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Margarita no quería ser rosa: el cuento infantil que rompió los roles del género

Publicado en los años 70, el cuento de Adela Turin y Nella Bosnia sigue siendo un referente de la literatura infantil con perspectiva de género, invitando a cuestionar los roles impuestos desde la infancia y el culto a la imagen

Por Alejandra Gutiérrez
22/11/2025 10:00 CET
Margarita no quería ser rosa: el cuento infantil que rompió los roles del género
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Había una vez una elefanta que no quería ser rosa. Se llamaba Margarita y vivía en un jardín vallado, junto a otras pequeñas elefantas que, como ella, debían comer peonias y anémonas desde el día en que nacían. No era por gusto —las flores sabían mal, especialmente las peonias—, sino porque les habían dicho que solo así serían suaves como el terciopelo, con ojos grandes y brillantes, y que entonces, algún día, algún guapo elefante querría casarse con ellas.

Las elefantitas llevaban cuellos, lazos y zapatitos color de rosa. Mientras tanto, al otro lado del cercado, sus hermanos y primos —grises, libres y felices— jugaban en la sabana, se revolcaban en el barro, comían hierba, trepaban árboles y se bañaban en el río. Ellas los observaban en silencio, desde detrás de la valla, con las bocas llenas de flores.

Margarita, sin embargo, no cambiaba de color. Por mucho que comiera, su piel seguía siendo gris. Y eso molestaba a sus padres, preocupados porque su hija no se esforzaba lo suficiente por parecerse a las demás. Pero el rosa nunca llegó, y con el tiempo dejaron de insistir. Fue entonces cuando Margarita, sin pedir permiso y sin mirar atrás, cruzó el límite. Se quitó los lazos, los cuellos y los zapatos, y salió a correr por la hierba, a mancharse de barro, a probar frutas, a dormir bajo los árboles. Las demás la miraban con espanto al principio. Luego, con curiosidad. Después, con envidia. Y una a una, comenzaron a seguirla. Los lazos quedaron olvidados entre las peonias. Las vallas, atrás. Desde entonces, nadie pudo distinguir quién era elefante y quién elefanta. Jugaban juntos. Y se parecían tanto…

Esta es la historia de Rosa Caramelo, un cuento infantil escrito por la autora italiana Adela Turin en los años 70, e ilustrado con delicadeza y fuerza expresiva por Nella Bosnia con tonos, principalmente, rosas, grises y colores evocadores de la naturaleza. Lo que parece un relato tierno protagonizado por elefantes es, en realidad, una metáfora poderosa sobre los roles de género impuestos desde la infancia. Un grito suave pero firme que dice que no todas las niñas quieren ser rosas, ni suaves, ni perfectas, ni objeto de deseo. Y que, tal vez, no deberían tener que serlo. Una propuesta por la igualdad y que cuestiona el culto a la imagen.

En los años setenta, Turin —historiadora del arte, activista y escritora— comenzó a revisar la literatura infantil desde un enfoque de género, combatiendo la discriminación sexista en las estructuras familiares. Así apareció la colección Dalla parte delle bambine, que Adela Turin y la ilustradora Nella Bosnia impulsaron entre 1975 y 1980 con un propósito claro: reivindicar los derechos de las niñas a través de la literatura. Fue un proyecto valiente y adelantado a su tiempo, que dio lugar a títulos hoy considerados clásicos de la literatura infantil no sexista. La editorial Lumen, de la mano de Esther Tusquets, trajo la colección a España bajo el nombre A favor de las niñas, convirtiéndola también aquí en una referencia fundamental para la coeducación y la igualdad.

Además de Rosa Caramelo, aparecieron títulos como Arturo y Clementina, un relato sobre la violencia simbólica dentro de una pareja de tortugas, o La historia de los bonobos con gafas, una crítica irónica a la exclusión de las mujeres del pensamiento y la ciencia. La propuesta no era solo editorial. Era política, educativa, social. Turin y Bosnia no solo presentan una estética bella, un lenguaje sencillo y accesible, sino que permite el diálogo con los más pequeños, invitando a las niñas y a los niños preguntarse a través de por qué. Mostrando alternativas a los relatos que se piensan cerrados y obtusos; mostrando a los pequeños que, a veces lo obvio puede modificarse, permitiéndoles elegir quiénes quieren ser, sin importar si llevan lazo o no.

Décadas después, Rosa Caramelo fue recuperado y reeditado por la editorial Kalandraka, que ha hecho llegar el cuento a nuevas generaciones en castellano, con el mismo espíritu con el que fue creado: invitar a cuestionar lo determinado, lo aprendido, lo impuesto. Hoy se lee en colegios, en bibliotecas, en talleres sobre coeducación y en casas que buscan educar sin estereotipos.

A pesar del paso del tiempo y de los avances logrados, Rosa Caramelo y el resto de las obras de Turin siguen siendo necesarias. Lo bello de Rosa Caramelo es que no impone una lección. La sugiere, como un susurro. Con la misma dulzura con la que Margarita mordisqueaba unas pocas anémonas solo para no disgustar a sus padres. Es una historia que no culpa ni señala, pero que sí propone. Propone salirse del jardín, quitarse los zapatos y probar el barro. Y sobre todo, propone una pregunta que sigue siendo actual ¿a cuántas niñas seguimos pidiéndoles, sin querer, que sean Margarita?

Etiquetas: Rosa caramelo

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