose en uno de los barrios más singulares de la ciudad.

Allí, en Corea, la festividad de la Virgen del Carmen encontró un escenario privilegiado. Las fiestas del barrio se hicieron memorables por su inconfundible "sabor a mar". Había juegos para mayores y pequeños, bailes, concursos y verbenas que reunían a todo el vecindario. Todo giraba en torno a la patrona. La procesión se convertía en un motivo de encuentro y las calles se llenaban de vecinos compartiendo comidas, recuerdos y conversaciones al fresco de las noches de julio.

Muchas de las antiguas costumbres perviven todavía en la memoria colectiva. Durante años, muchas personas no se bañaban en la playa hasta que la Virgen no hubiera bendecido las aguas el 16 de julio. También permanece el recuerdo de aquella vieja tradición marinera según la cual un pescador o marinero no podía morir en paz si sus pies no tocaban tierra, motivo por el que las familias colocaban un ladrillo, una teja o una baldosa bajo sus pies para que pudiera emprender serenamente su último viaje.

Hoy, la celebración mantiene intacta su capacidad de convocatoria. Los cabezudos vuelven a recorrer las calles del barrio, los niños disfrutan de hinchables y juegos, las verbenas devuelven la música a las noches de julio y la tradicional paella popular reúne cada año a centenares de personas. Pero el instante más esperado sigue siendo el mismo: la salida de la Virgen hacia el mar, la corona de laurel arrojada a las aguas y el acompañamiento de las embarcaciones que escoltan a la Reina de los Mares en su travesía por la bahía.

Porque la Virgen del Carmen en Melilla, y de manera muy especial en el Barrio de Corea, es mucho más que una celebración religiosa. Es memoria colectiva, tradición marinera y sentimiento compartido; es el recuerdo de quienes vivieron del mar y de quienes encontraron en él su destino. Y cuando la procesión se pierde en el horizonte y las sirenas de los barcos rompen el silencio del atardecer, parece resonar de nuevo la vieja plegaria de los hombres de la mar: "Que tú nos salvarás, ¡oh, marinera Virgen del Carmen!, cuando la escollera parta la frente en dos de mi navío".

Tags: barrio de CoreaVirgen del Carmen

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