Desde ayer Melilla cuenta formalmente con un nuevo vicario: Roberto Rojo Aguado, hasta ahora párroco en Marbella, sustituye en el puesto a Juan Manuel Barreiro, quien de especial y diferente ha tenido su pertenencia a Melilla como un hijo más de esta tierra. Barreiro, que como ayer recordó el obispo Jesús Catalá, fue el “último chafarino”, porque con él nació en el archipiélago el último de los miembros de la colonia que durante décadas pobló y dio vida a las Islas Chafarinas, vino a esta ciudad muy pequeño y aunque chafarinense o chafarino de nacimiento, ha sido finalmente un melillense más.
La circunstancia sin duda le ha ayudado y sobre todo le ha permitido hacer su labor parroquial en su propia tierra, para orgullo y suerte tanto de él como nuestra.
El anterior vicario se marcha de nuevo de misionero a tierras del río Orinoco, en Venezuela. Un gran contraste que, no obstante, como él mismo dijo anoche, permite que algo de Melilla marche también a tierras venezolanas.
Deseamos a Juan Manuel Barreiro lo mejor en su difícil y nuevo encargo como sacerdote, y también deseamos al nuevo vicario que siga la senda de su antecesor, en materia de diálogo interreligioso en una ciudad tan creyente como plural y respetuosa confesionalmente. No en vano, la labor de la Iglesia católica, a través de Cáritas, es tan social como universal en beneficio de todos los necesitados, sin distinción por cuestión de credo o cualquier otra circunstancia.
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