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El Foso del Hornabeque convertido en Almonte por unas horas

La Hermandad de la Virgen del Rocío de Melilla por tercera vez ha cosechado un éxito total en la celebración de la verbena por el Rocío Chico

por Carmen González
10/08/2025 01:00 CEST
El Foso del Hornabeque convertido en Almonte por unas horas

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El Foso del Hornabeque dejó de ser anoche una ruina amurallada para convertirse en un pueblo de Huelva, más concretamente, Almonte. Farolillos colgados de cuerdas, mesas apiñadas, una barra que no daba abasto y el rumor constante de sevillanas y palmas. La Hermandad de la Virgen del Rocío celebró su Rocío Chico por tercera vez en Melilla, y lo hizo como si cada gesto —una tortilla vuelta a tiempo, un vaso servido, una rifa cantada— fuera parte de un rito compartido que no necesita demasiadas palabras para entenderse.

La jornada empezó mucho antes de que llegara la gente. A las primeras luces de la tarde ya se veía a los miembros de la Junta con delantales y guantes, preparando en recipientes y sartenes lo que sería la carta de la noche. Tortillas de patata doradas en el borde, ensaladilla rusa que reposaba fresca, bolitas rocieras recién formadas y perritos de todos los sabores para los más impacientes. El olor a aceite caliente y a pan tostado se mezcló pronto con el salitre que siempre trae la brisa de la bahía. Fueron aromas que sirvieron de reclamo y de promesa. Aquí habría fiesta, aquí habría comida casera, aquí se compartía la fe por la blanca paloma.

Con la caída del sol, comenzaron a llegar las familias. Los niños corrían entre las mesas; algunos se detenían en la rifa para comprobar los boletos con ojos serios, otros pedían a los mayores que les compraran una porción de tortilla. Los abuelos, sentados en los laterales, observaban la escena con esa mezcla de orgullo y serenidad que dan los años.

El público no era homogéneo: jóvenes, señoras con mantones al hombro, vecinos que llegaron porque alguien los llamó por teléfono. Todo eso cabía en un mismo recinto, y todo eso fue la verbena.

Las farolas improvisadas y las guirnaldas transformaron el Hornabeque en una caja de luz cálida. Sobre el escenario sencillo, Patri Lara abrió la noche con unas sevillanas que rompieron el primer hielo: manos que se juntaron, pies que marcaron compás, voces que tararearon. Más tarde, Agustín tomó el relevo y el tono subió: el cante se volvió conversación y la plaza se plegó a los giros del estribillo. No hubo grandes decorados ni micrófonos impecables; lo que había era un intercambio directo entre quien canta y quien escucha, y eso bastó para que la noche se volviera íntima y, a la vez, bulliciosa.

La verbena se organiza con aritmética de voluntarios: mesas que se reparten turnos, la olla que no para, la caja que va registrando ventas. Cuando la cola en la barra alcanzó su punto más largo, las conversaciones se hicieron cola también. Recomendaciones sobre la mejor ración, comentarios sobre la última verbena, elogios a la comida que salió perfecta. En una verbena no es menor el ritual de la comida; aquí, cada plato es excusa para un chascarrillo y para intercambiar monedas. Detrás de la barra, los hermanos de la Hermandad trabajaban sin pausa, con gestos medidos por la experiencia: servir, cobrar, reponer, sonreír.

La noche incorporó sus habituales pequeñas competiciones. Hubo sorteos de cestas con productos típicos que encendieron los ánimos: al grito de “¡afilamos los boletos!”, la gente se acercaba para verificar números y hacerse con el premio. La tómbola, con su campanilla y su ritmo, devolvía a cada ganador una explosión de aplausos y alguna broma compartida. También circuló la tradicional venta anticipada de billetes de la lotería de Navidad; muchos los compraron como quien planta una promesa, con la sensación de contribuir a algo mayor que la propia diversión.

Entre baile y conversación, se abrieron pequeños espacios de recogimiento. Cerca del improvisado altar —un telón y unos candelabros donados con esfuerzo por la Hermandad—, algunos se detenían para encender una vela, para hacer una señal de cruz o para inclinar la cabeza un instante. La devoción no estuvo reñida con la juerga: fue, más bien, su poso silencioso. Allí, la fiesta y la fe coincidieron en una misma respiración; en esa confluencia radica gran parte del encanto de la noche.

La ausencia de colaboración institucional, señalada por la Hermandad en días previos, no dejó huella en la noche salvo en la conversación de quienes la mencionaban como explicación de la escasez de medios. Aun sin apoyo externo, la logística funcionó: mesas, sillas, iluminación. La economía del evento se mantuvo en la solidaridad: lo que se recaudaba iba a obras sociales y al mantenimiento del patrimonio de la Hermandad, una motivación tangible que explicaba por qué se cocinaba hasta la madrugada y por qué nadie pedía descanso.

El público fue llenando los espacios vacíos entre canción y canción. Se bailó en círculos, se formaron parejas que no habían practicado un paso de sevillana en su vida, se aplaudió un falsete y se sollozó en una letra sentida. En un momento, una mujer mayor tiró de la mano a su nieta para enseñarle cómo marcar compás; al lado, un grupo de amigos levantó vasos para brindar por la Virgen y por la continuidad de la fiesta. Pequeñas escenas se sucedían: un abrazo tras una rifa, un niño que pedía más ensaladilla, una pareja que se apartó para conversar con la calma de quien sabe que la noche será larga.

Hacia la medianoche, el ritmo no cedió. La música se densificó, y con ella el júbilo; la gente coreaba estribillos, improvisaba bulerías entre temas y aplaudía con el gesto casi aprendido de generaciones. El horizonte del Hornabeque parecía más cercano: las murallas recogían los sonidos y los devolvían con eco, como si la ciudad entera quisiera sumarse a la celebración. Y en ese eco se percibía también la fatiga orgullosa de los voluntarios, que limpiaban platos, recogían restos y comprobaron que al final del día lo esencial había quedado intacto: la fiesta había salido bien.

El cierre fue pausado, sin precipitaciones. Los últimos acordes se desgranaron mientras se recogían mesas y se repartían las últimas raciones. Las despedidas fueron largas; el público se fue disolviendo en grupos pequeños, con la satisfacción propia de quien ha compartido algo colectivo. A la salida, bajo la luz mortecina de las farolas, algunos comentaban ya los detalles para el próximo año: qué platos repetir, qué canciones no podían faltar, qué aspectos mejorar.

Al amanecer, cuando el Hornabeque volvió a su apariencia de siempre, quedaban los rastros de la noche: una pila de sillas, papeles recogidos, alguna vela consumida, y la sensación —más difícil de limpiar— de que Melilla había vivido otra vez su particular romería. La Hermandad de la Virgen del Rocío demostró que la fidelidad a una tradición puede transformarse en fiesta popular sin perder su raíz; que la austeridad puede convivir con la alegría; y que, en el balance final, la ciudad gana algo que no se mide en billetes: la capacidad de juntarse, de reír, de rezar y de volver a empezar.

Tags: Noticias de Melilla

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Comments 1

  1. Kake de Calatrifa. comentó:
    hace 8 meses

    Bien escrito. Mejor comentado. Enhorabuena al autor de esta semblanza autentica y serena,

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