Te paras frente a estos carteles y el tiempo se detiene. 1927, 1930, 1932, 1933... cada fecha es una ventana al alma de nuestra ciudad. Una Melilla que se vestía de gala para celebrarse a sí misma, cuando las ferias eran rituales sagrados y los programas oficiales eran obras de arte.
La exposición está ahí, discreta pero poderosa, al final de Lobera, junto al periódico. Como si los recuerdos hubieran encontrado su lugar perfecto para susurrarte al oído.
Este año la feria se siente diferente. No da calor. Se respira. Caminas y tus codos se mueven sin rozar a nadie, a lo cómodo de antes. Esa sensación antigua donde había espacio para todo: para la contemplación, para la pausa, para dejarte llevar por la nostalgia.
Cada cartel cuenta una historia. El Reina Victoria alzándose majestuoso. Las parejas elegantes mirando fuegos artificiales. Los trajes regionales posando orgullosos. La ganadería, los toros, las fiestas hispano-marroquíes... todo lo que somos, todo lo que fuimos.
Te paras, lees, sonríes sin darte cuenta. Echas los hombros hacia atrás y respiras hondo. Es como si esos artistas de hace casi cien años hubieran sabido exactamente cómo hacerte sentir en casa.
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