Juan Manuel Medina, decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos en la demarcación de Andalucía, Ceuta y Melilla, ha advertido de la pérdida de reconocimiento social y económico que ha sufrido en los últimos años una profesión clave para el desarrollo del país. En una entrevista con ABC, con motivo del 50 aniversario de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Granada, Medina analiza la evolución de una especialidad que, pese a seguir siendo esencial para la construcción y mantenimiento de carreteras, puentes, presas, puertos, infraestructuras hidráulicas o líneas ferroviarias, ya no disfruta del estatus que tuvo en otras épocas.
Medina pertenece a la primera promoción de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Granada, la primera de Andalucía. Recuerda que entonces eran muy pocos los estudiantes que cursaban esta especialidad. «Sólo éramos seis», afirma. Desde aquellos años, el número de ingenieros se ha multiplicado de forma notable, aunque la Ingeniería de Caminos continúa siendo una de las ramas menos numerosas, junto con la Ingeniería Naval.
El decano reconoce que históricamente el ingeniero de caminos fue un profesional muy valorado en España. «Efectivamente era algo muy elitista, pero ya se ha normalizado un poco», señala. Como ejemplo de esa relevancia social, recuerda que figuras políticas de primer nivel, como Sagasta o Calvo Sotelo, fueron ingenieros de caminos. A su juicio, durante décadas esta profesión tuvo una gran influencia pública y estuvo asociada a responsabilidad, prestigio y capacidad técnica.
Sin embargo, Medina considera que esa imagen ha cambiado. También ha variado, según explica, la presencia de perfiles técnicos en la política nacional. En la entrevista se menciona que actualmente no hay ingenieros en el Consejo de Ministros y que el ministro responsable del ramo, Óscar Puente, es licenciado en Derecho y abogado. Medina recuerda que el último ministro ingeniero vinculado al área fue Íñigo de la Serna.
Uno de los aspectos en los que más incide el decano es la pérdida de poder adquisitivo de los ingenieros de caminos en España. Según sostiene, antes estos profesionales tenían muy buenas condiciones salariales, en parte por la enorme responsabilidad que asumían. Medina cita una reflexión de un antiguo profesor de la Escuela, quien explicaba que la diferencia entre un matemático, un físico y un ingeniero de caminos era, básicamente, la firma. Mientras un matemático o un físico pueden equivocarse en un teorema, un ingeniero de caminos no puede permitirse errores, porque sus decisiones afectan a obras reales y a la seguridad de las personas.
«El puente se cae o el embalse revienta», resume la entrevista al abordar esa responsabilidad profesional. Medina coincide en que se trata de una carga enorme, pero lamenta que ya no se remunere como antes. «Se han precarizado los sueldos, por así decirlo, y un ingeniero de caminos gana tres veces menos aquí que en el resto de Europa. Por eso muchos se van fuera», afirma.
El decano también subraya el coste que supone formar a estos profesionales. Calcula que la formación de un ingeniero en España ronda los 60.000 euros. Una inversión pública, pagada con los impuestos de todos, que en muchos casos termina beneficiando a otros países debido a la emigración de talento. Medina destaca que los ingenieros españoles tienen un alto nivel y que esa preparación ha permitido que constructoras y empresas de ingeniería nacionales sean líderes en proyectos internacionales como la ampliación del Canal de Panamá o el AVE a La Meca.
A su juicio, el origen de esta situación está en la caída de la inversión pública en infraestructuras tras la crisis económica. Medina recuerda que durante los años 90 y la primera década del siglo XXI la inversión en carreteras, puentes, puertos, obras hidráulicas y ferrocarriles fue muy elevada. Sin embargo, posteriormente se redujo de forma drástica. «En España colapsó y eso repercutió enormemente en nuestra profesión», afirma.
Esa falta de inversión también afectó al mantenimiento de las infraestructuras ya existentes. Medina sostiene que muchos de los problemas actuales tienen su origen en decisiones políticas que relegaron las infraestructuras frente a otras prioridades presupuestarias. Como consecuencia, numerosos ingenieros tuvieron que marcharse al extranjero o buscar salidas laborales alternativas, especialmente en la docencia.
El decano reconoce que hubo años en los que muchos ingenieros acabaron trabajando como profesores de instituto o aceptando empleos con salarios muy bajos. «Los ajustes salariales llevaron a los ingenieros a convertirse en mileuristas», lamenta, recordando que se trata de profesionales que han superado una carrera universitaria especialmente exigente.
Medina admite que esta situación generó desafección entre los jóvenes hacia los estudios de Ingeniería de Caminos. No obstante, apunta que el nuevo ciclo económico podría estar cambiando esa tendencia. Según explica, existe un desajuste temporal: cuando vuelve la inversión en infraestructuras, las ingenierías recuperan atractivo, pero la formación de nuevos profesionales requiere entre siete y ocho años. Por ello, advierte de que las decisiones actuales en materia de inversión serán determinantes para el futuro de una profesión que considera imprescindible para el país.








