¿Se han preguntado alguna vez cómo ha cambiado tanto la vida en tan poco tiempo, al punto de que la época de nuestros abuelos no tiene nada que ver con la de ahora? La psicóloga general sanitaria especializada en EMDR Amaya Aguado habla de la tendencia creciente al individualismo y del impacto que tienen las tecnologías en el modo actual de relacionarse. La pregunta es, ¿hay alguien al mando que esté haciendo algo por volver a formar comunidad y retomar ese ‘cara a cara’ que nos hace tan humanos?
-¿Cuál es la principal diferencia entre el modo en que se relacionaban nuestros abuelos y nosotros?
-La sociedad en general ha tendido mucho hacia el individualismo, y eso se refleja en la manera de tratarnos como comunidad. En la época de nuestros abuelos, aparte de que no había tanta posibilidad de movimiento, se formaba mucha más comunidad con los vecinos en el barrio.
Ahora, por el contrario, con la globalización hay más movimiento y menos comunidad. Se ha ido perdiendo el ayudar al vecino y el contacto directo, en general, que estaban tan presentes en la sociedad española.
-¿Se podría decir que se ha perdido el ‘cara a cara’?
-Sí, hay una tendencia a no mirar a los ojos del de al lado. Se ve mucho en los medios de transporte: antes, la gente entablaba conversaciones de forma natural, ahora es algo que no pasa. Es incluso raro que alguien por la calle te hable, porque tenemos todos la mirada dirigida hacia el móvil. Y esto pasa desde bien pequeños.
-¿La inestabilidad que sufren los jóvenes actualmente tiene algo que ver?
-Hay muchas presiones sociales que todos sentimos y no hay ninguna organización al respecto porque cada uno está muy centrado en su ombligo. También es normal, porque la sociedad no te permite hacer otra cosa.
Si no piensas en hacer otro máster, en estudiar otro idioma, en producir y en competir con el de al lado, la vida te come. No tienes dinero para independizarte, no tienes habilidades para que te cojan en un trabajo.
Con toda la inestabilidad que hay, me da la sensación de que las nuevas generaciones están queriendo volver a agarrarse a algo. Se está viendo mucho en iconos de la música como Rosalía, que vuelven a hacer referencia a la religión, a la tradición.
-¿Qué efectos tiene esta tendencia en la mujer?
-Es verdad que se está deconstruyendo mucho el rol de la mujer cuidadora que se queda en casa. Para ellas, se ha abierto un mundo de posibilidades en todos los sentidos, que es algo muy positivo. Pero, al mismo tiempo, buscando esa libertad y esa autonomía, también nos hemos ido al polo del individualismo.
Paralelamente, se han ido desfigurando pilares fundamentales como la familia, la religión o la comunidad, que hacen que nos agrupemos mucho. Por lo tanto, al deconstruir ciertas partes que oprimían, parece que nos hemos llevado otras cositas que nos sostenían como sociedad y que eran una especie de anclaje a la vida.
-¿Y cómo repercute en el hombre?
Sí que ha habido muchos avances en igualdad, en las familias y la crianza, pero ¿qué pasa con los hombres que no están ya metidos en la estructura familiar? Creo que hay un miedo colectivo muy generalizado a perder esa individualidad, lo que genera muchas veces rechazo al compromiso. ¿Qué pasa si me vinculo y dependo del otro cuando toda la sociedad me empuja a tener que valerme por mí mismo, a competir con el de al lado?
-¿Qué impacto tiene todo esto en las nuevas generaciones?
-Está claro que todo empuja a que mires a tu ombligo, pero eso hace que no nos organicemos. Al final, relacionarse y vivir en sociedad es algo muy humano. De hecho, el aumento de las patologías mentales se debe en gran parte a esto, a que estamos perdiendo mucho lo humano, el tocarnos, el mirarnos, el ayudarnos, el vivir en comunidad.
Es importante que seamos conscientes de a dónde nos está llevando todo esto. Que las tecnologías nos han traído muchas cosas buenas, pero nos están alejando de una parte muy importante de las personas. Intentar ir reconectando otra vez con ello, con la naturaleza, con el de al lado.
-¿Hay esperanza ante este fenómeno de desapego?
-Está habiendo un movimiento por parte de la generación joven de, oye, bajar las pantallas y volver. Me da un poco de esperanza que sean conscientes del desarraigo y que se estén empezando a rebelar un poquito. Por ejemplo, romantizando el tema de las relaciones de amistad, intentando cuidarlas más.
Están buscando vivir vidas un poco más tranquilas, alejadas de la tecnología y de ese ritmo frenético. Por ejemplo, se está poniendo muy de moda el crochet. Además, si no sabes cómo hacer unas lentejas, llama a tu abuela en vez de mirarlo en ChatGPT. O, en vez de bajar al súper a por sal, pídesela al vecino, ¿no?
Se trata de reconectar poco a poco con el otro, con pequeños gestos, pero que al final nos llevan a unir lazos y a volver a formar comunidad.








