Cuando pensamos en protegernos del sol en verano, lo primero que se nos viene a la cabeza es la piel. La radiación solar, el viento, la arena y los productos químicos de piscinas pueden provocar daños importantes en nuestros ojos. Pero, como advierte la oftalmóloga Teresa Sagrario en declaraciones a El Faro de Melilla, los ojos son también una de las partes más vulnerables del cuerpo durante los meses estivales.
"La salud ocular en verano es crucial. El ojo está expuesto a múltiples factores como el sol, el viento o la arena", explica. Estas condiciones no solo generan molestias temporales, sino que pueden desencadenar patologías serias que, de no ser tratadas, podrían afectar la visión a largo plazo.
Una de las amenazas veraniegas para los ojos es la radiación ultravioleta (UV). Aunque no la veamos, la radiación solar penetra incluso en días nublados y puede afectar a distintas estructuras del ojo.
"Puede producir patologías como la fotoconjuntivitis, que es una inflamación de la conjuntiva, una capa del ojo. Esta inflamación puede tener causas solares alérgicas -por los pólenes y gramíneas típicas de esta época- o químicas, como el cloro de las piscinas", afirma Sagrario.
Pero los efectos no se quedan ahí. La especialista destaca que una exposición prolongada al sol puede acelerar el desarrollo de cataratas -una opacidad del cristalino- y contribuir a la degeneración macular, una enfermedad que afecta a la zona central de la retina y puede provocar pérdida de visión. "La mácula es muy sensible a la radiación ultravioleta", advierte.
Otra patología frecuente es el pterigium, una especie de membrana carnosa que crece en la conjuntiva y puede invadir la córnea. "Se presenta con mayor frecuencia en países cercanos al ecuador, con alta exposición solar, como es el caso del nuestro", señala la doctora.
Ante todos estos riesgos, la primera línea de defensa es clara: las gafas de sol. "Son muy recomendables incluso en días nublados. Está demostrado que la radiación ultravioleta penetra y puede dañar los ojos", recalca la oftalmóloga.
No todas las gafas, sin embargo, ofrecen la protección adecuada. "Es fundamental que sean gafas homologadas por la Comunidad Europea, con protección 100% frente a rayos UVA y UVB", subraya. El color oscuro del cristal no es sinónimo de eficacia, y por eso hay que asegurarse de que las lentes estén debidamente certificadas.
Además, Sagrario recomienda las gafas polarizadas, especialmente útiles para reducir el deslumbramiento en actividades acuáticas como la navegación o el baño en la playa, donde el reflejo del sol en el agua intensifica la radiación.
"También es valorable que tengan protección lateral, sobre todo en personas que pasan muchas horas al aire libre", añade.
Una situación muy común durante las jornadas playeras es que la arena entre en los ojos. Aunque puede parecer una molestia menor, si no se actúa correctamente, puede derivar en complicaciones como úlceras corneales.
"La primera norma es no frotar los ojos. La arena puede arañar la córnea y causar lesiones graves", advierte Sagrario. En lugar de frotar, lo adecuado es enjuagar rápidamente los ojos, idealmente con suero fisiológico a chorro, o en su defecto, con agua limpia y abundante.
Después del lavado, se recomienda el uso de lágrimas artificiales, que pueden adquirirse sin receta en farmacias. "Si tras estas medidas siguen las molestias, hay que acudir al oftalmólogo, porque puede haber cuerpos extraños atrapados bajo el párpado que deben ser retirados en consulta", puntualiza.
El verano también es sinónimo de piscina, y con ella llega otro enemigo para la salud ocular: el cloro. Este producto químico, indispensable para mantener el agua limpia, puede tener efectos adversos en nuestros ojos.
"El cloro puede producir conjuntivitis química, con síntomas como ojo rojo, sensación de arenilla, quemazón e incluso secreción acuosa", explica la especialista. En los casos más graves, puede llegar a dañar la córnea.
La mejor medida preventiva es sencilla: usar gafas de natación. "Incluso aunque no se practique natación de forma intensiva. Las gafas protegen del cloro, de las bacterias y reducen el riesgo de irritación e infecciones oculares", detalla Sagrario.
Los más pequeños disfrutan especialmente de la playa y la piscina pero también son más vulnerables a los problemas oculares del verano. Por eso, la doctora recomienda extremar las precauciones en la infancia.
"Es importante que los niños usen gafas de natación bien ajustadas pero sin apretar en exceso. Deben cubrir los ojos correctamente sin generar presión excesiva", señala.
También aconseja evitar que los niños compartan toallas u objetos para secarse la cara, ya que estos pueden transmitir gérmenes causantes de infecciones. Y lo más importante: enseñarles a no frotarse los ojos, una costumbre difícil de erradicar pero clave para prevenir complicaciones.
"Si tienen picor o escozor, lo primero es enjuagar los ojos con agua dulce. Y si los síntomas persisten, deben acudir al especialista para una revisión", concluye.
En definitiva, disfrutar del verano no tiene por qué suponer un riesgo para la salud ocular si se siguen unas pautas básicas de prevención. Usar gafas de sol homologadas, proteger los ojos del cloro y la arena, y actuar con rapidez ante cualquier molestia son hábitos sencillos que pueden evitar enfermedades y molestas innecesarios.
Como recuerda Teresa Sagrario, "los ojos no se pueden cambiar. Y cuidarlos en verano es invertir en nuestra salud visual para el futuro". Una visión clara para disfrutar del sol sin consecuencias.
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