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Pantallas e infancia: El coste invisible de la hiperconectividad

Expertos en desarrollo infantil alertan del impacto de las pantallas e invitan revisar su papel en las primeras etapas de aprendizaje

La escena es cotidiana: Niños cada vez más pequeños deslizando el dedo por una pantalla antes incluso de aprender a escribir. Lo que durante años se presentó como sinónimo de modernidad educativa empieza a ser cuestionado por la evidencia científica y por la experiencia directa en las aulas. Hoy, el debate ya no es si la tecnología debe estar presente, sino cuándo, cómo y cuánto.

Expertos en educación alertan de que la exposición temprana e intensiva a dispositivos digitales está alterando procesos clave del desarrollo infantil: desde la atención hasta la memoria, pasando por la regulación emocional. Y algunas instituciones educativas están tomando decisiones que rompen con la tendencia dominante.

Ese diseño persuasivo —scroll infinito, reproducción automática, recompensas variables— no solo capta la atención, sino que la fragmenta. La multitarea digital, lejos de mejorar el rendimiento, lo deteriora.

El resultado: Dificultades crecientes para sostener la concentración, menor tolerancia a la frustración y una tendencia a buscar gratificación inmediata frente al esfuerzo prolongado.

El declive de la lectura profunda, la imaginación y la creatividad

Uno de los efectos menos visibles, pero más preocupantes, es el impacto en la creatividad. Frente a los estímulos cerrados de las pantallas, el juego libre, la lectura o la escucha de historias obligan al niño a generar imágenes mentales propias.

Estudios recientes muestran que la comprensión lectora y la retención de información son mayores en formatos físicos que digitales. La escritura manual, además, activa conexiones neuronales que favorecen el aprendizaje significativo.

El giro inesperado de los sistemas más digitalizados

El caso de Finlandia resulta especialmente revelador. Tras años liderando la digitalización educativa en Europa y sirviendo de modelo internacional, el país nórdico ha registrado una caída de 26 puntos en comprensión lectora desde el año 2000, lo que equivale aproximadamente a casi un curso escolar completo de aprendizaje, según las escalas utilizadas por la OCDE en los informes PISA. Paralelamente, el porcentaje de alumnado con bajo rendimiento ha aumentado de forma significativa, pasando de en torno al 8 % a más del 13 % en las evaluaciones más recientes.

Ante estos resultados, Finlandia ha comenzado a reintroducir libros físicos y a limitar el uso de pantallas en las primeras etapas educativas. A los datos se han sumado también dificultades prácticas detectadas en las aulas: distracciones constantes, tiempo dedicado a la gestión de dispositivos y una menor calidad del vínculo entre profesor y alumno.

España tampoco es ajena a esta tendencia. En el último informe PISA, la comprensión lectora volvió a descender y se sitúa en uno de sus niveles más bajos de los últimos años, en un contexto de caída generalizada del rendimiento tras la pandemia.

Más allá del rendimiento académico, la hiperconectividad está afectando a la dimensión social del aprendizaje. La interacción cara a cara, clave para el desarrollo emocional, se ve desplazada por relaciones mediadas por pantallas.

Riesgos de la sobreexposición

Los efectos no se limitan al entorno escolar. Entre los principales riesgos asociados al uso excesivo de pantallas en menores destacan: Problemas de atención y memoria, alteraciones del sueño, aumento del sedentarismo y problemas de salud asociados, acceso a contenidos inapropiados o traumáticos, aislamiento social, baja autoestima y cambios de humor; así como una mayor riesgo de adicción digital.

Además, el consumo de contenidos con ritmos extremadamente rápidos —muy por encima de la animación tradicional— está generando una sobreestimulación del sistema nervioso infantil, dificultando que los niños encuentren interés en actividades cotidianas.

Frente a este escenario, algunas instituciones educativas están optando por retrasar la introducción de la tecnología y priorizar el desarrollo sensorial, motor y social en las primeras etapas.

El enfoque pasa por fomentar el uso activo y creativo de las pantallas —programación, creación de contenido, aprendizaje interactivo— frente al consumo pasivo.

Claves para familias: límites claros en un entorno sin límites

Los expertos coinciden en que la educación digital comienza en casa. Algunas recomendaciones clave: Evitar pantallas en menores de 6 años, limitar a menos de 1 hora diaria entre 6 y 12 años, retrasar el acceso a smartphones personales de los 14 a los 16 años, utilizarlos en zonas comunes (fuera de las habitaciones y baños) y establecer momentos libres de pantallas (comidas, antes de dormir) estableciendo normas familiares claras; priorizar el acompañamiento adulto en el consumo digital, fomentar el ejercicio físico diario y educar en seguridad digital, privacidad y uso responsable.

La cuestión de fondo no es tecnológica, sino educativa. En un contexto donde la atención es el recurso más disputado, proteger el desarrollo cognitivo y emocional de los menores se ha convertido en un reto urgente.

La evidencia empieza a dibujar un mensaje claro: más tecnología no equivale necesariamente a mejor aprendizaje. Y quizás, en la era de la hiperconexión, el verdadero avance consista en saber cuándo desconectar.

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