Fiona Bellshaw, fundadora de Fiet. -Cedida por Fiona-
La trata de seres humanos y la explotación sexual comparten un mismo punto de partida: la vulnerabilidad. Fiona Bellshaw, fundadora de Fiet y directora de Relaciones Institucionales y Cooperación Internacional, sitúa en ese contexto previo —marcado por la pobreza, la falta de oportunidades o la ausencia de redes de apoyo— el origen de muchas de las historias que acompañan desde la organización. No se trata de casos aislados, sino de trayectorias vitales donde las condiciones de fragilidad son aprovechadas para captar y someter a las víctimas.
En ese proceso, el engaño ocupa un lugar central y, con frecuencia, adopta formas especialmente complejas. Lejos de responder únicamente a estructuras lejanas o desconocidas, la captación puede producirse a través de personas del entorno cercano: familiares, amistades, vecinos. Esta cercanía no solo facilita el acceso de las redes, sino que introduce un elemento de traición que impacta directamente en la construcción emocional de las víctimas. La confianza, ya debilitada en muchos casos por experiencias previas, se quiebra de forma profunda.
No es extraño que estas mujeres arrastren historias marcadas por otras violencias. Bellshaw describe trayectorias en las que confluyen la explotación con antecedentes de violencia de género o abusos en el ámbito familiar, configurando una doble o incluso triple victimización. Este entramado de experiencias refuerza la situación de vulnerabilidad y condiciona la forma en que posteriormente afrontan cualquier proceso de ayuda.
El resultado es una progresiva anulación de la autonomía. Las mujeres pasan a vivir bajo control, en entornos donde su capacidad de decisión desaparece y donde el miedo, las amenazas y las vejaciones se convierten en elementos cotidianos. La explotación no es un hecho puntual, traumático ya de por sí, sino una dinámica sostenida que se repite de manera constante, erosionando poco a poco todas las dimensiones de la persona.
El impacto físico es una de las primeras manifestaciones visibles. El cuerpo acusa el desgaste de jornadas continuadas, la falta de descanso, la mala alimentación y, en muchos casos, el consumo forzado de alcohol o drogas. A ello se suman episodios de violencia que agravan un estado de salud ya debilitado por las condiciones en las que se produce la explotación.
Sin embargo, es en el plano psicológico y emocional donde se concentra una de las huellas más profundas. Vivir bajo una amenaza constante, en un entorno de degradación continuada, altera la percepción de la realidad y de uno mismo. Las humillaciones, el trato despectivo y la violencia física y verbal forman parte de un proceso de despersonalización que termina afectando a la identidad. Muchas de estas mujeres dejan de reconocerse, pierden el vínculo con lo que eran antes de la explotación.
Para poder sostener esa situación, el propio organismo activa mecanismos de supervivencia. Bellshaw señala la disociación como uno de los más frecuentes: una forma de desconexión que permite a la mente distanciarse de lo que está ocurriendo. Este recurso, necesario en contextos extremos, tiene consecuencias cuando se prolonga en el tiempo, dando lugar a una fragmentación interna que dificulta la reconstrucción posterior.
Junto a esta respuesta, emerge también la resiliencia. A pesar de la dureza de las experiencias vividas, muchas de estas mujeres logran sostenerse y, con el apoyo adecuado, iniciar procesos de recuperación. Son, en palabras de quienes trabajan con ellas, supervivientes que han desarrollado una capacidad de resistencia extraordinaria frente a situaciones límite.
Las secuelas en la salud mental son generalizadas. El estrés postraumático aparece como una constante, acompañado en muchos casos de otras afecciones que requieren intervención especializada. Las adicciones, desarrolladas en contextos de consumo forzado o como vía de escape, añaden complejidad a un proceso de recuperación que exige un abordaje integral. La atención psicológica, el apoyo psiquiátrico y el acompañamiento continuado se convierten en herramientas imprescindibles.
Ese proceso es largo y no lineal. Recuperar la confianza —en los demás y en una misma— supone uno de los mayores retos, especialmente cuando la traición ha formado parte del origen de la experiencia. Por ello, el acompañamiento se construye desde la escucha, el respeto y la ausencia de imposición, devolviendo progresivamente a cada mujer la capacidad de decidir sobre su propia vida.
En este camino, los referentes adquieren un valor fundamental. El contacto con otras mujeres que han atravesado situaciones similares y han logrado reconstruirse genera un espacio de identificación y esperanza. Estas redes, junto al trabajo de los equipos especializados, contribuyen a sostener procesos que requieren tiempo y estabilidad.
La maternidad introduce una dimensión adicional. Muchas de las víctimas son madres o han sido captadas precisamente por serlo, ya que el crimen organizado identifica en esa condición un elemento de presión. La necesidad de garantizar el bienestar de los hijos se convierte en un factor que facilita el sometimiento.
En otros casos, la maternidad se desarrolla en contextos de explotación. Mujeres que conviven con sus hijos en pisos de prostitución o que deben atender a puteros mientras cuidan de un bebé. Estas situaciones generan vínculos atravesados por la experiencia vivida, donde la relación materno-filial también necesita ser reconstruida.
El proceso de recuperación implica, por tanto, intervenir no solo sobre la mujer, sino sobre su entorno y sus vínculos. Reconstruir la relación con los hijos, generar espacios seguros y favorecer un desarrollo saludable se convierten en parte esencial del acompañamiento.
Pero antes de todo ello, hay un punto de partida común: recuperar la sensación de seguridad. Poder descansar sin miedo, caminar sin estar bajo vigilancia, disfrutar de un paseo o de un momento de tranquilidad. Son experiencias cotidianas que adquieren un significado profundo tras haber vivido bajo control.
A partir de ahí, comienza un proceso más amplio: volver a percibirse, reconstruir la identidad, establecer vínculos y proyectarse hacia el futuro. Muchas de estas mujeres mantienen el deseo de amar y de ser amadas, de construir relaciones alejadas de la violencia y de recuperar una vida autónoma.
La trata y la explotación sexual no solo suponen una vulneración de derechos, sino una forma de violencia que atraviesa todas las dimensiones de la persona. Como subraya Fiona Bellshaw, comprender esa profundidad es esencial para acompañar a las víctimas en un proceso que va mucho más allá de salir de la explotación: implica volver a construirse desde lo más básico, paso a paso, hasta recuperar la propia vida.
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