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Retratos de heridas y sonrisas de una mujer transgénero

La serie fotográfica acompaña el proceso de transición de la joven Valeria Amar, capturando los espacios, los objetos y las emociones que la acompañan

por Alejandra Gutiérrez
24/08/2025 10:25 CEST
Retratos de heridas y sonrisas de una mujer transgénero

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La fotografía documental permite retratar aspectos de la vida cotidiana. Documentar historias o situaciones que acontecen sin alterar la escena donde han sido tomadas, tratando de capturar, a través de un instante, un momento de la realidad en la que permanecemos.

Monse Landeira comenzó un proyecto fotográfico para el grado de Fotografía que fue perfilando durante meses, el cual pretendía que fuese una serie documental que versase sobre denuncia social. Un punto de partida que le permitió observar dentro de la comunidad LGTBI+ y que tomaría forma gracias a su acercamiento a la realidad transgénero. En un principio, Landeira quería recoger dos vivencias paralelas de contraste. “Lo que yo quería transmitir era ver cómo vivían de diferentes maneras, dentro de la comunidad LGTBI, dos personas con la misma cultura musulmana de Melilla”, sostiene la fotógrafa, quien fue abriéndose al espacio interior y a los ambientes donde las personas se refugiaban para poder contemplarse tal y como son. Pero este primer esquema del proyecto fue encontrando trabas y situaciones que terminarían por documentar la vida de una única persona, Valeria Amar. Una joven de 23 años que enseguida entendió el proyecto y se abrió a compartir su vida a pesar de las dificultades que la rodeaban. Una vida de ocultación, violencia y negación. “Ella estaba muy machacada por la familia, muy reprimida y tenía una situación muy grave. Yo quería en un principio mostrar ese choque, pero, finalmente, me quedé con el proyecto Valeria de Noche”, relata la fotógrafa.

Landeira comprende las adversidades que envuelven a las personas a las que pretendía retratar. En esa antagonía de circunstancias que intentaba incluir, se encontró con la disparidad en cuanto a la aceptación familiar y el temor a mostrar públicamente la vida paralela que llevaban algunas de ellas. “Hubo más de un ejemplo de chica-chico trans con quien tuve contacto previo al proyecto, y me encontré con contestaciones como ´mi familia sabe lo que soy, me acepta´, pero jamás se va a exponer mediáticamente o incluso a la sociedad más cercana. Lo tienen todavía como un tema tabú”, explica Landeira. Unas vidas que, en muchas ocasiones, condicionan a las personas a la dualidad, a vidas diurnas y nocturnas diferentes. No por elección propia, sino por miedo y rechazo, provocando que si bien algunos de las personas integrantes del colectivo transgénero pueden llevar una vida natural aceptadas por su entorno más cercano, evitando que su transición sea una herida y un encierro que tienen que sucumbir en espacios seguros o ambientes privados; otros no tienen la oportunidad de contemplarse tal y como son independientemente de la hora que marque el reloj o si la luz de las farolas están encendidas. “Hay una parte del colectivo que se siente mucho más segura cuando salen de noche; cuando no están a la vista de lo que es la sociedad del día aquí en Melilla; fuera de su barrio, fuera de su ámbito”, reflexiona la fotógrafa.

Conectar para contar

La oscuridad y las áreas reservadas a poder contemplarse de forma íntegra se convierten así en un refugio y en los lugares donde las protagonistas de esta historia establecen su conexión, su amistad y el desarrollo del proyecto fotográfico. Es precisamente en un local nocturno donde ambas entablan su primera conversación a principios de noviembre del pasado año. Allí, Monse Landeira se acercó al baño y contempló a Valeria Amar frente al espejo realizando su transición junto a una amiga que la acompañaba. Ese momento, envuelto en un mar de casualidades, supuso la primera fotografía tomada por Landeira para la serie documental de su fotolibro Valeria de Noche. Ella transportaba su cámara en el coche aquella noche; Amar, frente a su propio reflejo, se contemplaba tal y como era y quiere que el mundo la mire. No era ficción, no era un encuentro premeditado, no era una escena alterada para inmortalizar. Era la naturalidad y la realidad que nos rodea, paralizada mediante una fotografía que permite perpetuar ese momento. Ambas recuerdan ese primer contacto con humor. “Cuando entró Monse me conoció tal como estaba y estuvimos conversando. Fue como un choque bonito”, relata la joven retratada. “La conexión la tuvimos desde el minuto cero. Ella comprendió inmediatamente que yo no iba por otro lado que no fuese querer informarme”, resalta Landeira explicando el comienzo de la relación entre ambas, convirtiéndose en una amistad que aún hoy perdura.

De repente, una casa, un coche o un pub se transforman en espacios íntimos de amparo que sobrepasan la constitución de mero habitáculo, sino que son testigos del florecimiento y la permeabilidad de la identidad de Valeria Amar. Para ella suponen apertura y seguridad, “fuera de eso, me siento muy juzgada, rechazada, señalada y no puedo ser yo. Es el miedo a lo que dicen, a lo que hacen y, sobre todo, a la familia. Podía encontrarme a algún familiar o conocido el cual podía llevar esa información a mi familia y eso me podría haber traído muchos problemas en su momento. Y ya suficiente era con lo que tenía. Era la única opción en la que podía ser yo realmente” describe Amar con la firmeza de una joven que, aún habiendo sufrido, ha redirigido su camino recordando que su situación en la tierra que la vió nacer y en el seno de la familia que la vió crecer no permitía su andadura si no era bajo una apariencia y un comportamiento acorde a lo que se espera de una persona nacida con genitales masculinos.

Pronto, esos lugares comienzan a integrar un objeto que haría que su historia trascienda y se convierta en un canal de denuncia, de apoyo para otras muchas personas y de reflejo de una mujer que se construye a sí misma rodeada de hostilidades. La cámara fotográfica se cuela y transformándose en un elemento que no invade la intimidad, sino que se fusiona con el espacio desde una forma “respetuosa y humilde”, contemplando la materialización del estado emocional que vive la joven durante el proceso en las sesiones improvisadas. “El proyecto es documental pero no hay que dejar de lado que es retrato psicológico” sostiene Landeira. Una obra artística que pretende recoger las cualidades físicas de, en este caso, una única persona. Pero no se trata sólo de retener el físico. A través de este subgénero de la fotografía se capturan otros atributos relacionados con aspectos morales y personales que inundan la escena y acompañan a la persona retratada. Atender el aspecto psicológico que Landeira quería inmortalizar es invitar a observar las manifestaciones y las posturas de Amar; su mirada, su sonrisa, su actitud. “No hay más que ver las expresiones y cómo va cambiando en esa serie fotográfica desde la primera foto que hay de Bilal saliendo de su casa. Conforme ella va haciendo su transición, ella va cambiando sus gestos, su sonrisa plena… Eso transmite porque no deja de ser su transición”, explica la fotógrafa. La confianza que transmitió Landeira a Amar, así como el propio proyecto, se convirtieron en un impulso para la joven quien describe la emoción que tenía al visionarse en las fotografías. “Eso me ayudó muchísimo para seguir con mi camino; para ser yo, para seguir mejorando hasta el día de hoy”, recalca Amar.

Las fotografías narran una historia de contrastes e intimidad, de esperanza y bienestar. “Valeria es súper nerviosa; a la vez que se está pintando y arreglando, yo la intentaba retratar con mi humilde cámara. ´Quédate quieta´, le decía, y ella seguía arreglándose. Ella lo que quería era terminar y salir por patas”, relata Landeira con humor recordando los encuentros. Los objetos y las acciones dinámicas componen la escena, imprescindibles para acercarse y dialogar con la obra artística y la historia de la joven retratada. “Lo que se visualiza en el proyecto es la transición. Son los objetos que van con ella, tenía que integrarlos”, explica Landeira. La fotógrafa comprendía que esos complementos eran parte de Valeria Amar. “Cada maquillaje cuenta algo de mí, del camino a la transición”, sostiene la joven, quien explica que no se trata de confundir transición con maquillaje, sino el sentimiento que le produzca a la persona que lo utiliza. “Ponerte maquillaje o ponerte las uñas no te define, lo que te define es la sensación que a ti te da. Como tú te ves por dentro, como tú percibes el hacerlo. A mí eso me relajaba mucho porque era como un comienzo”, describe Amar.

Rechazo y negación

Desde el análisis del tiempo, Amar observa que descubrirse mujer es algo que la ha acompañado siempre. Su interés por la vestimenta feminizada y el maquillaje lo recuerda desde pequeña. Sin embargo, ese tanteo de ponerse y quitarse un vestido descubriéndose en su propio desarrollo no era aceptable y suponía violencia física y verbal en su entorno familiar. Provocando que enterrase esos cuestionamientos y emociones sin comprensión ni apoyo, haciendo que permease en ella una sensación de negación y desorientación durante su crecimiento. “No lo veía como algo normal en mí y me daba a entender que yo era un chico, que tenía que seguir otro tipo de vida, que ese camino no podía cogerlo, que no era así”, narra Amar recordando su infancia. Una infancia cuyo hermetismo condicionó la percepción de sí misma y de su género, pero que, con el tiempo, logró identificar. “Ese sufrimiento, al fin y al cabo, me abrió los ojos. Me hizo ver que yo no correspondía a esa vida, que no era yo. No podía seguir así simplemente”, indaga la joven sobre sus propios pasos y emociones. Fue entonces cuando acudió al endocrino sin ninguna mano a la que agarrarse, el cual le brindó el apoyo necesario, permitiendo dar el paso de iniciar su transición.

Para ella, su situación y sus acciones se ven interceptadas continuamente por el temor a la contestación familiar. En ese momento, la joven tenía claro que en algún momento se iría de la ciudad por lo que pudo ver la opción como una realidad y no como un sueño. “Eso me impulsó mucho para poder empezar la transición porque no podía hacerlo viviendo bajo el techo de mi familia” explica Amar. Su entorno nunca llegó a saber sobre este proceso médico, pero siempre tendieron a rechazar aquello que veían delante de sus ojos. “Algo se olían, sobre todo mi madre”, sostiene la joven, la cual escondía el maquillaje y los accesorios que utilizaba en sus momentos de liberación. Sin embargo, no siempre la ocultación de esos complementos funcionaba y, cuando afloraban a la vista tras los registros realizados, no sólo eran arrebatados, sino que provocaban discusiones, golpes y amenazas que la hacían verse fuera del techo que la debía proteger. Unas circunstancias que iban empeorando y que, finalmente, precipitaron su partida hacia la península. El día que decidió poner un punto final, la gravedad de la situación se palpaba en el ambiente. Su madre descubrió las prendas que ella se compraba y utilizaba durante la noche dando lugar a gritos y agresiones. “Después de eso, pasó un mes y decidí irme. Dije ´ya está, no voy a aguantar más maltratos ni rechazo de nadie´. No podía tampoco”, relata Amar.

El día en el que la joven se marchó, Monse la esperaba para la última sesión fotográfica. En lugar de ello, la fotógrafa encontró el vacío. Tras meses de intimidad compartida y escenas fotografiadas, solo quedó la espera. Ella no iba a volver, su huida se precipitó, aunque la llevaba gestionando tiempo atrás, pues su situación no mejoraba. Para Monse Landeira “si Valeria hubiese continuado aquí en Melilla, yo no podría haber seguido adelante con el proyecto”, algo que la joven comparte. “No podría seguir, el proyecto no existiría porque lleva muchos años, pero la situación era cada vez peor”, describe Amar. Ella procuró su salida de Melilla mediante el ahorro del dinero que obtuvo trabajando durante un tiempo. Con ello, comenzó a buscar habitaciones al otro lado del Mediterráneo, pudiendo reservar una en el norte de España donde permaneció durante un par de meses. El dinero se agotaba y acudió a una fundación la cual le ha facilitado una vivienda social donde permanecer mientras trabaja a jornada parcial con lo que ella se gestiona la comida y todos los gastos derivados tanto en lo relativo a sus necesidades materiales como a las necesidades físicas y psicológicas que debe atender en este proceso de transición. “Ahora toca salir adelante sola, me toca trabajar y luchar por mí día a día”, sostiene Amar. A pesar de su juventud y las circunstancias que ha tenido que vivir, ella expresa sus inquietudes, sus satisfacciones y la seguridad que siente en este nuevo camino que está recorriendo. Sin embargo, Landeira analiza las circunstancias que rodean a la joven y la vulnerabilidad en la que se encuentra. “Es una chavala de 23 años recién cumplidos que está de la mano de dios, convirtiéndose en una persona en exclusión social. Está a media jornada, con estudios básicos y que ya no tiene familia”, explica Landeira desde la observación de la situación, el contacto fluido entre ambas y la experiencia de los años.

Amar quiere seguir estudiando y especializarse en la rama sanitaria, aunque el cambio en la documentación de nombre y sexo ha paralizado su matriculación quedando excluida del proceso ya que su título oficial y su DNI no coinciden. “En septiembre saldrá un sorteo para cubrir plazas libres y haré lo posible por conseguir ese puesto porque tengo muchísimas ganas de estudiar. Para mí es algo esencial en mi vida y mi crecimiento personal. Aprendes cosas nuevas, te ayuda a mejorar, te sientes más útil. Teniendo más estudios, te sientes más independiente, con más salidas laborales. Puedo hacer lo que me gusta”, apunta la joven con sosiego e ilusión.

Heridas que enseñan

Cualquier planta requiere de un tiempo para florecer. El ambiente, la temperatura y las pisadas que las aplastan condicionan su estado madurativo y la belleza que imploran cuando, una vez abierta la flor, sus colores, brillos y texturas permiten observar sus detalles a la persona que se acerca con admiración y sensibilidad. Valeria Amar ha necesitado espacios ocultos, distancias tomadas y fuerza para describir y convivir con sus heridas. Unas cicatrices que se convierten en palabras que tratan de definir aquello que no queremos mencionar, aquello que no queremos recordar o que, simplemente, preferimos no exponer en fonemas para evitar un estado emocional que nos haga tambalearnos. Ella muestra madurez en la gestión de sus circunstancias, la fortaleza en su toma de decisiones las cuales condicionan su seguridad física y material, el entusiasmo por emprender su propio camino y ampliar sus horizontes. En ocasiones, sus relatos hacen que su mirada se pierda y que las palabras se entrecorten. Sonríe, bromea y traslada la confianza de una persona adulta, como si sus experiencias le hubieran posicionado en una edad que no le corresponde. “Esos baches, todo lo que te vas encontrando, todo lo que vas pasando, siempre te enseña. La fuerza la he sacado a través de eso, de muchas caídas, muchos golpes, de encontrarme sin nada, incluso. Aprendes y maduras. A día de hoy sigo en transición, seguiré y me siento feliz con lo que soy y a lo que he podido llegar. Ahora, tengo la seguridad que no tenía antes, cuando me llenaba de miedos” describe la joven.

Amar con tan solo 23 años vio en su huida la única garantía de alejarse de aquello que se presupone debía acompañar su crecimiento y ejercer su protección, su familia. Distancia para desprenderse de ruidos en la cabeza que malviven con su identidad, distancia de violencia, vejaciones, control y falta de comprensión. Su partida no significa haber escogido un camino fácil, pues con ello no sólo ha roto con todas las redes familiares, sino que se ha alejado hacia un destino incierto que ahora le toca recorrer con la misma fuerza y calma, en esta búsqueda de su bienestar.

Más allá de Valeria

Su historia no es un relato aislado de lo que muchas mujeres y hombres transgénero sufren. Las circunstancias políticas, sociales, económicas, educativas, culturales y religiosas que nos acontecen provocan que estas personas sigan padeciendo vejaciones, incomprensión y ocultación. Ellas continúan tratando de sobrevivir y convivir con sus circunstancias, abriendo pequeñas grietas dentro de sus limitaciones para sentirse y mirarse en su propia complejidad y naturalidad. Landeira documentó una historia que suponía más que “el reflejo de la vida concreta de Valeria, es abrir una ventana para ver lo que sucede realmente a otras muchas personas LGTBI”. Unos relatos y experiencias que para Amar están trazados por sufrimientos, en mayor o menor grado. Heridas que “te marcan, aunque no se vean. Tú por dentro lo sientes, lo llevas, aún lo tienes aunque pase el tiempo. Es algo interiorizado de lo que has vivido, por lo que has pasado”, describe la joven retratada.

A pesar de la inestabilidad en la que se encuentra el colectivo LGTBI+ dentro de las tendencias políticas que discurren en el mundo, la comunidad mantiene su posición de no dar un paso atrás respecto a los derechos conquistados, permitiendo existir y vivir a todas las personas por igual. Este componente de animadversión que fluye en los contextos sociales y políticos a nivel internacional y nacional hacia el colectivo, no está exento de reformularse en esta ciudad donde la pluralidad cultural y religiosa se ejercita y se convierte en una imagen de la localidad hacia el exterior, pero sigue encerrando que otras diversidades sean admisibles. “Melilla con todo lo plural, culturalmente que se dice, está muy lejos de abrirse con respecto a estas situaciones” sostiene Landeira quien recalca la importancia de seguir apostando por la educación, la visibilidad y la pedagogía. “Lo que la gente tiene que entender en cierta manera es que como sea cada persona no es un ataque individual a tu forma de ser o de identificarte. No se van a quitar derechos, ni mucho menos. Hay gente que se otorga la heterosexualidad por bandera y no deja margen a que las personas vivan su vida de manera natural”, concluye la fotógrafa. El peso del conservadurismo en esta ciudad desprende situaciones que limitan el espacio para la expresión y la diferencia en cuestiones relativas a las identidades de género. Y aunque haya amplitud de miras de muchas personas, grupos, entidades y administraciones que favorecen que no se reproduzca el rechazo hacia esta diversidad, todavía el camino está por empedrar para apuntalar que personas como Valeria Amar encuentren espacio en la ciudad siendo ellas mismas, sin impulsar la ruptura y la distancia como las únicas opciones para ellas. Pues en muchos sentidos, experiencias como la de Valeria, muestran que, como expresa Monse, “el mundo que la mira no está preparado para verla”. Valeria de Noche nos enseña a mirar y a examinar nuestra propia sociedad. A cuestionarnos las sombras que todavía aturden. Aunque nace como un proyecto de grado, su recorrido no se queda simplemente en una obra finalizada y una relación fraternal entre fotógrafa y fotografiada, sino que Landeira trabaja por editar y distribuir el libro fotográfico, para que la historia de Valeria Amar pueda llegar a la sociedad melillense, convirtiéndose así en imágenes que visibilizan historias agridulces de nuestro presente.

Tags: Colectivo LGTBIFotografía

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Comments 1

  1. santiago comentó:
    hace 8 meses

    Muy bueno lo de Montse Landeira.

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