Se nos ha ido un gran hombre, en tamaño, en personalidad y en corazón: Ángel Castro, a quien tanto quería. Me cuesta expresar con palabras mis emociones, son muchos años compartidos y muchos proyectos por hacer. Me entristece mirar a mi lado y no encontrarlo, pero en ese carrusel de sentimientos me queda la alegría de haberlo conocido y el privilegio de haber gozado de su amistad. Desde esa perspectiva puedo asegurar que era un hombre bueno, en el sentido machadiano de la palabra bueno.
No intento señalar que Ángel era amigo de sus amigos, que también. En Melilla, Ángel Castro era un referente en el mundo de la enseñanza y de la cultura. En los más de 40 años que ha dedicado a la enseñanza, tanto en el Colegio de La Salle como en la UNED, ha sido un profesor que ha dejado huella en sus alumnos. Ellos mejor que nadie pueden dar testimonio de su entrega y valía profesional. Sus inquietudes no acababan ahí. En el mundo de la cultura, hay que reconocerle su labor en pro de la música, el cine, la literatura, la historia, la ciencia, el derecho, el medio ambiente y otras múltiples actividades culturales impulsadas desde la UNED.
Creo que reúne méritos suficientes para que la ciudad en la que vivió y a la que se entregó a través de su ejercicio profesional y sus aficiones le rinda un merecido homenaje. Por eso pido que la Ciudad de Melilla le otorgue el nombre de una calle, que bien podría ser cualquiera de las que envuelven la UNED: Calle Ángel Castro Maestro. Así, el recuerdo de su paso por este mundo permanecerá en la memoria de todos y nos evocará para siempre el porvenir del olvido.








