Hay ciudades que uno visita para hacerse fotos. Y hay ciudades que te visitan a ti, que se te meten dentro y ya no hay manera de quitárselas de encima. Melilla es de las segundas, aunque sea la más pequeña. Doce kilómetros cuadrados donde caben más disparates por metro cuadrado que en toda la geografía española junta.
Empecemos por lo básico: ¿dónde más en Europa puedes pagar el café con dirhams ? En Melilla sacas moneda marroquí del bolsillo y la vida sigue igual. Es como si el dinero aquí también tuviera doble nacionalidad, como esas personas afortunadas que tienen dos pasaportes y pueden elegir país según les convenga.
Porque resulta que esta ciudad ha convertido la esquizofrenia geográfica en una forma de arte. Fijaos en su equipo de fútbol: juega en ligas españolas, pero sus jugadores pueden representar a Marruecos en competiciones internacionales. Es el único lugar del mundo donde el balón tiene crisis de identidad y nadie se inmuta. "¿Tú de qué selección eres?" "Pues depende del día que me pilles."
Miguel de Cervantes anduvo por aquí cuando aún era soldado raso, mucho antes de inventarse al Quijote. El pobre no sabía que estaba pisando la única ciudad española donde no hace falta confundir molinos con gigantes porque aquí ya todo es de por sí alucinante. Quinientos años después, los archivos militares de Melilla guardan cartas de soldados que escribían como poetas y poetas que parecían soldados. Es el único archivo castrense del mundo donde uno va a consultar documentación militar y sale con ganas de escribir sonetos.
Y es que Melilla ostenta un récord que da vértigo: es la única ciudad europea que ha inspirado literatura en cuatro idiomas diferentes. Español, árabe, bereber y hebreo han florecido aquí como si las lenguas fueran flores que se riegan con la misma agua. Es una Torre de Babel al revés, donde en lugar de confundirse, los idiomas se hacen carantoñas en cada esquina.
Caminas por sus calles y escuchas una sinfonía religiosa que no se da en ningún otro sitio del planeta. El muecín, las campanas católicas, el shofar judío y los mantras hindúes creando la banda sonora más multicultural del Mediterráneo. Es como si alguien hubiera decidido meter todas las religiones del mundo en una coctelera y servirlas en doce kilómetros cuadrados. El resultado: la ciudad más espiritual de España, donde la fe no divide, sino que multiplica.
Luego está esa cosa tan melillense de hacer excursiones combinadas España-Marruecos en el mismo día. Desayunas café con leche en territorio español y almorzas tajín a pocos kilómetros, en África. Es el único lugar del mundo donde puedes decir "me voy al continente de enfrente a por el pan" y nadie te toma por loco.
En el Barrio Industrial, que los lugareños llaman "La América Chica" con esa ironía tan nuestra, las antiguas fábricas son ahora fantasmas de ladrillo que susurran historias de cuando aquí se soñaba en grande. Eran los tiempos en que las chimeneas escribían con humo el futuro de Melilla. Ahora son ruinas pintorescas que dan melancolía industrial a esta sinfonía de culturas.
Y bajo tierra, escondidas como secretos de familia, las cuevas que se reabrieron en 1921 guardan la memoria subterránea de la ciudad. Es la Melilla que no sale en las postales, la que conocen solo los que saben que las mejores historias siempre están un poquito escondidas.
Al final, Melilla es la demostración de que España, cuando se lo propone, puede ser el país más surrealista de Europa. Aquí han conseguido que la frontera no separe, sino que una. Que la diferencia no divida, sino que enriquezca. Que doce kilómetros cuadrados contengan más mundo que continentes enteros.
Como decía el cronista local que mejor conoce esta ciudad: "Aquí prospera la historia que cae casi en el olvido". Pues nada, a rescatarla. Porque Melilla no se explica, se vive. Como se vive el buen vino, como se viven las buenas conversaciones, como se viven todas las cosas importantes de este mundo.
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