Una noche donde la música se hizo cuerpo y la danza, emoción compartida

El Kursaal acogió la celebración del Día Internacional de la Danza con un espectáculo de la Escuela ‘Pilar Muñoz González’ que hilvanó coreografías, sonidos y generaciones sobre el escenario

La Escuela de Música y Danza ‘Pilar Muñoz González’ celebró el Día Internacional de la Danza con un espectáculo compuesto por 13 números sostenidos por cuatro nombres imprescindibles en la enseñanza de esta disciplina en la ciudad: Nuria Nieto —actual directora del centro—, Mari Carmen Florido, Merche Hurtado y Gonzalo Carmona. Junto a las bailarinas, pisaron el escenario del Kursaal con firmeza para dar forma a una propuesta que fue, al mismo tiempo, celebración, admiración y recorrido por distintos lenguajes escénicos. La danza española, la clásica y el cabaret convivieron en una atmósfera que se movía entre lo onírico y lo expresivo, donde cada coreografía encontraba su identidad y cada ritmo aportaba un matiz propio.

No se trataba únicamente de escuchar música —aunque esta estuvo presente incluso en directo, con la intervención de un joven flautista— ni de observar el movimiento. La velada se construyó como un espacio en el que ambas dimensiones se entrelazaban hasta hacerse inseparables. La música no acompañaba: sostenía. Era el lugar desde el que nacía el gesto, desde el que se organizaba el tiempo y desde el que cada pieza adquiría sentido. El taconeo marcaba el pulso, las castañuelas dibujaban el compás, las puntas resonaban sobre las tablas amplificando la caída del salto, mientras el vestuario —tutús, volantes, mantones— contribuía no solo a la estética, sino también a la narrativa sonora del conjunto.

Melilla, esa noche, no fue únicamente espectadora. Desde la butaca, el público acompañó el desarrollo del espectáculo como un cuerpo colectivo que respondía a cada estímulo: aplausos, silbidos, “olés”, “guapa”, “qué bonito”. Una participación constante que reforzaba el sentido compartido de la celebración.

El encuentro comenzó con la intervención del consejero de Educación, Miguel Ángel Fernández, quien dedicó unas palabras a la danza como disciplina que se trabaja desde edades tempranas y que no encuentra límite en el tiempo. Sobre el escenario, quiso poner en valor el mensaje de la Asociación Nana, destacando su capacidad para “transformar vidas a través del arte”. A través de fragmentos de su vídeo, trasladó al público ideas que resonarían durante toda la velada: “El cuerpo dice lo que las palabras no pueden”, “Bailar es soñar con los pies”, “La danza es el lenguaje oculto del alma”. Tras subrayar el trabajo, el legado y la profesionalidad del profesorado, cerró su intervención con un sencillo “que comience el espectáculo”.

Y la música respondió.

Las luces se apagaron y el silencio se hizo presente, no como ausencia, sino como antesala. Entonces, un violín y un piano comenzaron a dibujar un espacio sonoro que parecía abrirse paso lentamente, generando una atmósfera en la que el tiempo adquiría otra densidad. La voz en off, sostenida por esa base instrumental, introdujo al público en un universo donde “el mundo respira al compás” y “el tiempo se inclina ante el movimiento”. A partir de ese instante, la música dejó de ser fondo para convertirse en estructura.

La primera escena estableció un diálogo entre aprendizaje y experiencia. Un grupo de niñas sentadas, una bailarina adulta calentando, una niña que se acercaba a acompañar sus movimientos. El sonido del piano, la presencia cinematográfica del fondo, construían un espacio en el que el movimiento se entendía como proceso, como tránsito entre generaciones. La música, aquí, actuaba como puente invisible.

El cambio hacia la danza española trajo consigo una transformación inmediata del paisaje sonoro. El taconeo irrumpió con fuerza, acompañado por el ritmo seco de las castañuelas. Seis bailarinas, envueltas en mantones y con rosas como elemento escénico, desplegaron una coreografía donde los giros y las figuras parecían sostener una tensión entre lo clásico y lo flamenco. El público respondió con aplausos y “olés”, integrándose en ese mismo compás.

La Habanera introdujo uno de los momentos más singulares de la noche. En un escenario parcialmente en penumbra, con un altillo y un micrófono como elementos de transición, un joven flautista se situó en el centro para interpretar con flauta travesera. Su sonido, limpio y sostenido, se elevaba mientras la base grabada completaba la atmósfera. A su alrededor, las bailarinas —siete primero, seis después— construían una coreografía que envolvía la música, que la hacía visible a través del movimiento. La relación entre ambos lenguajes se volvía aquí especialmente evidente: la melodía guiaba, pero eran los cuerpos los que la expandían en el espacio.

El paso al cabaret, bajo la coreografía de Nuria Nieto, supuso una ruptura estética y sonora. El rojo, los brillos y las plumas invadieron el escenario, acompañados por una música en playback que evocaba los grandes musicales. Doce bailarinas y un bailarín articularon una historia donde danza, interpretación y ritmo escénico se entrelazaban en una propuesta de carácter teatral.

Tras esta pieza, un gesto inesperado marcó uno de los momentos más significativos de la noche. Mientras una trabajadora limpiaba el escenario, el público rompió en aplausos, generando un instante en el que el único sonido presente fue ese reconocimiento colectivo. Sin música, pero cargado de significado.

La segunda parte del espectáculo mantuvo la diversidad de propuestas. ‘Vivaldi’, de Mari Carmen Florido, mostró cómo la música clásica podía tensar y ordenar el movimiento, mientras el abanico añadía un matiz sonoro propio. Las sevillanas con mantón, de Gonzalo Carmona, centraron la atención en el vuelo de esta prenda, cuyo movimiento generaba un diálogo constante con el ritmo.

‘Al Andalus’, de Merche Hurtado, dio paso a las más pequeñas, en una escena donde la música acompañaba el aprendizaje, mientras que el ‘Garrotín’, de Mari Carmen Florido, reforzó el vínculo entre taconeo, guitarra y voz grabada.

Uno de los momentos más intensos llegó con ‘Fobia’, de Merche Hurtado. La respiración marcaba el pulso inicial, las castañuelas resonaban con insistencia y la iluminación contribuía a generar una atmósfera de tensión. La música, más que melodía, se convertía en sensación, en un espacio que condicionaba cada movimiento.

El tramo final llegó con ‘Del origen’ y ‘Fronteras en el tiempo’, ambas de Mari Carmen Florido, donde la música adoptó un tono más pausado, permitiendo que elementos como la falda o el abanico adquirieran protagonismo en un desarrollo más fluido. Las voces del público —“Qué bonito”, “Mari, guapa”— acompañaron este cierre.

Finalmente, Nuria Nieto tomó el micrófono para agradecer la implicación de todos los participantes —equipo técnico, instituciones, colaboradores— y recordar la figura de Pilar Muñoz, cuyo legado sigue presente en la escuela. Con todas las bailarinas sobre el escenario, entre saludos y últimos taconeos, la velada concluyó con la inclinación conjunta del profesorado hacia el público.

Para entonces, la música ya había dejado de ser un elemento más del espectáculo. Había sido, desde el principio, el hilo invisible que sostuvo cada paso, cada historia y cada emoción compartida.

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