El accidente ferroviario ocurrido en Adamuz ha dejado una estela de dolor, conmoción e incertidumbre que se extiende mucho más allá del lugar del siniestro. A las víctimas mortales, los heridos y los desaparecidos se suma el impacto psicológico en quienes sobrevivieron y fueron testigos directos de una tragedia de dimensiones aún difíciles de asumir. Entre ellos, se encuentra Salvador Jiménez, periodista de RTVE, subdirector del programa El último tren de Radio Nacional y profesional con una etapa laboral vinculada a la ciudad autónoma de Melilla.
Jiménez viajaba en uno de los vagones del tren siniestrado y ha narrado a El Faro cómo vivió esos segundos que según describe, "se hicieron eternos", así como la vorágine informativa que le impidió detenerse a procesar emocionalmente lo ocurrido.
"Fue como un terremoto"
El periodista recuerda con precisión el momento exacto del accidente. "Fue como una especie de terremoto", explica, buscando la imagen que ayude a entender la violencia del impacto. "Para que te hagas una idea, como un avión con turbulencias muy fuertes".
El episodio duró apenas unos segundos, pero dejó una huella imborrable. "Duró como 12 o 13 segundos, máximo 15", relata. Primero se produjo un impacto seco y, acto seguido, el descarrilamiento. "Ahí ya notamos claramente que algo muy grave estaba pasando".
Pocos instantes después, la megafonía del tren comenzó a emitir mensajes urgentes. Se solicitaba la presencia de personal sanitario en el vagón número 5. Jiménez viajaba en el vagón número 1, pero fue testigo de la rápida reacción tanto de pasajeros como del personal ferroviario.
"Había una mujer que era sanitaria y fue inmediatamente para ayudar", señala. Al mismo tiempo, los operadores del tren cogieron los martillos de seguridad para romper las ventanas y acceder a los vagones más afectados. "Nos pedían que permaneciéramos en calma, sentados".
La evacuación y la imagen del vagón volcado
Aproximadamente quince minutos después del descarrilamiento, los pasajeros del vagón de Salvador Jiménez pudieron bajar del tren por su propio pie. "Nos ayudaron a bajar y nos llevaron hasta el apeadero", explica.
Fue allí donde se encontraron de frente con una de las imágenes más duras de la jornada. "Estábamos justo enfrente del último vagón de Iryo, que estaba completamente volcado". Una escena que confirmaba que el accidente no había sido leve y que en otros puntos del convoy la situación era dramática.
En su vagón, afortunadamente, no hubo heridos. "Solo el susto", recuerda. "Se cayeron vasos, se rompieron cosas porque nos habían dado una merienda, pero nada más". Sin embargo, la tranqulidad relativa de su coche contrastaba con lo que estaba ocurriendo en otros vagones
Las primeras escenas de horror
Desde el exterior, Jiménez pudo observar cómo se desarrollaban las tareas de rescate. "Veíamos a la gente agolpada, cómo los iban sacando por las ventanas", relata. En el penúltimo vagón, la mayoría de los pasajeros parecía encontrarse en condiciones relativamente estables, pero el último coche presentaba una imagen mucho más dura.
"Ahí ya vimos cosas muy terribles", admite. En ese momento, la incertidumbre era total. Sabían que se había producido un accidente muy grave, pero desconocían las causas exactas y la magnitud real del siniestro.
"No sabíamos lo que había pasado al otro lado de la vía", explica. Desde su posición solo podían ver el tren de Iryo destrozado, sin información sobre el otro convoy implicado. No fue hasta más tarde cuando se confirmó que se había producido una colisión con otro tren.
Obligación de informar
A nivel emocional, Salvador Jiménez reconoce que la primera reacción fue de shock. Sin embargo, esa reacción quedó rápidamente eclipsada por su condición de periodista. "Todavía no he podido asimilar todo lo que ha ocurrido", confiesa.
Nada más producirse el accidente, comenzó a grabar imágenes de los vagones siniestrados y las envió al Telediario de RTVE. Desde ese momento, entró en una dinámica de trabajo casi ininterrumpida. "Empecé a informar para los especiales de Televisión Española, Radio Nacional y todos los canales de RTVE".
La noche fue larga y sin descanso. Tras ser trasladados a Madrid en autocar, llegó a su domicilio alrededor de las seis de la mañana. "Dormí dos horas", explica, antes de retomar las conexiones en directo desde primera hora.
Vorágine informativa
Las siguientes horas fueron una sucesión de intervenciones en radio y televisión. Conexión en el canal 24 horas, piezas para el Telediario, participación en programas de debate y actualidad, y enlaces en El último tren, el espacio radiofónico del que es subdirector.
"Estuve en varios platós, en Al grano, en el Telediario con Pepa Bueno, en Radio Nacional...", enumera. La última conexión antes de hablar con El Faro fue en La Hora de La 1, cerrando así un ciclo informativo de más de 24 horas prácticamente sin pausa.
Esta hiperactividad profesional, reconoce, ha funcionado como una especie de barrera emocional. "Actúas, informas, comentas todo lo que ves, pero no asimilas la magnitud de la tragedia".
Miedo e incertidumbre
Preguntado por si sintió miedo real, Jiménez es claro: "Sobre todo hubo momentos de mucha incertidumbre". El miedo no surgía solo del impacto físico, sino de no saber qué había ocurrido exactamente ni cuáles serían las consecuencias.
"Sabíamos que había pasado algo muy grave para que el tren descarrilara así", explica. Las imágenes de heridos, bomberos y equipos de emergencia confirmaban que no se trataba de un incidente menor.
La falta de información en los primeros momentos incrementó la angustia. "No éramos conscientes de todo lo que había pasado en ese momento".
"Sigo en shock"
A día de hoy, Salvador Jiménez asegura encontrarse "bien", aunque matiza inmediatamente esa afirmación. "Con 40 muertos confirmados hasta ahora y otros tantos desaparecidos, no me puedo quejar", afirma, subrayando que lo verdaderamente importante son las víctimas y sus familias.
Sin embargo, reconoce que sigue en estado de shock. "Los servicios de emergencia me decían que esto puede tardar en asimilarse". Describe este proceso como una especie de anestesia emocional. "Te ponen una anestesia, tú sigues funcionando, pero no eres consciente de todo".
Según le han explicado los profesionales, el impacto real puede llegar semanas o incluso meses después. "Puede que dentro de un mes o dos meses te dé un bajón y asimiles de golpe lo que ha pasado".
Una tragedia que deja huella
El testimonio de Salvador Jiménez aporta una mirada imprescindible para entender el accidente de Adamuz más allá de las cifras y los comunicados oficiales. Su relato muestra cómo el trauma no afecta únicamente a los heridos graves, sino también a quienes, aun saliendo ilesos físicamente, cargan con imágenes y recuerdos difíciles de borrar.
Mientras avanzan las investigaciones y continúan las labores de identificación y búsqueda, historias como la suya recuerdan que el impacto de una tragedia ferroviaria se extiende en el tiempo y deja una huella profunda en todos los que la vivieron de cerca.








