¿Como vivir relaciones fraternas con las personas que nos rodean? El domingo pasado se nos proponia la corrección fraterna como medio precioso para cuidar de las personas a las que amamos y deberiamos amar, haciéndonos responsables de ellas.
El evangelio de hoy quiere situarnos en el perdón como medida generosa que posibilita reestablecer y reconstruir las relaciones. El perdón es la fuente que posibilita transformar la vida, recrearla. El perdón es expresión de un amor sin medida.
“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Esta pregunta que realiza Pedro nos sitúa en la relaciones personales y a la vez quiere ser un respuesta generosa, pero que en el fondo está teñida de calculo y por lo tanto limitada en el Amor. El número siete con el que Pedro pregunta es un número significativo y simbólico que frente a la venganza por la ofensa propone el perdón, pero hasta un límite. La parábola de Jesús sobre el reino de Dios que siente compasión ante el siervo viene a iluminar la respuesta de Jesús: “No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Jesús rompe los límites y nuestros esquemas para llevarnos a unas relaciones donde la compasión y la misericordía no tiene límites. La compasión no entiende de cálculos.
En la sociedad en la que vivimos es fácil percibir que nuestro mundo está repleto de venganza, odio, violencia y rencor por doquier. Las redes sociales no sólo son expresión de esa realidad sino que además las alimentan. No parece fácil establecer relaciones que favorezcan la convivencia y transforme las relaciones para sanarlas. Con frecuencia solemos escuchar indicaciones para vivir sin rencor como medida de salud interior y liberación de un peso que nos esclaviza y en el fondo nos destruye a nosotros mismos. Ello a veces requiere un ejercicio de autodisciplina no fácil de realizar.
La invitación de Jesús y la parábola nos abre a otra realidad, a una novedad sorpresiva que nos envuelve en la compasión. No se trata de una cuestión de protección o cuidado interior para vivir tranquilo, ni de un cálculo de nuestra generosidad. La Palabra nos remite a vivirnos desde la experiencia de sabernos amados incondicionalmente, perdonados, acogidos. En la medida en que experimentamos un amor que nos desborda, sin límite, pura gratuidad, podremos entonces dejarnos contagiar por la compasión y vivir en la gracia de la misericordia que nos cambia y transforma nuestras relaciones. La experiencia de sentirnos aceptados tal como somos, con nuestros defectos y nuestras limitaciones, nos abre a poder acoger y aceptar las limitaciones de las personas que nos rodean.
El perdón al que Jesús nos invita no es cuestión de obligación, sino de vivirnos reconociendo que somos pecadores perdonados. Que la deuda que Dios nos condona es inmesamente más grande que la deuda que pueda tener nuestro hermano con nosotros. El criado malvado de la parábola no quiso entrar en el ámbito de la compasión después de que se le perdonara una cantidad inmesa. Si entramos en el cálculo, si llevamos la cuenta de cuanto perdonamos, si no nos reconocemos pecadores envueltos en la gracia de un amor inmerecido, no podremos dejarnos contagiar por la compasión del mismo Dios que nos colma.
Dios nos perdona siempre y no se cansa de perdonarnos. Siempre tenemos la posibilidad de vivir la expriencia de sentirnos habitados por un perdón que nos recrea, que nos da la vida. Porque el perdón genera vida, restablece relaciones y nos posibilita seguir viviendo sintiéndonos amados. No perdonar es decir al otro, tú para mi estas muerto. Perdonar es decir estas vivo para mí, podemos seguir relacionándonos. Para Dios siempre estamos vivos, pues su perdón es signo de su amor por cada uno de nosotros.
Vayamos a la fuente para poder vivir la experiencia del perdón. Seamos conscientes de la compasión y misericordía de Dios que es Padre-Madre bueno que nos ama con una amor sin medida. Sólo así podremos transformar tantas situaciones y relaciones necesitadas de compasión y misericordia en nuestras familias, en nuestras comunidades y en la Iglesia, en nuestra sociedad. Nuestra capacidad de perdonar será proporcional a la experiencia de vivirnos envueltos en la compasión del Padre. Dejémonos llenar de la misericordía de Dios que recrea nuestras relaciones y a cada uno de nosotros.
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