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Durillo

Las bayas azules del Gurugú

Por Manuel Tapia
11/02/2024 09:00 CET
Durillo
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Una isla húmeda en el Gareb

Dos de los factores principales que propician la existencia de un singular bosque húmedo mediterráneo en la zona alta del Gurugú son su ubicación y su altura. El macizo del Gurugú está situado en la base de la península de Tres Forcas, por lo que el mar está próximo tanto en su cara occidental como en la oriental. Las cumbres del macizo del Gurugú, que alcanzan los 890 metros en su punto más alto, “peinan” los vientos húmedos provenientes del mar que vienen tanto de levante como de poniente, captando por condensación gran parte de esa humedad. Desde Melilla muchas veces se hace visible este fenómeno en forma de sombrero de nubes instalado en la cima de los picos de Basbel y Kola, los dos picos del macizo visibles desde nuestra ciudad. Las zonas más altas del macizo reciben por tanto un aporte extra de agua incluso en los meses más secos del verano. La alta humedad ambiental en estas cumbres y los barrancos que bajan de ellas convierten este lugar en lo que los entendidos denominan una “isla fitológica”. Efectivamente, el hecho de que la zona del Gareb, donde nos situamos geográficamente, sea un lugar especialmente árido, hace que la parte alta del Gurugú sea el último reducto de muchas especies animales y vegetales habituados a dicha humedad ambiental. De hecho, algunas de estas especies, concretamente varios helechos que crecen en esa zona, como Asplenium hemionitis o Davallia canariensis, pertenecen a la llamada “laurisilva”, una flora relicta que era común en el Terciario, cuando el clima era mucho más húmedo, y de la que sólo se conservan algunas especies en lugares aislados con características climáticas similares a las que existían en esa era geológica.

Hojas anchas para captar la humedad

Una de las especies que indican el alto grado de humedad de las estribaciones del Gurugú es el durillo (Viburnum tinus), un bonito arbusto con anchas hojas y una floración espectacular, que crece en las zonas mejor conservadas del macizo junto al madroño (Arbutus unedo), bajo las formidables coscojas (Quercus coccifera), que aquí alcanzan porte arbóreo. Es muy llamativo el gran tamaño de las hojas del durillo en un entorno mediterráneo seco, en el que la mayoría de las especies han evolucionado para tener las hojas pequeñas y así evitar la pérdida de humedad por evapotranspiración.

Esta característica del durillo, el tamaño de sus hojas, indica que su nicho ecológico son las espesuras mediterráneas húmedas. En este hábitat, cuanto mayor es la superficie de la hoja mayor es la posibilidad de realizar la fotosíntesis en un entorno en el que la luz del sol llega con dificultad, y la pérdida de humedad no supone un gran problema. Además, las hojas anchas también ayudan a captar el agua que, en este entorno singular, llega más en forma de condensación que en forma de lluvia, por lo que es importante contar con una buena superficie de captación.

Flores blancas y frutos azules

Aunque el durillo, con sus grandes hojas de color verde brillante, es siempre un bonito arbusto, hay dos épocas del año donde luce con especial belleza. Una es la primavera, cuando las grandes inflorescencias del durillo se abren y tiñen de blanco todos los barrancos en los que habitan. Sobre estas flores se posan a cientos, curiosamente, las mariposas de una especie concreta, Vanessa atalanta, que con sus coloridos ocelos blancos y naranjas sobre fondo negro terminan de engalanar este bello paisaje. Se sabe desde hace relativamente poco que la atalanta es una mariposa migratoria que cruza el estrecho de un continente a otro, por lo que sería interesante investigar si su paso por los durillos del Gurugú es casual o en cambio es un punto marcado en la memoria innata de la especie para cargarse de energía antes de seguir su ruta migratoria.

La otra estación donde el durillo llama especialmente la atención es el otoño, la estación en la que suelen fructificar todos los arbustos del bosque. Es en esta estación en la que las inflorescencias del durillo pasan a convertirse en pequeños racimos de bayas de un curioso color azul metálico, que muestra todo su esplendor cuando algún rayo de sol acierta a colarse por la espesura y logra alcanzarlos.

Coscojas, durillos y madroños

El coscojal del Gurugú es sin duda el ecosistema más valioso y el lugar con mayor diversidad botánica de todo el macizo. Aunque las especies que lo componen puedan hacer pensar que este hábitat es en realidad un alcornocal degradado, en el que los alcornoques han desaparecido y sólo quedan sus especies asociadas, hay poderosas razones para pensar que es un hábitat con entidad propia, en el que la coscoja ha sido y sigue siendo la principal especie y la que forma el estrato arbóreo, dando cobijo a las demás. Efectivamente, aunque el alcornocal es un hábitat presente en el Gurugú, varias de las especies que forman el cortejo del alcornoque en el macizo, Cytisus grandiflorus y Erica arborea, no aparecen en el coscojal. Lo mismo ocurre a la inversa, pues ni el durillo ni el madroño, las principales especies que conforman el cortejo de la coscoja, aparecen en el alcornocal.

Los bosques en los que la coscoja tiene porte arbóreo y es la especie dominante son muy escasos y singulares, y solo existen en lugares muy concretos de Portugal y Marruecos. Esto implica que el coscojal del Gurugú es un patrimonio natural de primer orden y un lugar que hay que conservar a toda costa.

 

Tags: bosquesecosistema

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