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Cómo cuidar a las personas mayores durante el verano: claves para prevenir riesgos y proteger su salud

El calor extremo puede afectar de forma especialmente grave a los mayores | La hidratación, la alimentación adecuada, la ropa fresca y la prevención son fundamentales para evitar problemas como la deshidratación o el golpe de calor

por Tania Chocrón
25/06/2026 11:49 CEST
Cómo cuidar a las personas mayores durante el verano: claves para prevenir riesgos y proteger su salud

La alimentación y la hidratación es fundamental para evitar un golpe de calor en personas mayores.


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El verano trae consigo luz, actividad social y tiempo al aire libre, pero también un riesgo sanitario que no debe infravalorarse: las altas temperaturas. Para la población general el calor puede resultar incómodo; para las personas mayores, en cambio, puede convertirse en un factor de riesgo serio. Su organismo responde de forma más lenta a los cambios térmicos, la sensación de sed se reduce y la capacidad de regular la temperatura corporal disminuye. Todo esto hace que situaciones aparentemente leves, como una jornada calurosa sin una hidratación adecuada, puedan evolucionar hacia cuadros de deshidratación, agotamiento por calor o incluso golpes de calor.

El cuidado en esta etapa del año no depende de una sola medida, sino de un conjunto de hábitos diarios que abarcan desde la alimentación hasta la ropa, pasando por la vigilancia del entorno y la atención a los primeros síntomas de alarma. En muchos casos, la prevención es lo único que separa un verano tranquilo de una emergencia médica.

Por qué el calor afecta más a las personas mayores

El envejecimiento conlleva cambios fisiológicos que alteran la manera en que el cuerpo regula la temperatura. Uno de los más importantes es la disminución de la capacidad de sudoración eficiente. El sudor es uno de los principales mecanismos de refrigeración del organismo, pero en edades avanzadas este sistema pierde eficacia, lo que dificulta la expulsión del calor interno.

A ello se suma un problema igual de relevante: la sensación de sed se debilita. Esto significa que muchas personas mayores pueden pasar horas sin beber agua simplemente porque no sienten la necesidad inmediata de hacerlo. Sin embargo, su cuerpo sí está perdiendo líquidos de forma constante a través de la respiración, la orina y la piel. El resultado es un desequilibrio que puede aparecer de forma silenciosa.

También influye la presencia de enfermedades crónicas como diabetes, insuficiencia cardíaca o hipertensión, así como el uso de determinados medicamentos diuréticos o para la presión arterial, que pueden favorecer la deshidratación o alterar la respuesta del organismo al calor. Todo ello convierte a este grupo en uno de los más vulnerables durante las olas de calor.

La hidratación como eje central del cuidado

La hidratación es el pilar fundamental del cuidado en verano, pero no debe entenderse únicamente como beber cuando se tiene sed. En el caso de las personas mayores, la recomendación es establecer una rutina constante de ingesta de líquidos a lo largo del día.

El agua debe ser la base principal, ya que hidrata sin aportar azúcares ni sustancias que puedan sobrecargar el organismo. Sin embargo, no es la única opción. Las infusiones frías sin cafeína, los caldos suaves o los zumos naturales diluidos pueden complementar la hidratación diaria. También los alimentos ricos en agua juegan un papel esencial: la sandía, el melón, el pepino o el tomate no solo aportan líquidos, sino también vitaminas y minerales que ayudan a mantener el equilibrio del cuerpo.

Es importante evitar la idea de “beber mucho de golpe”, ya que el organismo asimila mejor los líquidos cuando se distribuyen en pequeñas cantidades a lo largo del día. También conviene reducir el consumo de alcohol y moderar las bebidas con cafeína, que pueden tener un efecto diurético y favorecer la pérdida de líquidos.

Alimentación en verano

La alimentación durante los meses de calor debe adaptarse a las necesidades del cuerpo en un entorno térmico más exigente. Las digestiones pesadas generan un gasto energético adicional que puede aumentar la sensación de cansancio. Por ello, se recomienda optar por comidas ligeras y frescas.

Las ensaladas variadas con verduras crudas o ligeramente cocinadas, las cremas frías como el gazpacho o el salmorejo, y las frutas de temporada constituyen una base ideal de la dieta estival. Estos alimentos no solo ayudan a hidratar, sino que también aportan fibra, vitaminas y antioxidantes que contribuyen al bienestar general.

Además, en lugar de realizar pocas comidas abundantes, es preferible repartir la ingesta en varias tomas más pequeñas a lo largo del día. Esto facilita la digestión y evita picos de cansancio asociados a la sobrecarga del sistema digestivo.

También es importante moderar el consumo de alimentos muy grasos, fritos o ultraprocesados, ya que pueden aumentar la sensación de pesadez y no contribuyen a una correcta hidratación. En su lugar, los alimentos frescos y de temporada ofrecen una alternativa más saludable y adecuada al contexto climático.

La ropa como herramienta de protección térmica

Aunque a menudo se subestima, la ropa juega un papel crucial en la regulación de la temperatura corporal. En verano, la elección de las prendas puede marcar la diferencia entre el confort y el riesgo de sobrecalentamiento.

Los tejidos naturales como el algodón o el lino son los más recomendables, ya que permiten la transpiración y facilitan la evaporación del sudor. Por el contrario, los tejidos sintéticos pueden atrapar el calor y dificultar la ventilación de la piel.

La ropa debe ser holgada, ligera y preferiblemente de colores claros, ya que estos reflejan la luz solar en lugar de absorberla. También es fundamental proteger la cabeza cuando se sale al exterior mediante sombreros o gorras, así como usar gafas de sol que filtren la radiación ultravioleta.

El calzado, por su parte, debe ser cómodo y permitir la ventilación del pie, especialmente en personas que pueden sufrir hinchazón en tobillos o problemas circulatorios.

Adaptar el hogar para combatir el calor

El entorno doméstico es un espacio clave para la protección de las personas mayores durante el verano. Mantener la vivienda fresca ayuda a reducir significativamente el riesgo de golpes de calor.

Durante el día, especialmente en las horas centrales, es recomendable mantener las persianas bajadas y las cortinas cerradas para bloquear la entrada directa del sol. La ventilación debe realizarse en las primeras horas de la mañana o durante la noche, cuando la temperatura exterior es más baja.

El uso de ventiladores o aire acondicionado puede ser muy útil, siempre que se utilicen de forma moderada para evitar cambios bruscos de temperatura. También es aconsejable permanecer en las habitaciones más frescas de la casa y evitar el uso de electrodomésticos que generen calor innecesario durante las horas de más calor.

En casos de personas mayores que viven solas, el seguimiento por parte de familiares o vecinos es especialmente importante. Un simple contacto diario puede ayudar a detectar cualquier problema a tiempo.

Señales de alarma

El golpe de calor es una de las emergencias más graves relacionadas con las altas temperaturas. Se produce cuando el organismo pierde su capacidad de regular la temperatura interna, que puede superar los 40 grados. Esta situación puede provocar daños severos en órganos vitales si no se trata de forma inmediata.

Los síntomas pueden aparecer de forma rápida e incluyen fiebre elevada, piel caliente y seca, dolor de cabeza intenso, mareos, náuseas, confusión, desorientación y debilidad extrema. En casos graves, puede haber pérdida de conciencia o convulsiones.

Antes de llegar a este punto crítico, suelen aparecer signos de agotamiento por calor, como sudoración abundante, calambres musculares, fatiga intensa o sensación de desvanecimiento. Estos síntomas deben considerarse una advertencia seria.

Actuación ante un golpe de calor

Cuando se sospecha un golpe de calor, la rapidez de actuación es esencial. Lo primero es contactar con los servicios de emergencia de inmediato. Mientras llega la ayuda, es necesario trasladar a la persona a un lugar fresco y sombreado.

Se debe aflojar la ropa y tratar de reducir la temperatura corporal mediante paños húmedos, duchas con agua templada o ventilación constante. Las zonas más efectivas para aplicar frío son el cuello, las axilas y la ingle.

Si la persona está consciente, se le pueden ofrecer pequeños sorbos de agua, evitando siempre forzar la ingesta. Si hay confusión o pérdida de conciencia, no se debe administrar líquidos.

La prevención como responsabilidad compartida

El cuidado de las personas mayores en verano no puede depender únicamente de medidas individuales. Requiere una red de apoyo que incluya familia, vecinos y comunidad. La prevención es el elemento más eficaz para evitar situaciones de riesgo.

Pequeños gestos como recordar la importancia de beber agua, acompañar en los desplazamientos o comprobar el estado de salud durante una ola de calor pueden tener un impacto decisivo.

En un contexto de temperaturas cada vez más extremas, proteger a las personas mayores se convierte en una responsabilidad colectiva. Cuidarlas en verano no es solo evitar el calor, sino garantizar su bienestar, su seguridad y su calidad de vida durante una de las estaciones más exigentes del año.

Tags: calorNoticias de Melillareportaje

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