Si hubiera que trazar un mapa rápido del uso de redes sociales en Melilla, aparecería un panorama claramente definido: WhatsApp es omnipresente y, aunque muchos no la perciban como una “red social” al uso, cumple esa función a través de sus numerosos grupos familiares, laborales, de barrio, de asociaciones, de deporte, de padres y madres o de amigos, hasta el punto de convertirse en el canal que nadie se plantea abandonar; Instagram se ha consolidado como el gran escaparate visual de la ciudad, donde se comparten fotos de playas, puestas de sol, vestimenta, platos de restaurantes, campañas de comercios y, en general, historias sobre el día a día; TikTok se ha convertido en el territorio del entretenimiento rápido y los vídeos virales, con espacio no solo para el humor, los bailes y los retos, sino también para contenidos de corte político y de opinión; Facebook mantiene una presencia relevante como espacio de anuncios vecinales, compraventa, difusión de eventos, actividad de colectivos y debates más extensos, una red que muchos, siguen utilizando para informarse de recogidas solidarias, protestas o actividades culturales; y, junto a ellas, gana peso una red más silenciosa pero en expansión, X (antiguo Twitter), donde se concentran perfiles más politizados, activistas, periodistas y personas muy pendientes de la actualidad, y desde la que se comentan en tiempo real debates del Congreso, decisiones sobre la frontera o polémicas locales que, con frecuencia, terminan saltando al ámbito nacional.
Redes como altavoz
Un fenómeno muy visible en la ciudad es el uso de las redes para hacer denuncias públicas. Basura acumulada, socavones en la calzada, cortes de luz, problemas en el transporte, altercados en la calle, supuestos robos... todo puede convertirse en contenido.
"Si no lo subes, parece que nadie te escucha", opina Marta. "Yo he visto cómo, después de que se viralizaran fotos del socavón de Alfonso XXIII, lo arreglaron en pocos días. Está claro que las redes presionan".
Muchas personas comparten esta visión: sienten que las vías formales - reclamaciones, escritos, citas - son lentas y opacas, y perciben que un vídeo o una foto difundidos masivamente fuerzan la respuesta mucho más rápido. Esa sensación ha convertido a las redes en una especie de "defensor del pueblo alternativo", pero también ha abierto la puerta a excesos.
"No es lo mismo denunciar un problema de basuras que subir el rostro de alguien acusándolo de algo sin pruebas", advierte Marta. "Aquí se han visto vídeos de menores de personas en situaciones delicadas, de peleas donde nadie sabe qué pasó antes ni después. Y eso se queda ahí, circulando, aunque luego resulte que la historia era distinta".
Hay vecinos que confiesan haber compartido sin pensar. "A veces te llega algo tan fuerte que lo reenvías por impulso", reconoce un melillense cuyo nombre no ha querido identificar. "Solo después te planteas: ¿y si no es cierto?, ¿y si estoy dañando a alguien?".
Identidad, presión y vida editada
Las redes sociales no solo sirven para informarse o denunciar, también para construir una imagen de uno mismo. En una ciudad tan pequeña como Melilla, donde casi todos se conocen de vista, esa exposición tiene un plus de intensidad.
“Cuando subes algo, sabes que lo van a ver tus amigos, tus primos, los compañeros del instituto y hasta el panadero”, comenta Marina. “Eso hace que vigiles muchísimo lo que enseñas: la ropa, el cuerpo, dónde sales, con quién”.
Esa “vida editada” genera presión. Compararse con quienes suben viajes, fiestas, coches o cuerpos perfectos es casi inevitable. “Aunque sepas que hay filtros, que muchas fotos son posadas, te afecta”, dice. “Piensas que tu vida es más aburrida, que no estás a la altura”.
Algunos docentes de la ciudad señalan que en los centros educativos ya se habla abiertamente de salud mental y redes, de la necesidad de entender que lo que se ve en pantalla es solo una parte muy pequeña de la realidad. Sin embargo, reconocen que el impacto emocional es fuerte y que las familias a veces se sienten desbordadas.
¿Desconectar? Un reto casi imposible
Cuando se pregunta si podrían dejar las redes, la respuesta suele ser una mezcla de risa y resignación. “Podría borrar Instagram, pero no WhatsApp”, dice Daniel. “Ahí tengo el trabajo, las citas, los grupos. Si salgo, me organizo por ahí. Es como quitarte el teléfono fijo hace años”.
Hay quien ha intentado tomarse “vacaciones digitales”. Marina recuerda que, hace unos meses, decidió desinstalar TikTok y reducir su uso del móvil. “Noté que dormía mejor y que estaba más tranquila”, explica. “Pero a los días, un grupo me añadió a un evento, otro me mandó vídeos… y volví. Es muy difícil salirse del ritmo que lleva todo el mundo”.
Pese a todo, se detecta cierta conciencia crítica creciente. Muchos melillenses hablan ya de “no creerse lo primero que ves”, de “pensar dos veces antes de compartir” o de “no discutir por todo en redes”. No siempre se consigue, pero la idea está instalada.
Entre la plaza pública y el espejo
Las redes sociales han convertido a Melilla en una especie de plaza pública permanente, abierta las 24 horas. Ahí se felicitan cumpleaños, se organizan quedadas, se anuncian cierres de negocios, se buscan mascotas perdidas, se difunden campañas solidarias y se discuten decisiones políticas. Pero también se magnifican conflictos, se difunden bulos y se construyen imágenes irreales de las personas y de la ciudad.
“Las redes son como un espejo deformado”, resume Marta. “Te enseñan cosas que pasan de verdad, pero también mucho teatro, mucha exageración. Y a veces nos las creemos todas igual”.
Entre la oportunidad y el riesgo, Melilla sigue conectada, intentando encontrar un equilibrio entre aprovechar el enorme potencial de las redes y no convertirse en rehén de sus peores efectos. La clave, coinciden muchos de los consultados, está en algo sencillo de decir y complicado de practicar: usar el móvil sin dejar que el móvil nos use a nosotros.