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Sociedad, política y adversidad

Por Antonio Ramírez
17/11/2024 10:25 CET
Sociedad, política y adversidad

PAIPORTA (VALENCIA) 09/11/2024.- Vista de los muebles arruinados por la riada en casa de Teresa, una vecina de Paiporta que ha perdido "todos los recuerdos de mi madre que estaban dentro de mi casa" y que, como muchos otros afectados por la dana, es consciente de que hay objetos personales con valor sentimental arrasados por el agua que ya no podrá recuperar. EFE/Kai Försterling

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A lo largo de casi ya tres semanas la adversidad ha puesto en juego a lo mejor y lo peor de la sociedad, también de la política. La tragedia ocasionada por la gota fría y sus consiguientes coletazos han obligado al examen a una sociedad, la española y a la política que le gestiona, muy dadas a la pasión y las emociones, pero poco a la unión y sus exigibles como nación. Especialmente la segunda y cuando más se le necesita.

Esta segunda, parcial pero muy bronca, va acompañada por la orquesta de mentiras, insultos y radicales que la inmediatez y alcance de las nuevas tecnologías pone el turbo y que nada suman y mucho restan; brasas que se azuzan y son de destrucción, no del calor proactivo y paliativo necesarios. Esta porción tumultuosa y caótica, a veces organizada, sigue dando muestras de egoísmo y tribulación interesada, pese a, por el momento, la cruel realidad del fallecimiento de 218 personas, más de una decena desaparecidas y miles, muchas, en tremenda precariedad.

La política, noble e imprescindible labor cuando se ejerce con limpieza (algo que no está reñido con la competencia), se ha cebado en estas últimas décadas de aspirantes (después alcanzantes) que hicieron o hacen de la gestión de los intereses públicos su medio de vida, único este en muchos casos, por el que se lucha feroz y con frecuencia se trata con lo ilícito. También de aquellos que, además, se “esfuerzan” en atender provechos privados mermando lo público y que en poco o en nada tienen que ver con la conveniencia general.

Además, disfrazada de vocación y por la supervivencia y ambición propias, se expandió la presencia de “responsables políticos” sin, al menos, suficiente, cualificación para el ejercicio de la “res pública”. Eso es una realidad patente y que, singularmente, en momentos de extrema dificultad se hace más notoria y que, en muchos casos, la falta de tenencia de escrúpulos y principios aumentan el descreimiento con cansina frecuencia en gestores e instituciones. No vale solo la lealtad que se basa en la “adulación ciega y el compadreo” hacia el liderazgo de turno.

Aseverar o insinuar que cualesquiera asistencia institucional a quienes sufren por el dolor de la pérdida ha estado o está condicionado por el color político del poder en una u otra demarcación, es de lo más miserable que se ha podido o se puede sentir estos días de calamidad. Hay quienes tienen el alma (política) algo negra. Solo hay un color al que apostar y no es el del partido, ni de sus líderes, menos y por ello en el de buscar la reducción de la formación contraria. Ese color es el de gente que con urgencia necesita reparo y el de la dignificación de su dolor.

Persiste el tópico que España es un país cainita, contrapunto con la muestra generosa y empática que ha dado, sobre todo en la anónima, y sigue dando la sociedad para las personas que sufren esta fatalidad. Hay quienes, desde la política o la comunicación no dudan en su cruzada para intentar pasar del manido vengativo a la realidad. Por mucho trueno que despidan, por mucha tormenta que mantengan, no lo conseguirán, eso se espera. Si en la adversidad se conoce la capacidad de respuesta frente a ella, también a la iniquidad.

Etiquetas: calamidaddolor

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