Un lugar para quedarse: las Aulas de Mayores, más allá del aprendizaje

Las Aulas Culturales para Mayores se consolidan como un punto de encuentro donde la creatividad, la convivencia y el aprendizaje acompañan a los participantes

Cada mañana, las puertas de las Aulas Culturales para Mayores se abren como un umbral discreto pero decisivo. No es solo la entrada a un edificio, sino el paso hacia un tiempo distinto, uno que ya no está marcado por obligaciones laborales ni por rutinas impuestas, sino por la voluntad de compartir, aprender y mantenerse en movimiento. Para muchas de las personas que acuden, ese gesto cotidiano de salir de casa, arreglarse y dirigirse al aula supone ya un primer paso: romper la inercia de la soledad, activar el cuerpo y la mente, y recuperar una rutina que ilusiona.

Dentro, la vida adquiere otro ritmo. Las horas no pesan ni se arrastran; se diluyen entre conversaciones, tareas y risas. Hay quien llega con dudas o sin saber muy bien qué va a hacer, pero basta con cruzar el aula para que esa incertidumbre se disuelva. El encuentro con los compañeros, el saludo habitual, el sonido de las máquinas de coser o el roce de los pinceles sobre el lienzo construyen una atmósfera reconocible, donde cada uno encuentra su lugar y sus preferencias.

El centro se articula en torno a múltiples actividades que dialogan entre sí. Caminatas, yoga o taichí conviven con talleres de pintura, manualidades o sevillanas, mientras que la memoria, los idiomas o la informática mantienen activa la mente. No hay un único recorrido: cada persona decide cómo transitar este espacio, adaptándolo a sus intereses, pero también a su estado de ánimo, a lo que necesita ese día.

En el aula de manualidades, ese equilibrio entre lo individual y lo colectivo se hace especialmente visible. La costura creativa, integrada dentro de esta actividad, comparte espacio con intervenciones sobre soportes variados: madera, vidrio, cartón, papel maché o tela. Sobre las mesas esta mañana se despliega un mosaico de proyectos en tela que avanzan a distintos ritmos, reflejo de historias personales que encuentran aquí una forma de expresión.

En la estantería, un barco de madera elaborado por Ramón González convive con cajas decoradas, botellas de vidrio intervenidas o figuras que han ido tomando forma con paciencia. No hay uniformidad ni exigencia de resultado, sino un proceso abierto donde cada creación está ligada a una intención, a un recuerdo o a un destinatario.

Mari Carmen Tejedor, profesora desde 2002, acompaña ese proceso con cercanía. “Se hacen muchas cosas distintas porque cada uno viene con su idea”, explica. Su presencia no impone, orienta. Escucha, propone y adapta, consciente de que, en muchos casos, lo importante no es lo que se hace, sino lo que se vive mientras se hace.

Ángela Casado cose con atención un bolso para su nieta. Sus manos avanzan con seguridad, pero su relato se detiene en lo que siente al estar allí. “Al final, como ya está una jubilada, pues se pone a hacer cosas de estas para las nietas, para los hijos… porque te hace ilusión”. Esa ilusión, sin embargo, no es solo el resultado final. “En este sentido, es una terapia”, añade, poniendo nombre a una sensación compartida: la de encontrar en el aula un espacio donde desconectar de las preocupaciones.

Junto a ella, su marido Ramón González forma parte del mismo entorno. Su presencia añade otra dimensión a la experiencia: la de compartir este tiempo también en pareja. Él trabaja la madera, diseña, corta; ella cose y da forma a los detalles. Entre ambos construyen algo más que objetos. “A él le gusta venir”, dice Ángela, y en esa frase se condensa una rutina compartida que transforma el día a día. “Estamos aquí tranquilos, nos vamos relajados, que es lo importante”.

Esa tranquilidad no es pasiva. Está llena de pequeños gestos: una conversación entre mesas, una sugerencia, una risa espontánea. Iluminada, conocida como Rubi, lo describe desde su experiencia mientras avanza en una colcha infantil: “Aquí reina la libertad. Cada una hace lo que quiere”. Pero esa libertad se entrelaza con el grupo. “Una te da una idea, otra dice otra cosa…”, explica, mostrando cómo el aprendizaje se construye en común.

Rubi también pone el acento en lo que ocurre fuera del aula, en cómo este espacio transforma su rutina diaria. “Aula, desde luego, a mí me parece maravilloso. Yo la verdad es que disfruto mucho”. Tras años de trabajo, encontrar un lugar donde el tiempo se vive de otra manera adquiere un valor especial. Un lugar donde no se trata de cumplir, sino de estar.

En la planta superior, la pintura ofrece otro escenario, pero las emociones se repiten bajo distintas formas. El silencio se mezcla con la concentración, con la observación atenta de los lienzos. Cada cuadro es un proceso abierto, una búsqueda.

Encarni, “la Sevi”, lo expresa con claridad: “Se va el tiempo en un vuelo porque te da paz, tranquilidad, te da la oportunidad de crear”. En su relato aparece esa sensación compartida de desconexión, de dejar fuera, al menos por unas horas, las preocupaciones. “Una vez que pisas el aula…”, dice, dejando entrever que ese gesto cambia el día. A su alrededor, la dinámica refuerza ese sentimiento de pertenencia. “Aquí nos ayudamos… todos a una”, afirma. Compartir materiales, opiniones o simplemente presencia forma parte de una rutina donde nadie está aislado, donde cada uno suma desde su lugar.

Juan Carlos Martínez, con 25 años como profesor, observa ese proceso desde la experiencia. “Es un seguimiento muy individual”, explica, consciente de que cada persona llega con su ritmo, sus miedos y sus expectativas. “Esto es una carrera de fondo, no de velocidad”, añade, subrayando que el aprendizaje aquí va ligado al tiempo, pero también a la confianza. Esa confianza es, en muchos casos, el primer paso. Atreverse a entrar, a probar, a equivocarse sin presión. Romper esa barrera inicial que separa el “no sé” del “voy a intentarlo”. Y en ese intento, encontrar algo más: compañía, rutina, motivación.

Porque, en el fondo, acudir a las Aulas Culturales para Mayores no es solo asistir a una actividad. Es decidir salir, compartir, implicarse. Es llenar el día de contenido, pero también de sentido. Como plantea una de las participantes, la pregunta tras la jubilación es inevitable: “¿qué haces?”. Aquí, la respuesta no es única ni cerrada. Se construye cada mañana, entre hilos, pinceles, madera o palabras. Y en ese proceso, lo que emerge no son solo aprendizajes o habilidades, sino una red de vínculos que sostiene, acompaña y da forma a una nueva etapa de la vida.

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