En vísperas del XVI Conversatorio de La Casa de la Palabra en la UNED de Melilla —coordinado por Mohamed Hammu y celebrado finalmente este jueves a las 18:00 horas—, Quan Zhou Wu compartió algunas de las ideas que iban a atravesar su intervención: la identidad como experiencia cotidiana, el peso de la mirada ajena y la necesidad de dejar de tratar la diversidad como si fuera un asunto que “se gestiona solo”.
Quan Zhou (Algeciras, 1989) llega a Melilla con un perfil difícil de encerrar en una sola casilla. Es artista multidisciplinar, novelista gráfica, podcaster y ponente. Ha publicado cinco libros y ha colaborado con medios como Píkara Magazine, El País, eldiario.es o Vogue. Además, conduce el podcast Movidas Varias (eldiario.es), un espacio en el que se escuchan voces procedentes de minorías. Su trabajo, sin embargo, no se explica únicamente por el currículum, sino por la manera en que ha hecho de lo vivido —lo familiar, lo urbano, lo íntimo— un material narrativo que conecta con debates sociales más amplios.
Ese punto de partida aparece de forma muy clara cuando habla de Gazpacho agridulce: Una autobiografía chino-andaluza (Astiberri, 2015), su debut y el libro con el que mucha gente la identifica todavía. Quan Zhou no reniega de esa obra; al contrario, reivindica que el título “ha envejecido muy bien” y que sigue siendo una síntesis eficaz de su mundo. La historia de cómo nació ese nombre tiene algo de impulso y de intuición: buscaba cómo llamar a sus cómics online, le dio vueltas durante mucho tiempo y un día, en un autobús, apareció la combinación. Lo explicó con una lógica muy suya, sencilla y directa: le encanta comer, su familia tenía un restaurante, y de ahí “Gazpacho agridulce”. Una mezcla que, como suele decirse en inglés, es “self explanatory”, que se entiende sola.
Pero enseguida introduce un matiz importante: ella no es “solo” Gazpacho agridulce. Es Quan Zhou, con muchas obras y muchas inquietudes. Y, al hablar de evolución, prefiere imaginarse subiendo una montaña: no se ve el pico, pero se avanza. En ese ascenso, contó, también tuvo que romper con expectativas que parecían cómodas desde fuera. Durante un tiempo pensó que “tenía que hacer humor” porque le había funcionado bien. Hasta que se dio cuenta de que esa idea empezaba a encerrarla. Un día alguien la llamó “humorista” y la palabra le chirrió. No por negar el humor, sino por lo que implica cuando se convierte en etiqueta única: “yo utilizo el humor como herramienta”, no como una jaula que deje fuera el drama, la melancolía o la denuncia.
Esa misma resistencia a ser reducida a un papel aparece cuando habla de identidad y de cómo la sociedad decide quién es “de aquí” y quién queda condenado a la eterna pregunta. En su caso, la escena se repite en distintos lugares, pero incide en España: a menudo le hablan en inglés y, una y otra vez, le niegan la posibilidad de ser “nunca española”. Le dicen cubana, le dicen cualquier cosa, menos local. Y eso, explicó, no es una anécdota suelta: es un patrón. Ella misma lo vive como una hipótesis que no le gustaría confirmar, pero que se le impone por repetición: ¿en qué momento se normaliza la pertenencia de los hijos e hijas de familias migrantes? ¿O acaso “nunca vamos a ser locales”?
En su reflexión, el “fenotipo” y la lectura que se hace de él pesa más de lo que suele admitirse. A veces, dice, hay lugares donde “da absolutamente igual”. En otros, en cambio, marca la conversación desde el primer segundo. Incluso cuando se mueve por países del norte global, donde trabaja durante temporadas, no siente que esté “arriba”, en el lugar cómodo del turista: sigue siendo la migrante que trabaja. Ese matiz le importa porque rompe el cliché del viaje como privilegio homogéneo. No todo viaje es igual, ni todo cuerpo viaja igual, ni toda identidad es recibida igual.
Desde ahí se enlaza con La agridolce vita (2023), donde vuelve al cómic autobiográfico para narrar un año nómada fuera de Madrid. El punto de arranque no es una postal, sino el cansancio. Después de la pandemia, contó, se hartó de su vida en la capital: de la rutina, de una forma de estar que ya no le servía. Y decide irse. Lo que iba a ser una cosa termina ampliándose y llevándola por distintos países, pero la clave no está en la lista de destinos, sino en lo que ocurre por dentro: qué se descubre viajando sola y cómo se mira el mundo cuando una no encaja en el molde de “protagonista universal”.
Ahí Quan Zhou introduce una crítica muy reconocible: la tradición de relatos del “señor blanco” que viaja solo por el mundo y, de algún modo, lo interpreta todo como si su mirada fuera la medida de las cosas. Frente a esa narrativa, ella lanza una pregunta que busca abrir el marco: “¿por qué el sujeto universal de poder no puede ser una mujer? ¿Y por qué no puede ser una mujer china?”. En esa doble pregunta se condensa su apuesta: no pedir permiso para existir en el centro del relato, ni aceptar que lo universal tenga un único rostro.
Y cuando el tema es el racismo, su postura es todavía más clara. Hablar de lo racial no es, para ella, un “nicho”. Lo repite porque ha escuchado la crítica contraria demasiadas veces: “es que tú siempre hablas de chino y de chino y de chino”. Su respuesta aparece en forma de desacato: “¿yo tengo que ocultar que soy china para ser literatura universal?”. Y remata con una imagen muy concreta, casi televisiva, sobre quién se acepta como “voz universal”: si el modelo es la mujer rubia ejecutiva que viaja en las películas, ¿por qué ese papel no podría ocuparlo ella? La pregunta no es solo estética; señala una jerarquía cultural instalada y repetida.
En ese punto, la conversación se amplía hacia la política, especialmente en materia de migración y convivencia. Quan Zhou introduce una alerta: no se trata solo de que el proceso sea reciente, sino de cómo lo han gestionado “medios, instituciones y políticos”. Para ella, es una falacia pensar que la diversidad se gestiona sola. Si la diversidad crece, defendió, hacen falta políticas que la gestionen. Y ahí marcó una ausencia: esas políticas, dijo, “no están pasando”, mientras crece el reparto de odio y se normalizan ciertos discursos que convierten a parte de la ciudadanía en sospechosa permanente.
En Melilla, antes incluso de subir al escenario del conversatorio, Quan Zhou ya dejaba claro su método: partir de lo cotidiano para hablar de lo estructural. Lo humano como detonante —una escena, una frase, una pregunta repetida— y, a partir de ahí, levantar un relato que no se limita a contar lo que le pasa a ella, sino lo que dice de todos nosotros. En el marco de La Casa de la Palabra, coordinada por Mohamed Hammu, su presencia se entendía así: como una invitación a mirar de frente cómo se construyen los “de aquí” y los “de fuera”, y a preguntarse, por fin, qué políticas, qué relatos y qué responsabilidades hacen falta para que la diversidad no sea un eslogan.








