Durante muchos años, Las Barracas fue un pequeño barrio melillense habitado principalmente por familias de etnia gitana. Las casas eran humildes, con techos de chapa e incluso cuevas, como recuerda Javier, uno de sus vecinos de toda la vida: “Eran casas con techos de chapa, incluso había cuevas. Después comenzaron a construir filas de casas de 40 metros”.
Hoy, poco queda de aquella imagen. Las construcciones metálicas han sido reemplazadas por casas de ladrillo y pequeños edificios. Pero los cambios no fueron solo urbanísticos. Con el paso del tiempo, la composición demográfica también se transformó: muchos vecinos de etnia gitana fueron marchándose y llegaron nuevas familias, principalmente de origen rifeño. El relevo generacional y los cambios en el modo de vida fueron alterando las dinámicas vecinales.
La nostalgia está presente en quienes vieron nacer el barrio. María Rosario Calero, vecina desde niña, pasea por la zona y lo resume así: “Antes todo era familia. La alegría reinaba en las calles. Ahora nos encontramos solos”. A su juicio, se ha perdido parte de la vida en comunidad que marcaba el día a día del barrio. La costumbre de ir de casa en casa ha dado paso a un estilo más individualista y reservado.
Dolores, otra residente histórica, lo expresa de forma sencilla: “Esto antes era una feria”. Recuerda el ambiente festivo, los lazos entre familias y cómo los jóvenes que crecieron allí se han marchado a otras zonas de la ciudad o fuera de Melilla. Pese a ello, afirma que Las Barracas sigue siendo una zona tranquila. Se siente escuchada, por ejemplo, tras la instalación de una rampa que solicitó para poder moverse mejor por la zona. “Abandonados no estamos”, dice, mientras mantiene viva la costumbre de sacar la silla a la calle y conversar con los vecinos.

La convivencia actual es diversa y, en general, positiva. Las nuevas generaciones se han asentado en el barrio y muchas familias mantienen una relación cercana. Pero no todo ha mejorado. Mohand Amad, responsable de la Asociación de Vecinos La Hispanidad, recuerda que al principio el barrio “estaba un poquito mal”, pero con los años ha cambiado. Sin embargo, apunta problemas que siguen sin resolverse, como la estrechez de la acera. “Cuando viene el camión del butano no puede pasar, tiene que maniobrar muy justito”, lamenta.
Según Amad, hace años se les prometió una reforma: quitar la acera y colocar la farola en la pared para ganar espacio. También se habló de reducir los jardines para habilitar más aparcamientos. “Nos dijeron que lo harían, pero no han vuelto por aquí”, explica. Otra demanda pendiente es la falta de estacionamientos adaptados para personas con movilidad reducida. “Tenemos un vecino con un hijo en silla de ruedas y muchas veces no puede pasar porque los coches bloquean el acceso”.
A pesar de estas carencias, destaca el espíritu solidario entre los vecinos. La asociación colabora con quien lo necesita y ofrece su local gratuitamente para celebraciones familiares. “Aquí todos los vecinos somos muy buena gente. Llevamos muchos años juntos y nos apoyamos”, afirma con orgullo. En sus instalaciones se mezclan trofeos, fotografías, camisetas y banderas del Club Atlético Melilla, símbolo del esfuerzo colectivo y el compromiso vecinal.
La tranquilidad del barrio es un valor compartido. Emilio Aguilar, vecino veterano, asegura que “nos conocemos todos. Si necesitas algo, el vecino enseguida te ayuda”. Siente que la vida en Las Barracas es cómoda, aunque también lamenta la falta de aparcamiento. “Aquí no hay sitio para dejar el coche. El que viene de visita no puede parar ni un momento”.
El espacio público ha cambiado. Algunos lugares de reunión ya no existen. Antes había bancos en la zona interior, pero se retiraron porque se reunían personas ajenas al vecindario que causaban molestias. Desde entonces, el ambiente es más tranquilo. Sin embargo, se ha perdido un punto de encuentro importante.
En la subida hacia Cabrerizas, frente al tanatorio, un terreno vallado y cerrado conserva bancos y lo que fue la zona de petanca. Hoy permanece inaccesible. Apenas quedan espacios compartidos más allá de las aceras, donde aún hay vecinos que sacan sus sillas para conversar, y del local de la Asociación de Vecinos, que organiza actividades deportivas y sociales.
Las Barracas ya no es el barrio bullicioso de antaño, pero sigue vivo. Sus calles se han vuelto más silenciosas, las puertas ya no están tan abiertas como antes, y los lazos familiares se han transformado. Pero aún hay quienes lo habitan desde el principio y quienes han llegado con ganas de construir una comunidad.
El barrio conserva algo de su espíritu original, aunque hoy camine entre la memoria y el cambio. La nostalgia de quienes crecieron allí convive con la esperanza de quienes lo sienten hogar, y con el deseo común de mejorar un espacio que, a pesar del tiempo, sigue teniendo vida.







