Presentación del documental en una sala en Madrid. -Cedida por Salama-
El documental No sea tu falta, del cineasta melillense Moisés Salama, se presentó el pasado 27 de marzo en la plataforma Filmin, culminando así un recorrido que lo ha llevado por la Semana de Cine de Melilla en 2025 y por distintos festivales nacionales, donde ha sido reconocido, entre otros, con una mención especial del jurado en el Festival de Sevilla. Su llegada a la plataforma no solo amplía su alcance, sino que responde a una inquietud constante desde su estreno: encontrar el lugar donde seguir viendo —y revisitando— una obra que interpela desde lo íntimo, pero que dialoga directamente con la memoria de toda una ciudad.
Porque No sea tu falta no parte de una historia aislada, sino de un espacio muy concreto, físico y simbólico. Ese lugar al que Salama vuelve y que hoy ocupa el entorno donde se sitúan las oficinas de El Faro y otros negocios, pero que en su interior conserva intacta la vivienda familiar. Una casa atravesada por el tiempo, detenida en su propia historia. Desde ahí, desde ese tercer piso, desde ese balcón privilegiado, se observaba una Melilla activa, vivaz, atravesada por el bullicio cotidiano: los cafés, los comercios, el tránsito constante de personas y culturas.
Ese punto de vista —literal y narrativo— se convierte en uno de los ejes del documental. Porque aunque las calles, los negocios y las relaciones han cambiado, en los archivos personales de Salama ese mundo permanece. Las imágenes grabadas en Super 8, muchas de ellas filmadas desde ese mismo balcón o desde la oficina familiar, conservan intacto un pasado cercano que ya no existe de la misma manera. En ellas no solo está su historia, sino la de su familia y, de forma inevitable, la de la propia ciudad.
“Ni yo mismo sabía todas las imágenes que guardaba”, reconoce el director al recordar el momento en que comenzó a revisarlas. Ese hallazgo no es menor. De esos fragmentos surge un relato que conecta la memoria individual con la familiar y la colectiva. Un tejido de recuerdos que no se limita a reconstruir, sino que interroga, que propone lecturas, que abre espacios de reflexión a partir de la imagen y el relato.
El documental avanza así como un tránsito. Un recorrido que no se detiene en la contemplación, sino que acompaña el pasado desde el presente, apoyándose en testimonios de quienes han habitado esa Melilla. Voces que completan una mirada plural, atravesada por experiencias diversas, por percepciones distintas de una ciudad que se ha transformado en lo económico, en lo social y en lo simbólico. Testimonios familiares, pero también de amistades y personalidades vinculadas a la política y a la cultura de la ciudad aportan un grado de complejidad que permite contemplar la amplitud de la historia.
En ese recorrido, el documental despliega también una mirada sobre la Melilla de la frontera, no como tema central, sino como parte del entramado vital que configura la experiencia de la ciudad. Aparece integrada en la narración como uno de esos elementos que definían su pulso cotidiano: el tránsito constante, la actividad que estructuraba la vida diaria, las dinámicas económicas y sociales que marcaban el ritmo urbano. Salama recupera esa realidad como parte de un tiempo vivido, incorporándola a un relato más amplio que observa cómo esos escenarios han ido transformándose con el paso de los años.
Desde ahí, la película amplía su foco y entrelaza distintas capas: momentos históricos, como los movimientos que reclamaban el reconocimiento y la igualdad de derechos entre ciudadanos; la descripción de espacios urbanos o aspectos que rememoran la esencia melillense -el mar, el viento y lo que aquí se sabe leer y sentir de algo tan invisible-; o la presencia de jerarquías sociales que se percibían en lo cotidiano, en la estructura de una ciudad. Todo ello se articula como fragmentos que completan una memoria en construcción del pasado histórico reciente de Melilla, aunque hoy parezca lejano.
Pero si hay un hilo que atraviesa todo el documental es la manera de mirar. Una mirada que el propio Salama define desde la contradicción. “La única manera que entiendo de amar es con contradicciones”, señala Amar Melilla implica, en su caso, también cuestionarla, señalar sus tensiones, sus límites, sus zonas de sombra. No hay idealización, sino una relación compleja que se construye desde la experiencia y la conciencia del cambio. Del volver, del remover, del sentir y obervar.
Esa misma complejidad se traslada a la identidad familiar y personal. Lejos de definiciones cerradas, el director se reconoce como “judío laico y crítico”, y plantea la identidad como una suma de capas, no como una etiqueta única. Una construcción que se alimenta de la memoria, de la cultura, de las vivencias personales y colectivas. En ese sentido, el documental no solo revisita la historia de una familia judía en Melilla, sino que abre una reflexión más amplia sobre cómo nos definimos y cómo nos relacionamos con aquellos elementos culturales que nos han acompañado, pero no necesariamente delimitado.
El cine, en este proceso, funciona como herramienta esencial. No solo como lenguaje, sino como forma de comprensión. Como lo fue en su infancia, cuando junto a su hermano filmaba pequeñas piezas que nacían del juego y de la curiosidad, o como lo es ahora, convertido en el vehículo para ordenar una vida. Una práctica que dialoga con otras expresiones presentes en su entorno familiar: el teatro lo fue en su hermano, la literatura en su sobrina, la música en su hijo, el cine en su hija. Todas ellas nacidas de un mismo impulso: el de una cotidianeidad donde el arte no era excepción, sino parte de la vida doméstica. Donde el diálogo sostenía las relaciones y profundizaba los vínculos, pero también constituían parte esencial para desarrollar la capacidad crítica, la curiosidad intelectual.
Esa raíz cultural se vincula también con una juventud atravesada por la necesidad de imaginar otros horizontes. Una generación que, desde espacios como Melilla, buscaba formas de escapar de la rigidez de una España marcada por la dictadura. El cine, el teatro o la literatura no eran solo aficiones, sino herramientas de expresión, de búsqueda, de construcción de un futuro distinto. “Era nuestra forma de huir de aquella España gris”, recuerda Salama. El documental recoge también ese contraste entre lo soñado y lo acontecido. Entre aquella Melilla proyectada desde el idealismo juvenil y la ciudad que ha ido transformándose con el paso del tiempo. Un cambio que no se juzga, pero que sí se observa, se registra y se cuestiona desde la experiencia.
En ese proceso, el duelo ocupa un lugar central. La muerte de su hermano pequeño —a la que define como un “terremoto emocional”— y la de su madre aparecen como heridas que atraviesan el relato y que durante años quedaron en suspenso. No sea tu falta surge, en parte, de esa necesidad de enfrentarse a lo pendiente, de revisitar los espacios vacíos, de reconstruir desde la ausencia.
Las reseñas especializadas han destacado precisamente esa combinación entre lo íntimo y lo universal. El escritor Antonio Muñoz Molina subraya que la obra “me ha enseñado cosas que no sabía sobre la vida judía en Melilla” y la define como “otra forma de literatura memorial”, mientras que el cineasta David Trueba pone el foco en la capacidad del director para “buscarse a sí mismo” a través de las imágenes. En una línea similar, distintas críticas coinciden en señalar el carácter emotivo, delicado y profundamente humano del documental.
El título, heredado de una expresión que repetía su madre, sintetiza ese vínculo con la ausencia: no estar, pero seguir presente. Una idea que atraviesa toda la película y que encuentra en el cine su forma de permanencia.
Con su llegada a Filmin, No sea tu falta no cierra su recorrido, sino que lo amplía. Permite que esa memoria —construida desde un balcón, desde unos archivos, desde una historia familiar y de amistades— continúe desplegándose ante nuevas miradas. Y que Melilla, desde esa complejidad hecha de capas, contradicciones y afectos, vuelva a ser narrada sin edulcorantes.
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