La política melillense vuelve a situarse en un terreno ya conocido, donde la controversia parece imponerse al análisis sereno. Las recientes declaraciones del presidente de Somos Melilla, Amín Azmani, denunciando supuestos insultos a diputados musulmanes durante las procesiones de Semana Santa —acusaciones desmentidas por el presidente de la Ciudad Autónoma, Juan José Imbroda— no pueden entenderse como un episodio aislado, sino como parte de una estrategia más amplia.
El uso de términos como “racismo” en una ciudad como Melilla no es una cuestión menor. Se trata de una palabra con una enorme carga simbólica, capaz de tensionar la convivencia y de generar una percepción de fractura social que no necesariamente se corresponde con la realidad. Introducir este tipo de acusaciones en el debate público implica asumir un riesgo evidente: el de erosionar la confianza entre ciudadanos que comparten un mismo espacio y una identidad común.
En este contexto, la actuación de Azmani parece responder a una lógica política basada en la agitación constante. No se trata únicamente de denunciar hechos, sino de hacerlo de una forma que maximice el impacto, que polarice el debate y que sitúe a su formación en el centro de la discusión pública. Es una estrategia conocida, utilizada anteriormente por otras formaciones y que ahora encuentra continuidad en Somos Melilla.
Lo verdaderamente significativo es que esta forma de hacer política no es exclusiva de un solo partido. Existe una coincidencia cada vez más evidente entre tres formaciones que comparten un mismo origen: PSOE, CpM y Somos Melilla. Las tres beben de una raíz común dentro del socialismo y, con el paso del tiempo, han ido convergiendo no solo en determinados planteamientos ideológicos, sino también en sus métodos.
CpM fue en su momento una escisión del PSOE. Más recientemente, Somos Melilla ha seguido un camino similar. Este origen compartido no es un detalle menor, sino una clave para entender por qué sus discursos, sus prioridades y sus estrategias empiezan a parecerse cada vez más. La utilización de elementos identitarios, la apelación a agravios y la generación de confrontación forman parte de un mismo patrón.
En este sentido, las declaraciones de Azmani encajan perfectamente en esa dinámica. La agitación del debate, el señalamiento y la construcción de un relato basado en la división no son hechos puntuales, sino piezas de una estrategia más amplia orientada a movilizar a un electorado concreto. Todo ello, aun a costa de proyectar una imagen de enfrentamiento entre melillenses.
Pero hay un elemento adicional que no debe pasarse por alto. Cuando se analizan los movimientos de estas tres formaciones en conjunto, empieza a perfilarse un escenario político claro. Más allá de sus diferencias actuales, PSOE, CpM y Somos Melilla podrían converger en un futuro acuerdo de gobierno si los resultados electorales así lo permitieran. Las coincidencias estratégicas y discursivas no hacen sino reforzar esta hipótesis.
No sería la primera vez que la política convierte en socios a quienes antes competían. Sin embargo, en este caso, la convergencia parece sustentarse en una base previa: un origen común y una forma similar de entender la acción política. La agitación, la polarización y el uso de determinados mensajes como herramienta electoral son elementos que comparten.
Ese hipotético escenario de gobierno conjunto no estaría exento de dificultades. La cuestión del liderazgo se presenta como uno de los principales puntos de fricción. La aspiración de distintos actores a ocupar la Presidencia de la Ciudad Autónoma podría generar tensiones internas difíciles de gestionar, especialmente en un espacio político donde las ambiciones personales y partidistas tienen un peso relevante.
Mientras tanto, lo que sí es evidente es el efecto inmediato de esta estrategia. La utilización de acusaciones graves sin respaldo claro contribuye a deteriorar el clima político y social. La convivencia en Melilla no puede convertirse en un instrumento al servicio de intereses electorales. Hacerlo supone asumir un coste que va más allá de la política y que afecta directamente a la cohesión de la ciudad.
Melilla ha construido su identidad sobre la convivencia y el respeto mutuo. Convertir esa realidad en un campo de batalla político es una decisión que debería invitar a la reflexión. Porque más allá del rédito que pueda obtenerse a corto plazo, el daño que se puede generar es mucho más profundo y difícil de reparar.








