El inicio del curso no solo trae mochilas nuevas, libros y horarios. También es un buen momento para comprobar que los niños ven bien. Porque un problema de visión puede terminar afectando a algo tan importante como su aprendizaje y, muchas veces, pasa desapercibido.
La oftalmóloga melillense Teresa Sagrario insiste en la importancia de realizar revisiones preventivas, incluso cuando el menor no se queja. Y es que los niños pueden no saber que ven mal. "Si un niño ve mal, está acostumbrado a ver mal, no nos va a avisar", explica.
La vista juega un papel fundamental en el día a día de un escolar. Leer un libro, copiar de la pizarra, escribir o concentrarse durante una clase exige un buen funcionamiento visual. "Para poder aprender y concentrarse y disfrutar de sus estudios es muy importante que la visión esté correcta", señala Sagrario.
Pero, ¿cómo pueden saber los padres que su hijo necesita una revisión? Hay pequeños gestos que pueden dar la pista.
Acercarse demasiado a los libros o a las pantallas. Guiñar los ojos. Entrecerrarlos para intentar ver mejor. También los dolores de cabeza frecuentes o las migrañas. Son algunas de las señales que pueden indicar que existe un problema de graduación.
Y hay más. Parpadear demasiado, tener dificultades para leer o no ver bien la pizarra también deben poner en alerta a las familias. Sagrario explica que incluso que un niño se salte palabras o líneas mientras lee puede ser un síntoma relacionado con algún defecto visual, como el astigmatismo.
Los profesores también tienen un papel importante. Pasan muchas horas con los menores y pueden detectar cambios o dificultades que en casa no siempre se ven.
No todos los problemas tienen que ver con las gafas. La oftalmóloga recuerda que también existen patologías como el estrabismo. Si los padres observan que el niño tuerce los ojos, deben acudir a un especialista.
Sagrario sitúa en los tres años, coincidiendo con el inicio de la escolarización, una primera revisión especialmente importante.
"La primera revisión de la vista tiene que ser al inicio de la escolarización, es decir, a los tres años", apunta.
Y hay otra fecha que no conviene pasar por alto: los nueve años. Antes de llegar a esa edad, el menor debería haberse sometido al menos a una revisión oftalmológica.
La razón está en el desarrollo visual. La visión adulta se alcanza alrededor de los nueve años. Si existe un ojo vago, una diferencia importante de graduación entre ambos ojos o alguna otra alteración, detectarlo a tiempo resulta fundamental.
En el caso de la ambliopía, conocida popularmente como ojo vago, el margen de actuación es especialmente importante. "Si no se tiene un diagnóstico antes de los nueve años de edad, esa ambliopía, ese ojo vago, no tiene solución ni con parche ni con nada", advierte.
Por eso, esperar a que el niño diga que no ve bien no es una buena estrategia.
Entre los problemas visuales más frecuentes en la infancia destaca la miopía. Y el aumento del tiempo que los menores pasan delante de pantallas preocupa a los especialistas.
Tabletas, teléfonos móviles y ordenadores forman ya parte de la rutina diaria. Por eso, además de controlar su uso, Sagrario recomienda cuidar la llamada ergonomía visual.
La habitación debe estar bien iluminada cuando el niño estudia. Nada de hacerlo a oscuras. Y, cuando se utilizan pantallas, hay que realizar descansos visuales. Mirar a lo lejos y cambiar de actividad ayuda a que la acomodación no se mantenga forzada durante demasiado tiempo.
El objetivo es evitar molestias como dolores de cabeza y problemas de acomodación.
Ante una sospecha, Sagrario recomienda acudir directamente al oftalmólogo. Una óptica puede servir para realizar una primera revisión o cribado, pero una valoración completa requiere exploraciones que no siempre pueden hacerse allí.
Y después de la primera visita, toca mantener el control. En su consulta, explica, los niños realizan revisiones una vez al año. Porque la visión también cambia con el crecimiento.
Un niño puede tener tres años y no presentar ningún defecto. Y unos años después desarrollar una graduación.
Por eso, con el comienzo de las clases, revisar la vista no debería quedar en segundo plano. A veces basta con una revisión para descubrir algo que el propio niño ni siquiera sabía que le estaba pasando.
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