La Feria de Melilla ha vivido en la madrugada del 3 de septiembre uno de los momentos más esperados por los más flamencos. A las 00:00 horas, la Caseta Oficial se ha convertido en un templo del fandango gracias a la voz, la emoción y la cercanía de Paco Candela, quien se sentó a la vera de los melillenses para ofrecerles un concierto inolvidable acompañado de sus músicos y un cuerpo de baile que supo aparecer en el instante justo para multiplicar la magia del escenario.
Momentos antes del concierto, los alrededores de la Caseta Oficial ya anunciaban lo que estaba por venir. Colas de melillenses, abanicos para mitigar el calor de la noche, conversaciones que giraban en torno a qué canción no podía faltar y un ambiente de expectación difícil de describir. A esa hora de la noche, la feria sigue viva, pero lo que sucedió dentro del recinto superó lo previsto. Fue un encuentro de raíces, tradición y sentimiento.
El precio popular de 5 euros permitió que la cita fuese realmente multitudinaria. Jóvenes que descubren en él una manera de acercarse al flamenco, familias que lo siguen desde hace años y mayores que encuentran en su cante la memoria de toda una vida se dieron cita para compartir una misma experiencia.
Los nervios de los presentes fueron creciendo cuando las luces se atenuaron y Candela apareció en escena. Su sola presencia arrancó una ovación que se prolongó varios minutos, como si el público quisiera darle las gracias antes incluso de que sonara la primera nota.
El de Mairena del Aljarafe tiene un don especial. Canta como quien conversa, como quien se sienta a la mesa con amigos. Por eso, su actuación en Melilla ha sido algo más que un recital. Cada verso, cada giro de voz, parecía pensado para llegar directo al corazón de quienes lo escuchaban.
Interpretó un repertorio variado, en el que no faltaron sus grandes éxitos, cantes por fandangos, sevillanas, rumbas y baladas flamencas que levantaron al público de sus asientos. Candela demostró una vez más lo que él mismo ha declarado en entrevistas. “Hay que apostar y arriesgar, el que se equivoca es el que lo intenta”. Ese espíritu de autenticidad y valentía estuvo presente en cada interpretación.
No estaba solo en este viaje. Un grupo de músicos de gran calidad lo arropó con un sonido impecable, tejiendo un acompañamiento que iba de la delicadeza al desgarro con maestría. A su lado, las guitarras flamencas pusieron la hondura, el cajón marcó el compás con precisión y las palmas completaron el aire festivo.
Candela ha sabido conectar con la ciudad desde el primer momento. “Es un honor cantar aquí, en esta tierra tan especial”, dijo entre canción y canción, provocando otra oleada de aplausos. La frase no fue una cortesía más. Durante todo el concierto se notó que había una entrega sincera, un deseo de ofrecer lo mejor de sí mismo a una ciudad que lo recibió como a uno de los suyos.
La Caseta Oficial vibró con cada tema, y el público respondió con palmas por bulerías, vítores y coros improvisados. Hubo quien lloró en silencio con las letras más sentidas, y quien no dejó de bailar con las piezas más alegres. Ese equilibrio entre la emoción y la fiesta es, quizá, una de las grandes virtudes de Paco Candela.
La Feria de Melilla, que cada año combina tradición y modernidad, ha encontrado en esta actuación una de sus cumbres. El concierto de Candela se sumó a un cartel que ya había traído a artistas como Merche, Antoñito Molina, pero lo suyo tuvo un sabor especial. Fue la noche en que el flamenco ocupó el centro de la fiesta, la noche en que lo popular y lo hondo caminaron de la mano.
El propio ambiente ferial, con sus luces, sus aromas a comida típica y la alegría que se respira en cada rincón, fue el marco perfecto para un concierto que quedará en la memoria de los melillenses. Hubo quien salió diciendo que había merecido la pena esperar la medianoche, porque lo que sucedió en la Caseta Oficial no se repetirá fácilmente.
Pasada más de hora y media de actuación, Candela se despidió con la misma cercanía con la que había comenzado. Saludó uno a uno a sus músicos, agradeció al público su entrega y prometió volver. La ovación final fue ensordecedora, y muchos permanecieron allí parados, como si no quisieran dejarlo marchar.
En la madrugada melillense quedó flotando algo más que música. Paco Candela no solo dio un concierto. Se sentó a la vera de Melilla, y Melilla lo acogió con el cariño que se reserva a los grandes.
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