Espido Freire, escritora
“Cada país que visito es solo otra versión de aquel prado desaparecido, de aquel pueblo borrado por el agua, de aquella esquina donde jugaba de la que ya no queda ni el viejo roble”, escribe Espido Freire en su último libro-guía de “lugares que ya no existen”, Premio Eurostarts Hotels de Narrativa de Viajes 2025.
-“En algún momento cumplí mi palabra y me marché de la tierra en la que nací. Fue mucho tiempo después de saber que yo ya no pertenecía ni a Álava, ni a Vizcaya, ni a los valles en los que había crecido, sino a los paísajes que creaba y que inventaba en mi cabeza. Me costó marcharme de allí: no me engañaba con el pensamiento indulgente de que solo serían unos años, y que regresaría a lo que había conocido. No, y volvería de vez en cuando, pero ya no sería para pertencecer a mi tierra, sino para hablarle a otros de ella, para mostrarla e intentar entenderla de nuevo”... Usted no pertenece a ninguna ciudad...
-Quiero decir que no siento que mi identidad dependa de un único lugar. He vivido, viajado y trabajado en muchos espacios distintos, y eso me ha dado una relación más abierta con los lugares. Soy hija de emigrantes. Mi tatarabuelo viajó a Nueva York en su juventud, trabajó allí y regresó a Galicia para casarse con mi tatarabuela, varias de mi tías abuelas emigraron a Argentina o a Cuba, de manera que la inquietud viene de lejos. Me siento vinculada a varios lugares, pero no limitada por ninguno. Es una forma de libertad, pero también implica aceptar cierta falta de raíces fijas.
-“La primera novela que escribí tomó forma en un tren, el medio que prefiero si debo viajar, y más aún si debo hacerlo sola. Durante muchos años, en aquellas tardes lentas y sombrías, cuando las luces delineaban la ciudad a lo lejos, recorría sentada junto a la ventanilla el trayecto que une mi pueblo con Bilbao”... ¿Le gusta viajar para contar?
-Sí, aunque no viajo solo con esa intención. El viaje me despierta, me obliga a estar atenta, a mirar con más precisión. Después, casi sin darme cuenta, esa experiencia se convierte en relato. No siento que primero viaje y luego escriba: ambas cosas se entrelazan de forma muy natural.
-“Aterricé en Damasco el 12 de febrero de 2022, cuando la noche ya se entremezclaba con el polvo: las ciudades desconocias parecen idénticas en la oscuridad, sobre todo en la tierra de nadie que se extiende entre el aeropuerto y los primeros arrabales, durante eso momentos en los que olor del país nuevo nos golpea si que podamos aún decidir si nos gusta o no, y en el que el sueño la desorientación han convertido el tiempo en una sustancia pastosa que desgranamos entre los dedos”...¿Los viajes alimentan su escritura?
-La alimentan, sí, como alimentan mi vida o mi pensamiento. Cambian el ritmo, amplían la mirada y me sacan de lo conocido. Un paisaje nuevo, una conversación inesperada o un gesto cotidiano en otro país abren caminos que luego aparecen en los textos. No siempre de forma directa, pero sí como un poso que transforma la manera de escribir.
-“Hay lugares que no existen sencillamente porque no los vemos, donde la miseria y la pobreza se enquistan y se devoran. Para hablar de ellos, de mis viajes, me traje la memoria candente del más pobre de ellos Ghana”... ¿En qué ciudad se ha inspirado más?
-No podría quedarme con una sola. Hay ciudades que dejan huella por motivos distintos: algunas por su historia, otras por su atmósfera o por lo que una vive en ellas. Quizá las ciudades del norte de Europa, o ciertos lugares de Inglaterra, han sido especialmente fértiles para mí, pero la inspiración no depende tanto del lugar como de la mirada con la que llegas a él. Bilbao ha sido esencial, pero también el rural gallego...
-“Agatha Cristie llegó a Harrogate envuelta en su proprio enigma. Desapareció una noche fría de diciembre y fue hallada días mas tarde en el spa hotel de esta ciudad, registrada bajo un nombre falso; leía los periódicos que hablaban de su desaparición y escuchaba cómo la orquesta de salón tocaba valses lentos. ¿Qué buscaba? ¿Qué había perdido? ¿Qué necesitaba esconder, o quizá olvidar?”... ¿Qué libro de viajes le apasiona más?
-Me interesan mucho los libros que van más allá de la descripción y consiguen transmitir una experiencia interior. Stefan Zweig, por ejemplo, tiene textos de viaje muy sutiles, y también me atraen los diarios o las obras híbridas, donde el viaje es una excusa para reflexionar sobre el mundo y sobre uno mismo. Cees Noteboom es otra de mis referencias.
-“Cuando era niña aprendí, con una trsiteza que entones no sabía nombrar, que los luagres pueden desvanecerse, que no basta con haber vivido en ellos, con haberlos amado, con haberlos dibujado en la memoria: hay tierras que desaparecen sin hacer ruido, sin que nadie se entere. Aprendí que no estaban clavadas en el mundo como anclas, sino que flotaban apenas sujetas por los hilos del recuerdo”. ¿La nostalgia es en su caso una fuente de inspiración?
-La nostalgia está presente, es una compañera evanescente y muy fiel, pero no es el centro de mi vida. Me interesa más la conciencia del paso del tiempo y de cómo los lugares cambian, desaparecen o se transforman. No escribo desde el lamento, sino desde la observación. La nostalgia, en ese sentido, puede ser un punto de partida, pero lo que realmente me mueve es entender qué permanece y qué se pierde.
“He recorrido mucho desde entonces. Más de lo que aquella niña habría imaginado. Pero sigo sabiendo lo mismo que hay que prestar atención, que hay que cuidar los lugares con la devolción con la que se cuida a un enfermo. Que el mundo pese a su peso y suedad, es frágil como un vaso antiguo. Y que, a veces, no queda más que decir adiós, y marchar hacia otro lugar que aún no existe”.
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