La exposición colectiva Miradas de Mujer, organizada por la Fundación Balearia en la Sala de Exposiciones del Real Club Marítimo de Melilla, puede visitarse hasta el 7 de diciembre. En ella convergen técnicas plásticas, lenguajes expresivos y visiones diversas de mujeres artistas afincadas en el Mediterráneo. Cada obra plantea una forma distinta de entender el arte, desde lo íntimo y lo político hasta lo material y lo simbólico. Entre las participantes, se encuentra María Isabel Uribe Dussán, una creadora que convierte lo cotidiano en arte, y el arte en reflexión.
Desde el primer contacto con su obra, Uribe deja claro que lo suyo no es una profesión al uso. Es un vínculo vital. “En mi caso es vocacional. Si no hiciera arte, me volvería loca”, afirma con franqueza. Su vida está atravesada por esa pulsión de crear sin tregua, sin horarios, sin fórmula. “Yo no hago arte de dos horas al día. Estoy creando desde que me levanto hasta que me acuesto. Es una manera de estar en el mundo. Y la ventaja que tenemos es que llevamos el taller encima”.
En Miradas de Mujer, Uribe presenta una serie de obras textiles realizadas a partir de materiales domésticos. Paños de cocina transformados con plumas, trapos decorados con flores o flecos, piezas que rompen con su utilidad original para convertirse en símbolo, en gesto poético, en crítica. “Me interesa cuestionar lo que tenemos a mano, darle la vuelta a eso que parece inamovible”, explica. Lo cotidiano, lo funcional, lo olvidado: todo puede adquirir un nuevo significado en su taller.
“Yo hago obras que no son vendibles. No las hago con esa intención. Las hago porque necesito hacerlas”, insiste. No hay búsqueda de rentabilidad en su trabajo, ni estrategia de mercado. Su relación con el arte es íntima: “Es una forma de cuidado propio, pero también de compromiso con el entorno”, añade.
Esa necesidad vital de crear va de la mano con una inquietud ética. Uribe trabaja desde hace años con materiales reciclados como forma de respuesta ante el consumo desmedido y la contaminación. “Hay demasiada producción innecesaria. Yo creo que es importante rescatar, reflexionar y reutilizar. El textil es de los materiales que más contamina. Está invadiendo mares y ríos, por eso decidí trabajar con esos restos, para darles un sentido”, señala.
El gesto de recuperar lo descartado no es solo simbólico, sino profundamente político. “Trabajo con lo doméstico porque es lo que tengo a mano. Todo lo que me rodea, si me provoca algo, lo uso”. En sus manos, un trapo de cocina puede convertirse en objeto artístico. Pero también en crítica, en memoria, en ironía. “Empiezo con algo tan anodino como un trapo, y se convierte en una pieza inútil para limpiar. Entonces ya se descontextualiza ese objeto doméstico, tradicional, para convertirse en algo mucho más irónico”.
Su proceso creativo, relata Uribe, es doble. A veces es el material el que enciende la chispa. “Encuentro algo interesante y pienso que puedo hacer algo con eso”. Otras veces, parte de una idea ya formada. “Entonces busco con qué material puedo desarrollarla. Las dos formas están en mi trabajo”. Pero siempre hay un factor común: la intuición. “Muchas veces desarrollo piezas sin ser consciente del todo de por qué. Luego, cuando ya están hechas, las racionalizo. Pero todo empieza por un impulso, por algo que me llama la atención”.
Esta intuición es clave en su manera de acercarse a los objetos, a los materiales y a los conceptos. “Hay piezas y procesos de los cuales no estoy consciente al principio. Son más intuitivos. Solo después los entiendo mejor”, reconoce. Y recuerda una conversación con la artista Concha Jerez, quien recomendaba adquirir todo aquello que generara una fuerte impresión. “A mí me pasa eso. Veo algo y siento que ahí hay una obra. No sé cómo ni qué será, pero sé que tengo que trabajarlo”, expresa la artista.
En su trayectoria ha explorado múltiples técnicas: bordado, escultura, instalaciones, cerámica, vidrio. “No soy ceramista, ni artista textil, ni escultora. Soy todo eso cuando lo necesito. Me gusta moverme entre disciplinas sin etiquetas”, comenta. De hecho, su paso del plástico al vidrio no fue planificado. “Ahora trabajo más con el vidrio. No lo fabrico yo, pero lo encargo, lo intervengo, lo transformo. Me permite resignificar elementos ya construidos y darles otro lugar en el discurso artístico”.
Esa hibridez también se refleja en la relación entre sus obras y los espacios. Uribe interviene tanto interiores como exteriores, utilizando soportes dispares. “Me gusta que el público interactúe con la obra. Una vez que sale del taller, ya no es mía. Pasa a ser del espectador, de quien la observa, de quien la visita”. Esa cesión del control forma parte de su filosofía artística: crear para compartir, no para imponer.
Exponer en una muestra colectiva como Miradas de Mujer le ha permitido también un diálogo enriquecedor con otras creadoras. Aunque no conoce personalmente a todas las artistas participantes, sí ha podido observar sus trabajos. “He visto lo que han hecho y me ha parecido muy interesante. En un mismo espacio, aunque sea pequeño, puedes ver tantas obras diferentes, y eso es muy bonito”. Participar en exposiciones colectivas le resulta estimulante. “Cuando tu obra se coloca junto a otras, adquiere otra dimensión. A veces uno no lo percibe, pero el espectador sí. Se crean otros lenguajes a partir del lenguaje individual. Es enriquecedor”, destaca.
Aunque su carrera incluye exposiciones en países como España, Colombia, Japón, Bulgaria o Estados Unidos, Uribe conserva una visión crítica del sistema artístico, definida también por las experiencias y las emociones que han atravesado otros artistas cercanos. “Hay que trabajar sin esperar nada a cambio. Si esperas, te frustras. Y si te frustras, dejas de hacer. Yo no quiero dejar de hacer. Muchos artistas abandonan porque no aguantan la presión, el estrés. Yo prefiero seguir creando”, reflexiona desde el interior del espacio artístico, con sus luces y sus sobras.
Con el paso del tiempo, su exigencia con cada pieza ha aumentado. “Ahora cada obra está muy cuidada, muy trabajada. Me he vuelto muy autoexigente, quizá demasiado. Pero creo que hay que serlo”. Sin embargo, reconoce la necesidad de no perder la espontaneidad. “A veces pienso que si una cosa está un poco torcida, no pasa nada, aunque me cuesta aceptarlo”, confiesa Uribe.
Esa tensión entre lo espontáneo y lo minucioso es parte del tejido que recorre su obra. Un tejido simbólico, material y conceptual que transforma lo material en poético, lo desechable en memoria, lo doméstico en arte. En su serie para Miradas de Mujer, los trapos dejan de ser utensilios para convertirse en preguntas. ¿Qué valor damos a lo que usamos a diario? ¿Qué sentido puede tener aquello que ya no sirve? ¿Qué puede decir un paño con plumas o un trapo bordado con esmero?
Más que respuestas, sus obras proponen una mirada diferente, y esa es, quizás, su mayor aportación: invitarnos a reflexionar a través de la observación y de mirar de nuevo aquello que utilizados en nuestro día a día. A detenernos ante lo cotidiano. A descubrir que incluso lo más simple puede contener una historia, una crítica, una belleza inesperada; un mensaje.
María Isabel Uribe propone seguir creando, seguir dialogando con los materiales, con el entorno, con el espectador. Como ella misma dice, “no hay distancia entre vida y arte. Todo forma parte de un mismo tejido”. Y en ese tejido —hecho de trapos, vidrio, hilo, intuición y conciencia— nos deja una obra que contemplar de forma pausada, para entender qué hay detrás de un objeto.







