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El Casino Español abre una nueva etapa tras 122 años de historia

Construido en 1904, fue durante décadas el principal espacio de encuentro de la sociedad civil melillense y hoy encara una nueva etapa como futuro museo Arrabal

por Carmen González
23/01/2026 17:46 CET
El Casino Español abre una nueva etapa tras 122 años de historia

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Hay edificios que no solo se levantan con ladrillos, sino con conversaciones. Espacios que, antes que albergar paredes, cobijan ideas, silencios, partidas interminables y debates que, a veces, cambiaron el pulso de una ciudad. El Casino Español de Melilla es uno de ellos. Más que una institución recreativa, ha sido durante más de un siglo un termómetro social, cultural y hasta político de la Melilla que crecía, dudaba, se divertía y se reinventaba.

Su historia arranca en los últimos compases del siglo XIX, cuando la ciudad autónoma comenzaba a perfilarse como algo más que una plaza militar. El 13 de noviembre de 1898 se constituyó el Círculo Mercantil, una de las primeras iniciativas de la sociedad civil melillense en la conocida popularmente como “Melilla la Vieja”.  Aquel germen asociativo se instaló primero en el Torreón de las Cabras y después en la calle Alta, reflejo de una ciudad todavía compacta, pero ya inquieta.

Con la expansión extramuros hacia el llano y el crecimiento urbano, aquellos socios entendieron que necesitaban un espacio propio, estable y representativo. Así nació la decisión de adquirir un solar en la entonces calle Canalejas —hoy Ejército Español— y levantar un edificio que vio la luz en 1904. Desde entonces, ese enclave se convirtió en la sede permanente del Casino Español, una institución llamada a marcar época.

Detrás de la operación estuvo la iniciativa de Pablo Vallescá, fundador también de la Cámara de Comercio, junto a otros ciudadanos influyentes. Para financiar la compra del solar y la construcción del edificio se emitieron 250 obligaciones de 250 pesetas, una fórmula que permitió reunir las 48.000 pesetas necesarias. No fue solo una inversión económica, fue una apuesta por dotar a Melilla de un espacio de encuentro civil en una ciudad de marcadas connotaciones castrenses.

Desde sus primeros años, el Casino fue algo más que un club social. El periodismo encontró allí un refugio natural. En una Melilla marcada por las campañas bélicas, la presencia de corresponsales era constante y el Casino se convirtió en ateneo local, foco de tertulias y debate intelectual. Figuras como Jaime Tur, corresponsal de ABC y fundador de La Gaceta de Melilla, o Cándido Lobera, impulsor de El Telegrama del Rif, formaron parte activa de una entidad donde se leía el mundo en tiempo real. En sus salones se recibían publicaciones extranjeras como L’Illustration de París o el London News, junto a revistas nacionales como El Mundo Gráfico o La Esfera.

Ese dinamismo pronto desbordó el edificio original. El auge de socios y actividades obligó a pensar en ampliaciones. Enrique Nieto, arquitecto clave en la configuración estética de la Melilla moderna, fue el encargado de intervenir en el inmueble. En 1917 y, más tarde, en 1924, el edificio creció en altura, ganando nuevos salones y consolidando una imagen modernista que todavía hoy define su fachada. El Casino Español se integró así en el paisaje arquitectónico del ensanche central como uno de sus referentes más reconocibles.

Pero si las paredes hablaran, contarían historias que van mucho más allá de la arquitectura. Durante décadas, el Casino fue escenario de campeonatos de dominó, ajedrez y billar, de tertulias interminables y de celebraciones que hoy forman parte de la memoria colectiva. En tiempos en los que el asociacionismo estaba estrechamente vigilado, sus salones acogieron incluso carnavales cuando en otros lugares estaban prohibidos.

El juego marcó también una etapa singular de su historia. Aunque prohibido en el resto de España, en Melilla la Delegación del Gobierno permitía la actividad, bajo un estricto control. La temporada comenzaba con la festividad de Purim de la comunidad israelita y se prolongaba durante dos o tres meses. Capitanes de barco, médicos, abogados, militares y empresarios compartían mesa en largas veladas que podían durar toda la noche. En la segunda planta aún se recuerda una estancia conocida como “el quirófano”, donde una mesa de póker reunía a diez jugadores que entraban un domingo por la tarde y salían el lunes por la mañana para ir directamente a trabajar. El dinero circulaba, las cenas se encargaban al restaurante Metropol y el Casino bullía de actividad.

La Guerra Civil supuso uno de los momentos más delicados para la institución. Identificado como espacio de encuentros políticos durante la II República, se intentó forzar su desaparición mediante el pago inmediato del crédito hipotecario. La reacción de la junta directiva fue decisiva. Aportaron fondos propios para saldar la deuda y garantizar la supervivencia del Casino en unos años de extrema escasez.

Durante el franquismo, lejos de desaparecer, el Casino Español continuó siendo un punto de referencia para la vida social melillense. En una ciudad marcada por la presencia militar, sus salones siguieron acogiendo actividades lúdicas y culturales, manteniendo un pulso civil que resistía al paso del tiempo.

El declive llegó, como en tantos otros casinos de España, con el cambio de hábitos. La televisión, el ocio doméstico y las nuevas formas de socialización fueron vaciando progresivamente sus salas. En 1978, la creación de un bingo en la planta baja dio un respiro económico que permitió mantener una plantilla y frenar la caída. Sin embargo, las decisiones posteriores marcaron un antes y un después. En 1986 se vendió parte de la planta baja que daba a la Avenida Juan Carlos I, perdiéndose un gran salón de lectura y el bar, famoso por sus tapas. La consecuencia fue inmediata: el número de socios cayó en picado.

La década de los noventa estuvo marcada por la crisis. Endeudado y con dificultades para mantener el edificio y al personal, el Casino estuvo a punto de perder también el resto de la planta baja. La reacción de los socios, encabezada por Miguel Lence Bravo y Diego García de Haro, evitó la operación. Fue entonces cuando Alberto Levy se incorporó a la junta directiva, iniciándose una etapa de resistencia y contención.

En la actualidad, el Casino Español conserva un valioso patrimonio inmobiliario y cultural. Dos grandes salones, una biblioteca con cerca de cuatro mil volúmenes —algunos centenarios— y un mobiliario modernista adquirido en su día a “La Reconquista” forman parte de un legado que va más allá de lo material. Sin embargo, la institución seguia atrapada en un círculo difícil. Pocos socios, ingresos limitados y escasa capacidad para rehabilitar un edificio que es parte del patrimonio histórico de la ciudad.

Es por eso que hoy, el Casino vuelve a ser noticia. El Gobierno de la Ciudad Autónoma de Melilla firmó hace unas semanas un contrato de alquiler con opción a compra durante 30 meses, con una renta mensual de unos 8.000 euros, que permitirá adquirir el edificio por un euro en el futuro, con el objetivo de convertirlo en el Museo Fernando Arrabal. La idea es recuperar el espíritu cultural del Casino, pero esta vez con vocación pública. Exposiciones, actividades y un espacio para el estudio del dramaturgo melillense.

Este acuerdo no solo preserva un edificio modernista de Enrique Nieto, sino que también devuelve a la ciudad un patrimonio que durante décadas estuvo cerrado para muchos melillenses. Lo que antes fueron partidas de póker y tertulias políticas se transformará en cultura, conocimiento y memoria colectiva.

Aun así, el mensaje de su actual directiva es claro y sencillo: el Casino seguirá vivo. Sus puertas están abiertas a la ciudadanía, a investigadores, a actividades culturales y a quienes quieran reencontrarse con un espacio que fue, durante décadas, el corazón social de Melilla. Tal vez ha llegado el momento de volver a mirar ese edificio de la calle Ejército Español no como un vestigio del pasado, sino como un lugar donde la ciudad, una vez más, puede aprender a reunirse.

Tags: Noticias de Melilla

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