Cuando las luces de la ciudad se apagan y Melilla guarda silencio, la mente de María Mendoza comienza a trabajar. Para esta artista, la noche no es descanso: es creación. De madrugada, en la intimidad de su taller compartido con la familia, María da forma a lo que sueña. “Me encanta trabajar por la noche. A veces, hasta sueño con lo que estoy diseñando”, dice. Y es que lo que muchos olvidarían al despertar, ella lo atrapa con lápiz y papel en la mesita de noche, donde anota frases, bocetos o ideas que más tarde se transforman en arte.
Este enero, María se lanza por primera vez al mundo de las carrozas con una propuesta artística para la Cabalgata de Reyes que resume su universo creativo: color, detalle, emoción y un homenaje a la infancia. Lo hace inspirándose en Dibulandia, su obra coral que mezcla música, interpretación, escenografía y fantasía, y cuya segunda parte ya prepara para 2026. Pero más allá del referente visual, la carroza es un proyecto nuevo, hecho casi en su totalidad a mano, con una base de nieve y brillos sobre la que se despliega un mundo de cuentos, personajes y escenas reconocibles por mayores y pequeños. “No es solo un trabajo técnico, es algo que despierta recuerdos, que emociona. Y eso, para mí, es lo más importante”.
El espacio donde todo ocurre no es un gran taller ni un estudio profesional. Es un local familiar, dividido en dos partes, donde conviven decorados, trajes, herramientas, figuras, pinturas, instrumentos musicales, retratos, cartelería y sueños. Allí trabaja junto a su padre, Jesús Mendoza, que además de músico, ha sido desde siempre su compañero de ideas y proyectos. “Soy la versión de mi padre en mujer”, dice entre risas. Desde pequeña, lo veía construir belenes en miniatura, diseñar estructuras, imaginar mundos. A su lado, María aprendió a crear sin miedo, a tocar materiales, a equivocarse, a probar. Su madre también es parte de esa red invisible que sostiene su trabajo: le ayuda con los trajes, con la costura, con ese trabajo que forma parte de la magia en escena y crea la ambientación necesaria.
La carroza que prepara para esta cabalgata no es una decoración improvisada. Es un proyecto que comenzó hace meses, cuando decidió dar una segunda vida a parte del material de Dibulandia. Pero el trabajo no se ha limitado a rescatar elementos: ha rediseñado, lijado, pintado, modificado formas y proporciones. Ha pensado la composición en función del movimiento, la visibilidad desde lejos y el impacto emocional. “No quería hacer algo que se viera plano o recargado sin sentido. He buscado un equilibrio entre color, escala y narrativa”.
Uno de sus mayores aprendizajes ha sido precisamente ese: entender que, en ciertos formatos, lo pequeño se pierde. Lo descubrió en uno de sus musicales, cuando una batería colocada delante de un arrecife de coral ocultó todo el trabajo escenográfico que había creado con tanto esmero. Desde entonces, piensa cada pieza en grande, adaptándola al entorno. “Si haces un pescado, no puede medir 10 centímetros. Tiene que ser de 40. Si no, se pierde”.
Lo mismo ha aprendido con el vestuario. Antes cosía a medida, ajustando cada traje al cuerpo de quien lo iba a llevar. Ahora trabaja con patrones estándar, adaptables a distintos cuerpos y funciones. “Es una forma de aprovechar mejor el trabajo. Así las piezas pueden reutilizarse o incluso alquilarse”. De nuevo, la experiencia y la necesidad se convierten en herramienta de evolución. Porque todo en la trayectoria de María es aprender haciendo.
Su relación con el arte viene de lejos. De niña ya dibujaba con proporciones poco comunes, creaba muñecas de cartón que aún guarda su padre bajo paños, y ganaba concursos de Carnaval con trajes que requerían meses de trabajo y estructuras que llevaba con arnés. “He crecido viendo cómo se hacían las cosas con dedicación, con cariño. Todo eso ha marcado la forma en que creo hoy”, destaca la artista.
Pero más allá del bagaje familiar, lo suyo ha sido siempre vocacional. Estudió magisterio, hizo prácticas, incluso se planteó hacer enfermería o laboratorio. Pero todo la devolvía a lo mismo: cantar, crear, imaginar. Hoy se dedica plenamente a su arte, combinando su faceta como cantante con la de escenógrafa, diseñadora y artesana. Da clases de canto por las tardes, ensaya, prepara conciertos y, cuando todos se van, se queda sola en el taller hasta altas horas. “Hay días que me levanto y quiero llorar del cansancio, pero no cambiaría nada. Me dedico a lo que me gusta”, confiesa.
La carroza ha sido un nuevo reto, tanto por la envergadura como por la necesidad de delegar. “Al principio me costaba pedir ayuda. Soy muy perfeccionista y cuando algo no salía como esperaba, prefería rehacerlo sola. Pero he aprendido que trabajar en equipo es necesario, siempre que se conecte desde la misma visión”. En este caso, ha contado con la colaboración de Noe Mata, compañera habitual, que se ha encargado de reunir al elenco de personajes y organizar el pasacalles. María, por su parte, ha seleccionado algunos personajes concretos y familiares que formarán parte de la carroza, como su propia hija, Triana. “Delegar no es soltar sin más, es confiar en quien entiende lo que quieres transmitir, en quien entiende el arte como tú”, resalta destacando la función de Mata en todo este proceso y de amigas y familiares que la acompañan durante largas horas de trabajo y dedicación.
Los materiales que ha utilizado también han sido fuente de conocimiento. Ha trabajado sobre todo con corcho, en dos versiones: uno más denso, sin bolitas, y otro más blando. Cada uno requiere un tipo de pintura, de pegamento, de técnica. “El corcho quema muy fácil con la silicona, y hay pinturas que lo destruyen. Lo he aprendido sobre la marcha, viendo vídeos, probando. Ensayo y error”. Para conseguir volumen, corta, lija, sombrea. Y donde otros ven una plancha de material sin más, ella ve una figura tridimensional por nacer.
No es solo escenografía. María también pinta retratos, elabora decorados para eventos, diseña estructuras para celebraciones como Halloween o bautizos, y sigue componiendo canciones. Su mente no descansa. “Me pasa que, si estoy un tiempo parada, me bloqueo. Pero en cuanto empiezo a crear, las ideas fluyen una detrás de otra. Es como si el cerebro se encendiera”, explica. Esa energía, sin embargo, convive con el agotamiento físico. No es fácil mantener el ritmo entre la familia, el trabajo, las clases y los proyectos. “Llevo meses sin parar. Hay fines de semana que no sé ni cómo los he sacado adelante”, resalta con la sinceridad de una persona entregada a lo que ama.
Y aún así, sonríe. Porque todo lo que hace tiene sentido cuando ve el resultado. Cuando un niño se emociona al ver un personaje en la carroza, cuando una canción conecta con el público, cuando un escenario cobra vida. “Vivo bien. Podría vivir mejor, claro. Pero soy feliz así. Hago lo que siempre he querido”.
Este 5 de enero, María Mendoza no solo desfilará por las calles de Melilla con una carroza. Saldrá con ella una parte de su infancia, de su familia, de sus noches de trabajo, de sus pruebas fallidas y de sus aciertos. Saldrá su mundo interior convertido en espectáculo. Y cuando el desfile termine, probablemente volverá a su taller, abrirá su libreta de garabatos y empezará a soñar con lo próximo.







