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Lola Padial, una vida entrelazada entre la voz y el teatro

Antes de los escenarios estuvo una niña que cantaba en casa sin saber adónde la llevaría su voz. Hoy, sigue buscando en la música y el teatro ese lugar donde, como ella dice, "de repente estamos haciendo magia"

por Alejandra Gutiérrez
23/08/2026 12:54 CEST
Lola Padial, una vida entrelazada entre la voz y el teatro

Lola Padial en el montaje 'Sale caro, Señores, ser poeta'. -Cedida por la artista-


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A Lola Padial le cuesta localizar el principio. Cuando intenta recordar cuándo empezó todo, no aparece una escena fundacional ni una decisión tomada a conciencia, sino una sucesión de imágenes pequeñas: una niña sentada en una butaca, viendo actuar a su hermano; una habitación de casa desde la que se escapaba una voz; unos vecinos que preguntaban quién estaba cantando; una guitarra; una clase de canto a la que llegó casi por indicación de los padres de una amiga. Antes del escenario no hubo, por tanto, una vocación formulada como tal. Hubo vida alrededor de la música hasta que la música acabó encontrando la manera de hacerse sitio en su vida.

"Ante todo, siempre digo: la naturalidad de la vida", cuenta Padial sobre cómo llegó a forjar su camino entre la música y el teatro. Su trayectoria, cuando la mira hacia atrás, tiene algo de recorrido que se va construyendo mientras se camina. Con cuatro o cinco años ya acompañaba desde el patio de butacas las funciones de su hermano, vinculado a la compañía Arrabal. Le parecía asombroso aquello que sucedía delante de ella: una cosa viva, divertida, un hermano transformado en alguien distinto bajo las luces subido en un escenario. Quizá aquella fue una primera semilla, aunque durante mucho tiempo no supiera que estaba germinando algo en ella. Después llegó el canto doméstico, sin demasiada pretensión. Sus padres no parecían reparar especialmente en aquella niña que cantaba en su habitación. "Pues está en su cuarto cantando", resume ella, como quien recuerda una costumbre familiar que nadie consideró entonces extraordinaria. Fueron los vecinos quienes primero dieron la voz de alarma: "¿Pero quién canta en tu casa?", recuerda.

Padial no creció, sin embargo, al margen de la formación artística. Sus padres llevaron a sus hijos al conservatorio, al ajedrez y a distintas actividades. Ella empezó con el piano y permaneció tres años, aunque no conserva el recuerdo de una relación especialmente virtuosa con el instrumento: cada vez que se ponía a ensayar, dice, le dolían los dedos. La música, en cambio, permaneció. El canto encontró otro camino. Al acudir con su familia a la iglesia, comenzó a cantar acompañada de una guitarra y, finalmente, los padres de una amiga recomendaron a los suyos que la apuntaran a clases. Así llegó a la Escuela de Música de Melilla y a Mari Carmen Gálvez, la profesora que, en su vida, ocupa un lugar decisivo.

"Yo tampoco le daba mucha importancia, me gustaba, me hacía sentir muy bien", explica recordando sus primeros momentos con una voz que definiría su carrera artística. La cuestión estaba precisamente ahí: en hacer algo que le gustaba sin haber aprendido todavía a mirarlo como una posibilidad profesional. Mari Carmen fue quien empezó a poner nombre a unas capacidades que Padial percibía únicamente como una inclinación natural. Gracias a ella entró también en el coro de Asbanor, una experiencia que sigue formando parte de su presente. "Sigo estando en el coro, sigo estando con Mari Carmen", dice con una emoción que no necesita ser explicada demasiado para sentir la relación que mantiene con su profesora.

La importancia de Gálvez se entiende mejor cuando Padial imagina la alternativa. En una ciudad pequeña, donde las posibilidades de formación eran limitadas, que alguien como Gálvez permaneciera o llegara a Melilla para impartir clases podía alterar una trayectoria entera. "Toda mi vida hubiese sido totalmente diferente", reconoce. La frase condensa una de las constantes de su recorrido: el talento como algo que necesita también un lugar donde ser reconocido, una persona que lo acompañe y unas condiciones que permitan desarrollarlo.

Después apareció Bombalurina, la compañía melillense de teatro musical que durante años levantó espectáculos de una ambición considerable. Padial habla de montajes como Jesucristo Superstar, Cabaret o El Mago de Oz como producciones que, por su dimensión, podían competir con montajes profesionales de otras ciudades. Ella se incorporó con Mamma Mia!, en el Palacio de Congresos, y aquella experiencia modificó su relación con el escenario. Allí descubrió que el canto podía convivir con otras disciplinas y que el teatro tenía una dimensión colectiva que la atraía especialmente.

En aquel montaje musical, además, el grupo musical ocupaba un espacio tan reducido que el recuerdo adquiere una precisión casi física. Batería, dos teclados, bajo, guitarra, varios cantantes y el técnico de sonido compartían aproximadamente un metro cuadrado. "Era un zulo", recuerda entre risas y emoción. La imagen sirve para explicar también la naturaleza de aquella experiencia: una concentración extrema de personas, instrumentos, voces y energía, obligados a funcionar como un único mecanismo.

Eso es precisamente lo que Padial dice haber encontrado en el teatro y en el canto coral: la posibilidad de que un grupo de personas produzca algo que individualmente no podría producir. "Somos personas y de repente estamos haciendo magia", explica. El espectador recibe el resultado como algo terminado, pero detrás existe una estructura de ensayos, sacrificios, cansancio físico y renuncias personales. Los ensayos se alargan hasta la noche; la vida cotidiana queda subordinada durante semanas o meses a un proyecto que exige una concentración extraordinaria. Y, aun así, el resultado compensa.

El escenario le ofreció además una paradoja que todavía reconoce en sí misma: Padial siempre ha sido tímida y, sin embargo, disfruta de la atención que recibe cuando actúa. La explicación está en la distancia entre Lola y el personaje. Sobre el escenario puede recibir una atención que, fuera de él, quizá no se permitiría. "De repente tú, que eres tímida, te subes a un escenario interpretando un papel que no eres tú y te dejas como recibir ese amor o esa atención que en tu día a día no te permites". No es exactamente convertirse en otra persona, sino encontrar un espacio en el que la exposición deja de ser una exposición de uno mismo. El foco está sobre ella, pero también sobre el personaje que está interpretando.

Con Mary Poppins llegó otra experiencia con Bombalurina. Padial volvió a encontrarse en el foso, rodeada de músicos y voces, en un entorno que ya empezaba a parecerse a una zona de seguridad y confort. La diferencia de edad con muchos de sus compañeros era considerable: ella podía tener 17 años mientras los demás eran adultos con vidas construidas. Precisamente por eso aquel espacio adquirió un valor especial. "Era mi refugio", recuerda. Frente a las dificultades propias de la adolescencia, el teatro ofrecía un lugar donde podía ser ella misma sin sentirse juzgada. "Un lugar donde hay mucho amor y la gente no te juzga por cómo eres".

La formación profesional llegó después, cuando aquella afición había adquirido suficiente peso como para convertirse en una decisión. Padial desarrolló también lo que ella misma identifica como una suerte de síndrome del impostor y sintió la necesidad de conseguir una titulación que le diera seguridad. Buscó opciones en Málaga y terminó estudiando Arte Dramático en la Escuela Superior de Arte Dramático, donde se graduó en 2018. Eligió la modalidad de teatro musical porque ya contaba con una formación vocal y porque era el territorio que mejor prolongaba el camino que había iniciado en Melilla, aunque permanece en ella cierto cuestionamiento sobre si hubiese sido mejor haber abarcado el teatro textual.

No todo le resultó sencillo. El baile fue, desde el principio, su asignatura pendiente. "No tengo memoria coreográfica", dice todavía entre bromas. Pero la carrera amplió radicalmente sus herramientas: acrobacia, técnica vocal, historia del arte, historia del teatro y un largo repertorio de materias prácticas y teóricas. Allí se encontró también con compañeros que llegaban de bachilleratos artísticos y con una formación previa de la que ella carecía. Se sintió una novata, una chica procedente de un entorno más pequeño que había conseguido entrar después de superar las pruebas de acceso. Por eso conserva aquella admisión como un recuerdo especialmente valioso: "Una plaza era mía".

La titulación no borró la inseguridad, pero sí le proporcionó herramientas. Y, sobre todo, hizo confluir las dos partes de su identidad artística: la cantante y la actriz. Padial insiste, no obstante, en que estudiar no significa poseer una verdad sobre el escenario. El intérprete llega con su preparación, su imaginación y su propuesta, pero el trabajo se construye con el director de escena y el director musical. Ella puede imaginar cómo camina su personaje, cuáles son sus tics, cómo piensa, qué cuerpo tiene, qué ritmo interno lo mueve; después debe escuchar y atender a las palabras de dirección.

Para ella, actuar es, en esencia, jugar. La palabra inglesa "play" le sirve para explicar una actividad que puede ser aparentemente lúdica y, al mismo tiempo, intelectualmente agotadora. Se juega, sí, pero hay que recordar textos, escuchar indicaciones, controlar el cuerpo, seguir la música, interpretar emociones, responder al compañero y mantener una estructura precisa. Es un juego que exige una enorme concentración y coordinación. Y también puede generar tensiones. Padial no idealiza el proceso. En ocasiones una siente de cerca la necesidad de abandonar; después llega la conversación, se aclaran las diferencias y el trabajo continúa. La intensidad forma parte del oficio.

Recorrido visual de la artista melillense. -Cedidas por Padial-

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Su recorrido profesional ha seguido ampliándose desde entonces. Ha trabajado en teatro musical, zarzuela, conciertos y distintos formatos escénicos. En su etapa de formación protagonizó montajes como Wicked e In the Heights, con música en directo y la participación de músicos del conservatorio. También pasó por el Teatro Echegaray con Mujeres al borde de un ataque de nervios, donde interpretó a Lucía. En esos trabajos descubrió otra de las dimensiones que más le atraen del escenario: el riesgo de lo que sucede en directo.

La música en vivo modifica todo. En Wicked, los intérpretes necesitaban una pantalla situada a pie de escenario para poder ver al director, ya que el foso no era visible. La señal debía coordinar a actores y músicos a través de compases, entradas y marcas precisas. Una nota, una pausa, una campanilla o un cambio musical pueden determinar un movimiento. "Todo habla", explica Padial. Una nota aguda no está colocada ahí por capricho; una nota grave tampoco. El cuerpo del intérprete tiene que estar dentro de la música incluso cuando no canta y no baila. "El actor tiene que vibrar con la música", describe.

Esa precisión explica también por qué Padial no entiende su formación como algo terminado. El teatro musical cambia, las técnicas vocales evolucionan y las exigencias de los intérpretes también. Sigue realizando formación online y se plantea incluso estudiar un máster de voz. Su objetivo está definido: "Yo quiero cantar hasta todos los años que me dé la voz". Para conseguirlo, entiende que necesita seguir aprendiendo y evitar utilizar técnicas que puedan perjudicar su instrumento.

Su relación con la voz se encuentra, además, en un punto extraño entre lo natural y lo aprendido. "Cantar es lo más antinatural que hay", afirma. La laringe, la epiglotis, las cuerdas vocales y todos los mecanismos destinados originalmente a respirar, tragar y evitar que nos atragantemos se convierten, mediante el aprendizaje, en herramientas para producir sonidos determinados. La voz humana empieza mucho antes de cualquier conservatorio: en el llanto de un bebé, en el balbuceo, en los primeros sonidos. La técnica llega después para educar aquello que nos pertenece.

Ahora Padial intenta resolver también aquella vieja asignatura pendiente del baile. Está estudiando danza española con Merche Hurtado. Lo cuenta con el tono de quien se ha propuesto cerrar una cuenta pendiente más que demostrar nada a nadie. "Tengo un trauma ahí", bromea, "pero yo lo hago, yo voy para adelante". El aprendizaje continúa mientras su carrera se diversifica.

Y continúa también en Melilla. Desde Artes Escénicas El Invernadero, donde trabaja junto a profesionales como Raquel González y Lara Mejía, participa en la formación de niños, adolescentes y adultos. Las clases de canto son uno de los espacios donde intenta trasladar su propia relación con la música: sin convertirla necesariamente en una competición ni establecer de entrada quién tiene talento y quién no. Su punto de partida es radicalmente inclusivo: "Yo parto de la idea de que todo el mundo sabe cantar y puede cantar".

Lo dice incluso cuando habla de quienes llegan a clase convencidos de que no saben hacerlo. Especialmente los adultos. Llegan con un "yo no, yo no, yo no" y terminan cantando una canción, después otra, descubriendo que la voz puede ser también una forma de juego y de alegría. Padial disfruta de ese momento porque reconoce en sus alumnos algo de aquella niña que cantaba en casa sin pensar todavía que estaba construyendo una trayectoria. "Yo también me vuelvo más niña todavía de lo que soy", cuenta. Enseñar le devuelve parte de la ilusión con la que ella comenzó.

El proyecto de El Invernadero quiere ampliar además su trabajo con niños y adolescentes con distintas necesidades y grados de diversidad, una línea que, según explica, llevaba años siendo demandada por las familias. La intención es crear un grupo específico que permita atender esa petición y ampliar el acceso a las artes escénicas. Para Padial, cantar y actuar no son actividades reservadas a quienes aspiran a dedicarse profesionalmente a ellas. Son herramientas para relacionarse con el propio cuerpo, con los demás y con una parte de uno mismo que muchas veces permanece escondida.

Su propia relación con los géneros musicales refleja esa amplitud. Si tuviera que elegir, probablemente señalaría el teatro musical, porque reúne interpretación, canto y narración y permite entrar en una historia desde dentro. Pero no establece jerarquías entre repertorios. Puede cantar la "Macarena" y disfrutarla tanto como "On My Own", de Los Miserables. Puede interpretar Extremoduro, una copla o un pasodoble. "No me acompleja nada", dice. La canción depende también del momento, de la persona a quien se dirige, de lo que se quiera transmitir. Hay que encontrarse con ella. La música, para Padial, no está encerrada en una etiqueta.

Ese principio también explica su defensa del teatro y de la música producidos en Melilla. Lo que le preocupa no es la falta de talento, sino la consideración que recibe. Padial cree que la ciudad cuenta con profesionales capaces de ofrecer una calidad equiparable a la de producciones que llegan de fuera y lamenta que la etiqueta "local" funcione a veces como una forma de rebajar el valor de un trabajo. Los presupuestos condicionan. La vida de una obra también. El coste se vuelve especialmente evidente cuando habla de producir un musical. Una orquesta, aunque se reduzca, implica músicos a los que hay que pagar. Lo mismo ocurre con bailarines, actores, técnicos y ensayos. Un montaje de esas dimensiones no puede sostenerse únicamente sobre las ganas de quienes participan.

Por eso mira hacia Bombalurina con una mezcla de nostalgia y esperanza. La compañía nació como un grupo de amigos y sus integrantes han crecido, han formado familias y tienen otras responsabilidades. El tiempo que antes parecía ilimitado ya no existe. La compañía permanece, de algún modo, en letargo. Y ella sigue con atención su posible regreso. Padial reconoce una contradicción personal: está dispuesta a cobrar menos o incluso a trabajar gratis si eso permite sacar adelante un proyecto, pero inmediatamente se corrige porque sabe que defender la profesión implica defender también el derecho a cobrar por su trabajo. "Yo soy la tonta para mí", dice, antes de admitir que enseguida se pone a defender a los otros.

Mientras tanto, su propia trayectoria continúa desplazándose entre distintos escenarios y registros. Y quizá el rasgo que mejor define ese recorrido sea precisamente su resistencia a quedarse en uno solo. De aquella niña que cantaba en casa a la intérprete que trabaja con zarzuela, teatro musical, concierto y formación vocal hay una línea más clara de lo que parece: la necesidad de seguir buscando. No una búsqueda de perfección, sino de herramientas para poder seguir haciendo.

Cuando habla de cantar, Padial vuelve una y otra vez a la idea de encuentro. Con una canción, con un personaje, con un grupo de personas, con el público. La voz puede ser técnicamente compleja, el teatro puede requerir una maquinaria minuciosa y un musical puede esconder detrás de unos minutos de espectáculo meses, incluso años, de trabajo. Pero, al final, la intérprete vuelve a aquella sensación infantil de mirar desde una butaca y descubrir que delante de ella estaba ocurriendo algo vivo. Ahora es ella quien está ahí y nos traslada la magia de la música; la magia del teatro.

Tags: Lola PadialTeatro melillense

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