El calendario amazige ha vuelto a girar una vez más en Melilla y lo ha hecho con fuerza, con risas, con memoria y, sobre todo, con una ilusión contagiosa que ha terminado desbordando cualquier previsión inicial. El Año Nuevo Amazige, Yennayer 2976, no ha sido esta vez una celebración más. Ha sido una reivindicación festiva, espontánea y humana de una tradición ancestral que se niega a desaparecer y que, lejos de diluirse, demuestra que sigue muy viva cuando se celebra desde el corazón.
La tarde arrancó con un ambiente que ya presagiaba que algo especial estaba a punto de ocurrir. La carpa Eurofantasía, completamente llena, reunía a cerca de 300 personas, muchas de ellas llegadas en grupo desde asociaciones de vecinos, colectivos culturales y entidades sociales. No había espacio libre, ni entradas disponibles, ni intención alguna de ampliar aforo. Y no por falta de demanda —el teléfono de la organización no había dejado de sonar— sino por una decisión clara. Hacer algo cercano, auténtico y manejable, sin perder el espíritu con el que nació la idea.
Porque, como ocurre con las mejores historias, esta celebración no nació en un despacho ni en una agenda institucional. Nació alrededor de un café, casi sin plan, casi sin recursos y con cero euros de presupuesto. Nació de la iniciativa de Fátima Kadur, que llevaba años sin organizar eventos y que, de pronto, se sintió con fuerza suficiente para volver a hacerlo. Su motivación fue tan sencilla como poderosa. El Año Nuevo Amazige no estaba recibiendo en Melilla el valor que merece.
El resultado ha sido una tarde que ha combinado gastronomía, música, tradición, humor y mucha complicidad. Ha habido desfile de ropa amazigh, rifas, actuaciones musicales, sorpresas y un público entregado desde el primer minuto. Las mesas, decoradas con mimo, eran también un reflejo del tejido social de la ciudad: asociaciones de vecinos, colectivos culturales y personas que quisieron estar presentes para apoyar una iniciativa que no tenía ni subvenciones públicas ni vinculación política alguna. Un grupo de mujeres, así de claro, así de sencillo.
Colaboradores que trabajaron gratis, decoradoras, fotógrafos, artistas y voluntarios que sumaron sin pedir nada a cambio.
Pero si hubo un momento que marcó un antes y un después en la tarde, ese fue la actuación de Karim Hamidán en su papel de Jachi Imma. Una actuación que no solo arrancó carcajadas, sino que convirtió la carpa en un auténtico coro de risas incontrolables. Su espontaneidad, su cercanía y su capacidad para conectar con el público hicieron que nadie pudiera mantenerse serio ni un solo segundo. Cada gesto, cada ocurrencia y cada comentario improvisado era recibido con una ovación inmediata. No hubo silencios incómodos ni miradas distraídas. Todo el mundo estaba pendiente, entregado, riendo sin parar.
Jachi Imma no necesitó grandes artificios ni un guion rígido. Su humor, profundamente enraizado en la cultura popular, funcionó como un espejo en el que muchos se vieron reflejados. Fue una de esas actuaciones que no se olvidan fácilmente, de las que se comentan al día siguiente y de las que se recuerdan durante años. Una actuación graciosísima, directa y natural, que terminó por consolidar el ambiente festivo y convertir la celebración en algo aún más especial.
La música también tuvo su espacio, con la expectativa puesta en la llegada de un cantante amazigh que debía cruzar la frontera para sumarse al programa. Mientras tanto, el Ballet de Colores aportó ritmo y color a una tarde que no dejó de sorprender en ningún momento. Hubo tiempo para la emoción, para el orgullo cultural y para la diversión sin complejos. Las mujeres, como se dijo desde la organización, tenían muchas ganas de fiesta, y el cuerpo fue marcando el ritmo hasta donde quiso llegar.
Más allá del espectáculo, el evento tuvo un trasfondo claro: no perder la tradición. No permitir que las generaciones futuras —nietos, hijos— crezcan desconectados de una cultura que forma parte de la historia del norte de África y de Melilla desde hace siglos. El Yennayer no es solo una fecha en el calendario; es una fiesta agrícola, un símbolo de renovación, de buenos deseos y de agradecimiento por las cosechas. Celebrarlo es también afirmar una identidad que convive con otras en un espacio común.
La respuesta del público confirmó que existía una necesidad latente. Las entradas se agotaron en menos de 24 horas, se abrió una segunda tanda que también voló y, aun así, hubo quien se quedó fuera. Lejos de interpretarlo como un problema, la organización lo vivió como una señal de que el Año Nuevo Amazige tiene recorrido, tiene público y tiene futuro. Y la intención es celebrarlo más grande cada año.

La CAM celebra el Nuevo Año
La consejera de Cultura, Fadela Mohatar, subrayó que la celebración del Yennayer forma parte de una programación más amplia que volverá a llenar la Plaza de las Culturas, un espacio que simboliza la interculturalidad de Melilla a lo largo de todo el año. Explicó que el mercado navideño se ha adaptado en decoración y enfoque para convertirse en una fiesta agrícola, de alegría y de buenos deseos para el Año Nuevo Amazige.
Mohatar detalló que durante el fin de semana se concentrarán talleres de henna y darbuka, reparto de pan tradicional, rincón de té, encuentros musicales y pasacalles animados. Destacó especialmente la escenificación de una novia amazige acompañada de cánticos tradicionales, una propuesta que calificó de “preciosa” y muy atractiva para el público.
En lugar de conciertos al uso, la programación contará con un hilo musical constante, un DJ y animación durante todo el fin de semana, cuidando siempre la convivencia con el resto de actividades habituales de la plaza. La consejera concluyó señalando que este es solo el inicio de un año cargado de eventos, con el Ramadán y los carnavales ya en el horizonte, dentro de una agenda cultural que no se detiene.







